jueves, 28 de julio de 2016

lunes, 25 de julio de 2016

8 9 y 10 FINAL

Capítulo Ocho
Tom levantó la cabeza y se quedó helado mientras Jane se apartaba de él,
ruborizada.
-Lo siento -murmuró Cherry, sonriendo-. Estaba buscando a Meg. No dejéis que os interrumpa. Continuad.
Miró hacia la cocina y cerró la puerta de inmediato.
-Lo siento -dijo Tom con frialdad, apartándose el pelo de la frente-. Ha sido
algo bastante estúpido.
Jane no sabía qué quería decir con aquel calificativo, pero no comentó nada. Se apartó de él y se sentó. Le dolía la espalda por el esfuerzo. Tom dudó unos segundos, pero no pudo pensar en nada que pudiera justificar su comportamiento.
-Perdóname -dijo, tomando los documentos de la mesa-. Tengo que seguir
trabajando.
La dejó sentada allí, sin mirar atrás. Cherry apareció pocos minutos más tarde, y al ver que Jane estaba sola hizo un gesto de extrañeza.
-No quería interrumpiros -dijo la joven-. No esperaba... Nunca había visto que mi padre besara a nadie de ese modo. ¡Ni siquiera a mi madre cuando era pequeña!
Jane se ruborizó.
-Ha sido un error.
-Un error, vaya -rió, con el rostro iluminado-. ¿Te gusta?
-No empieces a soñar pensando que tu padre y yo vamos a mantener una relación-dijo en tono sombrío-. No tenemos ningún futuro. No quiere casarse, y yo no quiero nada más.
-Oh.
El rostro de Cherry se ensombreció.
-Aún sigues siendo mi amiga, Cherry -le aseguró con una sonrisa-. ¿De acuerdo?
Cherry sonrió tras unos segundos de confusión.
-De acuerdo.
Jane fue a Victoria con Copper y pasó la mayor parte del día posando para varios artículos de Slim Togs. El fotógrafo era encantador, amable y muy considerado con el problema de su espalda, que le dolía más que de costumbre a causa del ardor que Tom había demostrado la noche anterior. Pero obviamente no se lo mencionó a nadie. De todas formas, carecía de importancia.
-Creo que ya basta -dijo Micki unos minutos más tarde, después de haber
hablado con el fotógrafo-. Jack dice que ya ha conseguido lo que quería, de modo que haremos una selección y nos pondremos en contacto contigo. Habrá que hacer un par de apariciones promocionales, en el rodeo y tal vez en la apertura de alguna de nuestras tiendas. Ya te avisaremos.
-Ha sido muy divertido -admitió-. Y me encanta la ropa.
-Tú también nos gustas mucho - dijo Micki con una sonrisa abierta-. Eres muy buena posando. Por cierto, Tom no ha venido contigo, ¿verdad?
Ella negó con la cabeza.
-Está demasiado ocupado con los proyectos del rancho. Mis hombres trabajan
con él, no conmigo. Va a resultarme difícil recobrar el control de las cosas cuando se marche.
-¿Se marcha?
-Aún no, o al menos no lo creo -contestó.
Odiaba tener que contestar a sus preguntas, pero no podía negarse, por temor a revelar lo que sentía.
-Es muy atractivo -dijo Micki, sonriendo con cierta tristeza-. Estoy segura de
que tendrá muchas novias.
-No lo dudo. Hasta le envían faxes.
Micki rió.
-Bueno, eso me deja fuera de juego, supongo. Tú tampoco intentas nada con él, ¿verdad? -preguntó con curiosidad.
-No. Además, no creo que pudiera.
-Qué suerte tenemos, ¿no es cierto? Un hombre magnífico como él no aparece
todos los días, pero siempre hay una mujer de por medio -declaró, haciendo un gesto negativo con la cabeza-. Creo que estoy destinada a ser una solterona.
-El matrimonio no lo es todo. Siempre podrías llegar a jefa de tu empresa.
-Todo es posible. Pero en el fondo sueño con estar con un hombre arrebatador al que pueda planchar las camisas y con el que pueda tener niños. Una pena, ¿no te parece? Pero no se lo digas a nadie.
-Vaya, así que estamos ante una verdadera ama de casa.
Micki rió.
-Me encanta lo que hago, y gano mucho dinero. No me quejo. Pero no me gusta vivir sola.
-¿A quién le gusta?- preguntó-. Sin embargo, en ocasiones no se puede elegir.
-Eso dicen. En fin, nos pondremos en contacto pronto. Que tengas un buen viaje de vuelta.
-Gracias.
Jane bajó las escalaras y telefoneó al hospital. Copper apareció en poco tiempo a recogerla, pero en lugar de dirigirse de vuelta al rancho la llevó al mejor restaurante de la ciudad para invitarla a cenar.
-No estoy vestida apropiadamente -se quejó ella.
Hizo un gesto hacia la camisa que llevaba, a juego con su falda.
-Ni yo. Que nos miren si quieren, ¿no te parece?
Coltrain llevaba una chaqueta deportiva y una camiseta con pantalones vaqueros.
Ella rió.
-De acuerdo. Me encantará cenar contigo, si no te importa nuestra ropa.
-Nunca me ha importado.
La llevó al interior del impresionante restaurante donde pidieron la cena,
consistente en pécoras, filetes y ensalada, además de un postre de helado con
chocolate que tomaron al final.
-He soñado con este postre durante años -murmuró ella mientras regresaban a casa.
-Y yo.
Jane lo miró. Cuando conducía nunca apartaba la mirada de la carretera, y
probablemente se comportaba del mismo modo cuando operaba. Estaba especializado en pulmón, y era un cirujano de cierta fama. De forma ocasional lo llamaban para que interviniera en una operación en los hospitales de las grandes ciudades, pero durante los últimos años había preferido quedarse cerca de casa. En muchos aspectos era un
hombre misterioso. Un enigma.
-¿Quieres tener niños? -preguntó de repente.
Coltrain rió.
-Claro. ¿Te estás ofreciendo?
-No seas tonto -contestó, ruborizándose.
La miró durante unos segundos y dijo:
-Dilo. Estoy dispuesto a hacerlo si tú también lo estás. Me gustan los niños y no tengo nada en contra del matrimonio. Tenemos muchas más cosas en común que buena parte de la gente.
-Es cierto, pero nos falta algo.
Él sonrió.
-Creo saber a qué te refieres.
-Bueno, tenemos dos de las tres cosas que hacen falta. No está mal.
-No, pero no podría vivir con una mujer que no me desea, Jane. Sería imposible.
-Lo sé -dijo, colocando una cariñosa mano sobre la mano que tenía en la palanca de cambios-. Lo siento. Me habría gustado ser capaz de sentir lo que debería sentir.
Sus dedos se contrajeron.
-Sientes lo que deberías sentir, pero por Kaulitz, no por mí.
No lo negó. Apoyó la cabeza en el respaldo.
-Quiere tener una aventura conmigo y regresar después a Victoria.
-¿Y qué es lo que quieres tú?
-Casarme, tener hijos. Y vivir juntos para siempre.
-Puede que si accedes a tener una aventura después quiera quedarse contigo.
-Sí, y puede que se canse de mí.
-En la vida no hay garantías de nada -dijo con suavidad, mirando su rostro
triste-. Por ejemplo, tú tienes un largo historial de migrañas. Te recomendaría que usaras la píldora, pero creo que existen métodos mucho más sanos.
-¡Copper!
Él levantó una mano, defendiéndose.
-Crece de una vez. No siempre conseguimos todo lo que queremos, pero eso no quiere decir que no podamos divertirnos un poco. Al menos tendrás unos cuantos recuerdos dulces.
-Me sorprendes.
-No, no te sorprendo -dijo, mirándola-. Y yo no me sorprendería ni me sentiría decepcionado por el simple hecho de que te comportases como cualquier ser humano. El sexo es algo natural, una hermosa parte de la vida. Es bastante extraño que dos personas se amen tanto como para disfrutar plenamente de lo que ofrece. Puede que Kaulitz no quiera casarse contigo, cariño, pero te quiere.
-¿Cómo?
-Creo que tú también lo sabes en el fondo. A los ojos de otro hombre, resulta
fácil adivinar lo que siente. Tuvo celos de mí en cuanto me vio.
-Podrían ser celos sexuales.
-Podrían ser, pero no lo eran. Se comporta de manera demasiado protectora
contigo -declaró, dándole un golpecito sobre la mano-. Está divorciado, ¿no es así? Probablemente tiene miedo de cometer otro error, pero si le importas lo suficiente al final dará su brazo a torcer. ¿No te parece que merece la pena luchar por ello?
-Luchar por ello -repitió-. No puedo. No puedo. Lucharía si estuviéramos casados.
-Mira, desde mi punto de vista el matrimonio no es importante. 0 en todo caso, es una cuestión de tiempo. Te ama y tú lo amas a él. En mi opinión, es un hombre bastante convencional. Y hasta tiene una hija en la que pensar.
-Dice que no volverá a casarse nunca.
-Ya, y el presidente dice que no subirá los impuestos.
Jane lo miró y no pudo evitar soltar una carcajada.
-No es necesario que pongas en peligro tus principios -continuó él-, pero puedes mantener su interés sin tener que despojarte de tu ropa ante él.
-Supongo que sí.
-Bueno, y ahora cuéntame algo sobre esa promoción que vas a hacer.
Jane lo hizo, contenta de poder dejar la complicada conversación sobre Tom
Kaulitz. Cuando llegaron al rancho ya había anochecido, y Tom se encontraba en la casa con Meg, paseando.
En cuanto subió las escaleras del porche, después de dar las gracias a Copper y de despedirse de él, Tom caminó a su encuentro.
-¿Dónde has estado? -preguntó.
Ella arqueó ambas cejas.
-Comiendo nécoras y un buen filete.
-¿Y luego? -preguntó enfadado.
-Luego nos quedamos en el asiento trasero del coche e hicimos el amor tan
violentamente que las cuatro ruedas se pincharon -bromeó en un susurro.
Tom la miró durante unos segundos y rió de repente.
-¡Maldita seas!
Jane se acercó un poco a él y colocó ambas manos sobre su pecho.
-No podría hacer el amor con nadie que no fueras tú -dijo, dispuesta a decirle la verdad en lo sucesivo-. Te amo.
Su corazón empezó a latir más deprisa. Era la pura imagen de la feminidad, y la visión de su largo pelo hizo que sintiera una punzada en el pecho, tal y como había sentido la noche que compartieron juntos. Levantó una mano y acarició su mejilla.
-Yo también te amo -dijo de forma inesperada. Suspiró y ella se quedó quieta,
sorprendida.
-Te amo desde la noche que hicimos el amor -continuó, mientras besaba sus ojos cerrados-. Las personas no pueden llegar a determinadas cumbres a no ser que se amen profundamente, ¿no lo sabías?
-No -murmuró.
Aquella revelación la había dejado atónita. Su boca acarició sus suaves labios.
-¿No cambiarás de opinión? -preguntó con voz seductora.
Ella apretó los puños sobre su camisa.
-Copper no quiere que tome la píldora a causa de mi historial de jaquecas.
Tom se quedó helado.
-¿Estas hablado con ese vaquero sobre la píldora?
-No, fue él quien habló conmigo. Sabe que te amo.
Tom no supo cómo tomárselo. Durante un instante sintió que su irritación iba creciendo, pero en seguida desapareció, dando paso a una comprensión mucho menos furiosa.
Dio un paso atrás y frunció el ceño.
-¿No vas a tomar la píldora?
-Exacto. De modo que siempre tendremos el riesgo de que me quede embarazada si no utilizamos otros métodos. Y te aseguro que si me quedara embarazada no sería capaz de abortar, aunque no tengo nada en contra del aborto -añadió con firmeza-. De modo que prefiero no arriesgarme contigo. Por suerte, la última vez no ocurrió nada.
-Tomé mis precauciones.
-Lo sé, pero en ocasiones ocurren accidentes.
Tom se metió las manos en los bolsillos, silencioso y pensativo. Tener un hijo con Jane podría ser un desastre, porque no podía marcharse de allí dejándola embarazada.
Imaginó una pequeña niña de pelo rubio, grandes ojos azules y un precioso vestido. Podría hacer fiestas de cumpleaños para ella, como hacía con Cherry cuando era pequeña. 0 tal vez tuvieran un niño, al que tanto él como Jane enseñarían a montar. Un hijo.
-Estás muy callado -comentó ella.
-Sí.
-Lo siento -dijo, mirándolo-, pero es mejor no empezar algo que no sabemos cómo va a terminar. Yo soy la última persona del mundo que quiere verte atrapado.
Tom mantuvo su mirada y acarició su labio inferior con dulzura.
-Marie no quería tener hijos conmigo. Se quedó embarazada uña noche en que los dos estábamos borrachos. Tomaba la píldora, pero se olvidaba de ella de vez en cuando. De otro modo, Cherry no habría nacido.
-¿Cómo es posible?
-¿Por qué te extrañas? No quería tener hijos. Hay muchas personas que no
quieren tenerlos.
-Lo sé, pero ahora quiere a Cherry.
-Claro que sí, y yo. Con todo mi corazón. El día que nació la tomé en brazos y lloré como un niño. No podía creer que tuviera una hija.
La emoción fue perfectamente perceptible en sus ojos durante unos segundos,
antes de que se desvaneciera. Entonces se acercó a ella y la tomó por la cintura.
-Aunque quisiera tener más hijos, que no quiero, tú no podrías tenerlos durante cierto tiempo al menos. Como tú misma has dicho siempre habría un riesgo si no adoptamos medidas. Y sin embargo, la otra noche no te importaron los riesgos –le recordó.
-Sí, pero no pasó nada. ¡No pasó nada!
Su tono lo sobresaltó. Parecía estar decepcionada.
Tom estuvo en silencio un buen rato, escudriñándola.
-Jane, ¿querías quedarte embarazada?
Ella se mordió el labio inferior y se apartó de él.
-Eso no es asunto de nadie salvo de mí misma, y me alegro de que no te veas
obligado a hacer algo que no quieres hacer.
-Puede que sí, pero...
Ella rió.
-No te pongas tan serio. No pasa nada. Puedes volver a tu trabajo en Victoria y yo haré una fortuna vendiendo ropa con mi nombre. A los dos nos irá bien.
-¿Te casarás con Coltrain?
-No lo amo -contestó-. Si lo amase, me casaría con él de inmediato.
-Hay muchos matrimonios que han funcionado con mucho menos.
-Y también los hay que fracasan con mucho más.
No podía discutir tal argumento. La besó con suavidad y dijo:
-No puedo dejar de desearte. Si cambias de opinión, sólo tienes que decirlo.
 –No puedo, no puedo, Tom.
Se alejó de él dejándolo solo. La deseaba y resultaba evidente, pero la odiaría si ocurría un accidente. Sabía que en tal caso se casaría con ella, pero sería una relación basada en un engaño y no estaba dispuesta a tenerlo de aquel modo.
El viernes siguiente Tom llevó a Cherry a Victoria para pasar otro fin de semana con su madre. Él se quedó en la ciudad para resolver unos cuantos asuntos de su trabajo y para dejar de pensar en Jane aunque sólo fuera durante unas horas. El deseo que sentía por ella se estaba convirtiendo en un verdadero problema.
Cherry se despidió de él desde el elegante porche de su madre. La casa que
Marie compartía con William era una preciosa mansión victoriana de color blanco, con una bonita balaustrada y un impresionante jardín delantero. Tenía un hermoso aire clásico, pero pertenecía a una mujer que estaba intentando labrarse un porvenir como diseñadora de interiores en el sur de Texas.
-Tu padre está un poco extraño -comentó Marie cuando entró su hija.
-Creo que es por Jane -comentó la chica con una sonrisa-. Los pillé mientras se besaban, y cuando digo que se estaban besando digo exactamente eso.
La joven hizo un gesto con la mano que dejaba clara la intensidad de aquel beso.
-Tom ha dicho muchas veces que no quiere casarse otra vez.
-Nunca digas de este agua no beberé -murmuró Cherry con una sonrisa-. Jane ha estado ayudándome a mejorar mi estilo. Dice que soy la viva imagen de la elegancia a caballo. Ojalá fuera como ella. Es preciosa, y todo el mundo la conoce porque ha sido una estrella del rodeo. Va a promocionar ropa tejana y la sacarán en televisión y en las revistas. ¡Es tan excitante!
Marie ya no sentía celos por las otras relaciones de Tom. Su matrimonio era
agua pasada, pero ahora estaba celosa por su hija, que parecía estar volcando su lealtad sobre una estrella del rodeo incapacitada y famosa. Y no le gustaba nada en absoluto.
-Pensé que podíamos ir de compras mañana -dijo. Cherry quiso decir algo, pero suspiró.
-De acuerdo.
-A tu edad estoy segura de que te gustará la ropa -dijo Marie.
Estaba deseando encontrar un punto en común de su hija, de modo que aprovechó que ambas compartían el amor por la ropa.
-Y me gusta. Sobre todo la ropa de rodeo. Pero me gustaría comprar algún libro sobre caballos y medicina.
-¡Libros! ¡Qué pérdida de tiempo!
Cherry arqueó una ceja.
-Mamá, quiero ser cirujana.
Su madre le dio un golpecito en el hombro.
-Querida, eres muy joven. Cambiarás de opinión.
-Eso no es lo que dice Jane, cuando se lo cuento.
Marie la miró.
-Típico de esa mujer -dijo con ironía-. Pero Jane no es tu madre, sino yo, de
modo que no me lleves la contraria.
Cherry prefirió dejarlo.
-Sí, mamá.
-Vamos a tomar un té. He tenido una mañana bastante dura.
Marie recobró su actitud habitual. Cherry pensó que probablemente su mañana había consistido en arreglar las flores, pero sonrió y no dijo nada al respecto.
Comparada con Jane, una mujer activa que siempre estaba haciendo algo o leyendo algo, su madre era tan pasiva como una muñeca. En su vida no había más intereses que asistir a reuniones sociales o comprarse ropa.
Su padre, al igual que Jane, era un hombre de mente activa que se alimentaba
constantemente con todo tipo de lecturas. Cherry recordó que sus padres raramente estaban juntos durante su infancia. A Marie no le gustaban ni los libros ni los caballos ni los ordenadores. Cherry y Tom compartían todos aquellos intereses, razón por la cual desarrollaron una fuerte complicidad en poco tiempo. Y ahora Jane también los compartía. Se preguntó si su padre se habría dado cuenta. Parecía muy atraído por Jane desde un punto de vista físico, pero no muy dispuesto a llegar más lejos. Debía hacer algo para conseguir que Jane y él hablaran en serio.
Recordó el gesto de placer en el rostro de Jane cuando dijo que iba a Victoria
con el doctor Coltrain. El médico podía convertirse en un temible enemigo para su padre, de modo que tendría que encontrar algún modo para ayudarlo. Cuanto más pensaba en la posibilidad de que Jane se convirtiera en su madrastra, más contenta estaba.
Marie y William tenían una cita el sábado por la noche, de modo que decidió
llevar a Cherry al rancho aquella misma tarde. Llamó por teléfono a Tom al despacho para decirle lo que pensaba hacer, pero estaba en una reunión, de modo que su secretaria tomó el recado y prometió dárselo.
Cuando entraron en su Mercedes plateado, sonrió. Estaba dispuesta a hacer algo para impedir que Jane siguiera teniendo tanto ascendente sobre su hija. Y creía haber encontrado la forma de hacerlo.
-Jane no sabe que tu padre es rico, ¿verdad?
-No, claro que no -contestó la joven, defendiendo a su ídolo-. Ni siquiera sabe
que es el dueño de una empresa de ordenadores. Papá sólo le ha dicho que trabaja para una empresa de Victoria.
-Ya veo. ¿Y por qué tantos subterfugios?
-Porque siente pena por ella -contestó sin pensar.
No se dio cuenta de que podía estar traicionando a su padre.
-Se dañó la espalda en un accidente de circulación y apenas puede andar. El
rancho tenía problemas y no encontraba a nadie que pudiera ayudarla a conseguir el dinero que necesitaba, de modo que papá se ofreció. No podrías creer todo lo que ha hecho por ella. Ha mejorado sustancialmente la propiedad, ha comprado caballos, ha conseguido un contrato para una empresa textil, y todo en unas cuantas semanas. Le oí decir que el rancho empezará a dar beneficios cuantiosos en cualquier momento.
-¿Y de dónde ha sacado el dinero para hacer todos esos cambios? ¿Tiene dinero? -preguntó, refiriéndose a Jane.
-Oh, no, estaba arruinada. Papá fue al banco y avaló el crédito. Eso es todo, pero ella no lo sabe.
Aquello era una munición perfecta.
-Háblame un poco más de Jane.
No le costó nada convencer a su hija para que hablara sobre la mujer que tanto admiraba. Durante el camino a Jacobsville contó a su madre todo lo que sabía. Marie ya tenía suficientes cosas como para hundir a la estrella de los rodeos y recuperar la lealtad de su hija.
-Me gustaría que consideraras la posibilidad de pasar el resto del verano
conmigo -dijo Marie en cuanto aparcaron frente a la casa-. Podríamos ir a Nassau, a Jamaica o incluso a la Martinica.
-Me gustaría mucho, pero tengo que practicar para participar en el rodeo de
agosto -explicó-. Tengo que mejorar mucho más.
-¡Caballos! Qué pasatiempo más sucio.
-Son muy limpios, de hecho. Mira, ahí está Jane.
Marie salió del coche y observó a la mujer que se aproximaba a ellos. Llevaba
vaqueros y una camiseta rosa, con el pelo rubio recogido en una coleta y sin maquillaje alguno. Sin embargo, era muy hermosa. Delgada y elegante, caminaba con mucha gracia a pesar del accidente. Era dos veces más atractiva que Marie, que siendo diez años mayor que ella no encontró difícil entender el motivo por el que tanto la apreciaban
Tom y su hija. La odió de inmediato.
-Jane, te presento a mi madre. Mamá, esta es Jane -dijo Cherry.
-He oído hablar mucho de usted -dijo Marie con simpatía-. Me alegro mucho de poder conocerla al fin.
-Tutéame, por favor -dijo con suavidad.
Cherry pasó un brazo por detrás del cuerpo de Jane.
Marie se quedó helada, porque nunca hacía lo mismo con ella.
-Te he echado de menos -continuó Jane.
-Yo también a ti.
-¿Te gustaría tomar un té, Marie?
-Oh, me encantaría -contestó con cierta formalidad.
Jane sonrió.
-Bueno, me refería a un té helado, por supuesto. -Magnífico.
-Entonces, entremos en la casa.
Jane las llevó hacia el espacioso salón. Marie pensó de inmediato en cien formas posibles de mejorar la decoración interior, pero no dijo nada. Quería ganarse la confianza de Jane, y criticar su gusto en decoración no serviría a sus propósitos.
-¿Puedes pedir a Meg que traiga té helado y galletas en una bandeja? –preguntó a Cherry.
-¡Por supuesto! Vuelvo enseguida.
Cherry se marchó y Marie aceptó el ofrecimiento de sentarse en un cómodo y
desvencijado sofá.
-Bueno, no eres en modo alguno como esperaba -comentó Marie con una sonrisa-. Cuando mi marido... perdón, mi ex marido. Cuando mi ex marido me dijo que iba a aceptar un pequeño trabajo en Jacobsville para ayudar a una pobre mujer discapacitada pensé que se refería a una ancianita.

Capítulo Nueve
Al principio Jane pensó que la había oído mal, pero cuando se inclinó hacia
delante y miró a la madre de Cherry comprendió que había oído perfectamente bien.
-No estoy discapacitada -dijo con orgullo-. Temporalmente inmovilizada, pero no es algo permanente en modo alguno.
-Oh, lo siento, debo haber comprendido mal. Pero no importa. Sea cual sea tu
problema, Tom siente pena por ti. Siempre ha sido un sentimental con esas cosas. Sorprendente, ¿no te parece? -añadió, observándola como si fuera una simple marioneta-. Es curioso que un multimillonario, el presidente de una compañía multinacional, sacrifique sus vacaciones para salvar a un pequeño rancho de la quiebra.
Jane no se movió, no respiró, no parpadeó. Se quedó mirando a Marie sin saber qué decir.
-Cómo?
Marie arqueó sus finas cejas.
-¿No lo sabías? -rió encantada-. ¡Increíble! No sé en cuántas portadas de
revistas de negocios ha salido. Aunque supongo que no leerás ese tipo de publicaciones, ¿verdad?
Posó la vista sobre el último número de una revista de caballos, que estaba sobre la mesa.
-No, no leo revistas de negocios -admitió, llevándose la mano a la garganta como si no pudiera respirar.
-Tom ha debido divertirse mucho haciéndose pasar por un simple contable –dijo Marie, echándose hacia atrás en el sofá con elegancia-. ¡Qué interesante en él! Vivir así y hasta viajar en ese destartalado coche que ha alquilado. Me imagino que obligará al chófer a sacar el Ferrari y el Rolls del garaje una vez a la semana para que no se estropeen.
Rolls. Ferrari. Multimillonario. Jane oía aquellas palabras con una profunda
sensación de irrealidad.
-Pero si lleva mis libros de cuentas -dijo, intentando desesperadamente
aferrarse a lo que le habían dicho.
-Es un genio en cuestiones económicas, es cierto -espetó Marie-. Un verdadero genio de las matemáticas, y todo sin haber estudiado en la universidad. Hay quien dice que es un don que tiene.
-Pero, ¿por qué? -preguntó asombrada-. ¿Por qué no me ha dicho la verdad?
-Supongo que tuvo miedo de que te enamoraras de su cuenta bancaria -dijo
Marie con una mirada calculada-. Muchas mujeres lo hacen, y tú no tenías mucho dinero. No sólo no lo tenías sino que además habías sufrido un accidente. En su opinión, cabía la posibilidad de que te fijaras en él sólo por el dinero.
El rostro de Jane palideció. Se levantó lentamente.
-Puedo encargarme de todo yo sola -dijo con frialdad-. No necesito que nadie me ayude, ni necesito la piedad de nadie.
-Bueno, claro que no -dijo Marie-. Estoy segura de que Tom te habría contado la verdad más tarde o más temprano.
Jáne apretó los puños.
El sonido de unos pasos llamó la atención de Marie.
-Meg dice que enseguida traerá el …Jane! ¿Qué te ocurre? -preguntó Cherry al entrar en la habitación, preocupada-. ¡Parece que hayas visto un fantasma!
-Sí, estás muy pálida -dijo Marie, mirando con preocupación a su hija.
No había calculado las consecuencias de su acción. Cherry la miraba con frialdad creciente.
-¿Qué has hecho, madre?
Marie se levantó y unió ambas manos ante ella.
-Decirle la verdad -contestó a la defensiva-. En cualquier caso, lo habría
averiguado.
-¿La verdad sobre papá? -preguntó.
Al ver que Marie asentía, la joven miró a Jane, cuyo dolor era más que palpable.
Marie cada vez se sentía menos segura. Los ojos de Cherry eran tan hostiles
como los de Jane.
-Supongo que será mejor que me marche.
-Creo que sería una buena idea, madre -dijo Cherry con voz helada-. Desaparece antes de que regrese papá.
Aquélla era otra complicación que Marie no había considerado. Se humedeció el labio inferior.
-No pretendía...
-Márchate -dijo Jane.
-Y cuanto antes mejor -añadió la joven.
-¡No me hables así! ¡Soy tu madre!
-Me avergüenzo de ello. ¡Nunca me había sentido tan avergonzada en toda mi
vida!
Marie gimió sin querer, y sus pálidos ojos se llenaron de lágrimas.
-Yo sólo quería...
Cherry le dio la espalda y Marie dudó durante unos segundos antes de recoger su bolso y caminar hacia la salida. Cuando llegó a su Mercedes lloraba desconsoladamente.
En el interior de la casa, Jane intentaba controlar su rabia. Se sentó de nuevo,
consciente de la mirada preocupada de Cherry.
-¿Es cierto lo que ha dicho? ¿Es cierto que tu padre es el dueño de una empresa de ordenadores, que tiene un Ferrari y un Rolls y que está pasando sus vacaciones en el rancho porque le doy pena? -preguntó.
Cherry gimió.
-En parte es cierto, pero no tal y como lo has dicho tú. Mi madre tiene celos
porque hablo mucho contigo y supongo que la he herido cuando se ha dado cuenta de lo poco que tenemos en común. Es culpa mía. Oh, Jane...
Jane respiró profundamente y se cruzó de brazos.
-Siempre me pregunté por qué trabajaría para otra persona con el talento que
tiene. ¡He sido una idiota! ¡Ha jugado conmigo como si fuera una muñeca!
-No quería hacerte daño. Jane, sólo pretendía ayudar. Pero después, cuando
llevaba cierto tiempo aquí, ya no supo cómo decírtelo. Estoy segura de que ésa es la razón por la que ha callado. Le importas demasiado.
Jane recordó que le había declarado su amor, pero por otra parte no se
ocultaban secretos a las personas amadas. Había mentido por omisión. Había permitido que se enamorara de él aunque sabía que no tenían futuro. Con un simple contable tal vez habría tenido una oportunidad, pero un multimillonario y poderoso hombre de negocios nunca querría estar con una chica de campo del sur de Texas sin estudios ni habilidades sociales. No sabría qué hacer en una fiesta de altura. Ni siquiera sabía qué
cubiertos debía utilizar. Era una ranchera. Cerró los ojos, y al hacerlo la realidad se cerró sobre ella.

-Dime algo -rogó la joven.
Jane no podía hacerlo. Estiró las piernas con fuerza. Tom se presentaría en
cualquier momento y tendría que vérselas con él, pero no sabía cómo iba a ser capaz de hacerlo después de haber descubierto la verdad.
Entonces se le ocurrió la solución. Copper. Podía invitar a Copper a cenar y jugar un poco con él advirtiéndole antes cuáles eran sus intenciones. Conseguiría convencer a Tom de que todo había sido un error y de que en realidad no lo amaba.
-No quiero que tu padre sepa que tu madre me ha dicho la verdad -dijo después de unos segundos, mirándola con sus ojos azules-. Hablaré con él más tarde.
-Mi madre no lo ha hecho con tan mala intención, de verdad -dijo Cherry en su
defensa-. Sólo estaba celosa. Es curioso, porque en realidad ni siquiera sabe cómo hablar conmigo. No es como tú. Por favor, no me odies por esto, Jane.
-¡Cherry! -dijo Jane, sinceramente afectada-. ¿Cómo crees que podría odiarte?
El joven rostro se suavizó y sonrió.
-¿Seguimos siendo amigas?
-Por su puesto. Nada de lo que suceda cambiará eso.
-Oh, gracias a Dios.
-De todas formas no importa -continuó Jane sin mirarla directamente-, porque había decidido que las cosas no pueden funcionar entre tu padre y yo. En realidad no es el tipo de una ranchera.
Cherry frunció el ceño.
-Pero si procede de un rancho de Wyoming. Creció entre caballos y ganado.
-Pues no pasa mucho tiempo con ellos ahora. Si es el presidente de una empresa, tiene que moverse a cierta altura. No, no puedo.
Cherry observaba que sus sueños iban desapareciendo uno a uno.
-Deberías conocerlo un poco mejor antes de decidir una cosa así.
Jane sonrió e hizo un movimiento negativo con la cabeza.
-No. El doctor Coltrain y yo estuvimos hablando el otro día. Copper es como yo, es de Jacobsville y su familia ha vivido aquí desde hace tanto tiempo como la mía. Encajamos bien. De hecho, lo he invitado a cenar esta noche.
-No me habías dicho nada.
-No pensaba que fueras a estar aquí -dijo, de modo tan razonable que Cherry lo creyó-. Por lo que sabía, tu padre iba a buscarte a Victoria mañana.
-Sí, es cierto -admitió.
-Pero puedes quedarte a cenar con nosotros -ofreció.
Esperaba que Cherry se negara, y cuando lo hizo intentó no parecer demasiado aliviada. También esperaba que Copper pudiera asistir cuando lo llamara, porque si no iba a verse obligada a decir otra mentira para salvar la cara.
-Supongo que cuando papá regrese iremos a comer algo a algún sitio, como
hacemos muchas noches -dijo la joven con incomodidad.
-Muy bien.
-Jane, ¿no lo quieres nada en absoluto? -preguntó.
-Me gusta. Es un magnífico hombre y le debo mucho.
Cherry se sintió enferma. Hizo un esfuerzo para sonreír y se excusó. Después se marchó a la pequeña casa donde vivía con su padre.
Cuando desapareció, Jane empezó a llorar. Había estado intentando controlarse durante todo aquel tiempo, y estaba sollozando cuando Meg apareció con la bandeja de pasteles, tarta y té, sonriente.
En cuanto vio a Jane, su rostro se ensombreció.
-¿Se ha marchado ya? ¿Qué demonios ha ocurrido?
Jane intentó secarse las lágrimas.
-!Todo! ¡Ese maldito pirata! ¡Esa serpiente rubia de sangre fría!
-¿Tom? ¿Por qué estás enfadada con tu contable?
-No es contable -contestó-. ¡Es el dueño de una empresa de ordenadores, un
multimillonario!
Meg se sobresaltó, pero enseguida comenzó a reír.
-!Oh, venga, no intentes tomarme el pelo!
-¡Es cierto! ¡Tiene un Rolls en su casa!
Meg dejó la bandeja a un lado.
-Eso no es posible. Tom no es multimillonario.
-Lo es -insistió-. Cherry no quería decirme que lo que su madre confesó era
cierto, pero al final lo hizo. Su madre podía haberme mentido, pero sé que Cherry no lo haría.
Meg frunció el ceño, convencida.
-Si es millonario, ¿por qué te está ayudando con el rancho?
-Porque soy una pobre inválida -contestó con frialdad- y siente pena de mí. Está gastando sus vacaciones para sacarme del lío. Ahora no me extraña que el banco me concediera un crédito. Estoy segura de que lo avaló él. ¡Le debo todo, hasta mi alma!
Meg se frotó las manos con nerviosismo.
-Jane, no deberías enfadarte así. Espera hasta que regrese y puedas hablar con
él.
-¿Y qué puedo decirle?
-Que no sabías que...
-¿Y qué hago ahora? ¿Decirle que sé que es rico y que nunca podrá estar seguro de que no lo aprecio sólo por su dinero? Puede que piense que lo he sabido todo el tiempo. Su mujer dice que ha aparecido en las portadas de muchas revistas de negocios. Yo no las leo, pero él no tiene por qué saberlo.
-Ya veo.
Jane se levantó del sofá.
-Bueno, voy a hacer algo para arreglarlo, con un poco de ayuda.
-¿De quién?
-De Copper, por supuesto. Tom ha dicho en alguna ocasión que él y yo parecemos formar un buen equipo. ¿Por qué no habría de hacerlo? Copper dijo que se casaría conmigo en cuanto yo quisiera.
-¡Ésa no es razón para casarse! ¡Es vergonzoso que pretendas jugar con él!
¡Copper se merece algo mejor!
-Por supuesto que sí -dijo, mirando a su ama de llaves-. Será sólo una farsa. Voy a pedir a un viejo amigo que me haga un favor, eso es todo.
Meg se tranquilizó.
-Mientras no le hagas daño...
-No se lo haré.
No añadió que ella ya estaba bastante dolida. Pero no estaba dispuesta a dejar
que Tom se diera cuenta de ello. Iba a plantarle cara y a salvar su orgullo. Era lo único que podía hacer para protegerse a aquellas alturas.
Tal y como había adivinado, Copper no puso reparo alguno a asistir a aquella cena. Sin embargo esperaba una llamada importante, así que acudió a la cita con su busca. Se sentaron a la mesa temprano, para dar cuenta de una comida a base de pollo y verduras. Jane se había puesto un vestido blanco y llevaba el pelo inmaculadamente peinado hacia atrás y asegurado con peinetas del mismo color que el vestido. Su aspecto era muy atractivo y elegante, excepto por la triste expresión de sus ojos.
-¿Tanto te importa que sea rico? -preguntó Copper cuando empezó a tomarse el café.
-Le importa a él, si piensa que me siento atraída por el dinero.
-Estoy seguro de que no habrá pensado nunca tal cosa.
-¿Cómo puedes estar tan seguro?
-Porque te ama, idiota -contestó con sequedad-. Estará furioso, pero no contigo. No dudo que tendrá una conversación muy seria con su ex esposa.
-Puede que le dé las gracias -comentó-. Al fin y al cabo estaba metido en un buen lío, y no sabía cómo salir de él.
-En cualquier caso, creo que le importas mucho.
-¿Y cómo podría saber que no he sabido su secreto todo el tiempo?
Copper asintió. Era una pregunta lógica, pero cuando dejó su servilleta sobre la mesa sonreía.
-Porque Cherry le habría contado lo sorprendida que estabas.
-Puede que sea una buena actriz. La madre de Cherry dijo que muchas mujeres lo deseaban sólo por su cuenta bancaria.
-¿Y no crees que sabe muy bien la diferencia que existe entre una mujer que
desea dinero y otra que ama?
-No lo sé -contestó con sinceridad.
-Escucha...
La puerta delantera se abrió en aquel instante y Tom entró en el salón sin
llamar. Llevaba un traje gris de ejecutivo con camisa blanca y corbata negra, además de unas botas de cuero hechas a mano y un reloj de oro con la esfera rodeada por un aro de diamantes que habría cegado a un caballo. Por primera vez Jane lo vio como lo que era, una figura cargada de poder y de dinero.
Cuando la miró no sonrió, ni vaciló un instante.
-Cuando mi secretaria me dio el mensaje cancelé la reunión en la que me
encontraba. Estaba esperando a que me llamara Marie cuando regresó a su casa. Ya he escuchado su versión, pero ahora me gustaría escuchar la tuya.
Copper se aclaró la garganta, para que Tom supiera que estaba allí.
Tom lo miró con sus fríos ojos cafeces.
-Ya he reparado en el montaje de la cena -dijo al médico-. Pero sé muy bien a
cuento de qué viene todo esto. ¿Lo sabes tú?
-Oh, tengo una idea bastante aproximada --contestó-. ¿No habría sido más fácil que dijeras la verdad desde el principio? ¿0 es que pretendías divertirte a expensas de Jane?
Tom rió y se metió las manos en los bolsillos, mirando a Jane con elegancia y
superioridad.
-¿Divertirme? He cancelado negociaciones urgentes, he congelado contratos
internacionales que había que cerrar cuanto antes, he evitado a los clientes que llamaban todos los días... no, no me he divertido. He puesto en peligro mi vida por levantar un rancho de caballos y salvarlo de la bancarrota para que al menos Jane tuviera un techo sobre la cabeza. Lo hice porque deseaba hacerlo, pero cuando empezó la farsa ya no pude encontrar un modo de decir la verdad.
-Debiste habérmelo dicho -dijo ella.
-¿Qué querías que te dijera? ¿Que lo sentía por ti, porque habías sufrido un
accidente y a pesar de ello te resistías a rendirte? -preguntó-. ¿Qué no podía
soportar que estuvieras a punto de perderlo todo por la ineptitud de tu anterior responsable? No podía marcharme sin hacer nada.
-Bueno, muchas gracias por todo -dijo ella, enfadada-. Pero ahora que ya lo has arreglado, quiero seguir yo sola.
-Puedes hacerlo. Tienes un contrato y un montón de caballos. Lo conseguirás. Lo habrías conseguido de todas formas si Joe hubiera sido un poco más listo con las matemáticas. Éste es un rancho de primera clase. Yo me he limitado a facilitar las cosas. Has nacido ranchera, y tienes todo lo que hay que tener para triunfar, con la ayuda de Joe y de Meg.
Aquello la animó en cierta forma. Al menos no pensaba que fuera una idiota, pero la distancia que existía entre ambos parecía haber crecido después de conocer la verdad.
-¿Y tú?
-Yo tengo mi propio negocio -contestó-. Cherry volverá al colegio dentro de poco tiempo y tendremos que marcharnos de todas formas, aunque habíamos pensado hacerlo un poco más tarde. Te debe mucho por lo que le has enseñado. Ahora tendrá una oportunidad en los rodeos.
-Cherry es mi amiga. Y espero que siempre lo sea.
-Cherry. Pero yo no, ¿verdad?
Jane lo miró.
-Te agradezco lo que has hecho, pero supongo que ya habrás notado que
pertenecemos a mundos diferentes -suspiró-. Yo no tengo nada que ver con el tuyo, ni tú con el mío. En cierto modo es mejor que las cosas hayan salido así.
-Ni siquiera quieres intentarlo.
-No voy a hacerlo. Me gusta mi vida, tal y como es. Pero te agradezco mucho lo que has hecho por mí. Te lo pagaré con creces.
Su rostro se endureció.
-Nunca lo he dudado. Además, sólo te avalé. No he puesto dinero en tu rancho.
-Gracias.
Tom respiró profundamente y miró a Copper, porque no podía decir nada de lo que quería decir teniendo espectadores delante.
-¿Me marcho? -preguntó.
-No lo hagas -contestó ella.
-¿Tienes miedo de mí? -preguntó Tom con una sonrisa.
-No tenemos nada más que decirnos. Excepto despedirnos.
-Vas a hacer mucho daño a Cherry.
-Lo sé, y lo siento. No quiero hacerle daño, pero creo que no me queda otro
remedio.
-Puede que veamos las cosas de maneras diferentes. En todo caso, si dices a Joe que me llame el lunes por la mañana, le explicaré todo lo que he estado haciendo. Necesitas alguien que te lleve el rancho, a menos que quieras acabar en el mismo lío en el que estabas cuando vine aquí.
-Lo sé, y me ocuparé de ello.
-En tal caso, buenas noches.
-Te doy las gracias por todo -añadió ella. Tom la miró durante varios segundos.
-¿Por todo? -preguntó en tono sensual.
Ella se ruborizó. Parecía que era la reacción que él esperaba, porque rió con
frialdad, hizo un gesto a Coltrain para despedirse y salió cerrando la puerta tras de sí.
Copper la miró.
-Eres idiota. ¿Es que lo único que te importa es el orgullo?
-De momento sí -contestó con voz helada, haciendo un esfuerzo para no llorar-. Es odioso, pedante, y...
-No deberías haber forzado esta conversación con él. Deberías habértelo
pensado un par de días -dijo con suavidad-. A veces uno se arrepiente de actuar con precipitación.
-¿Es una opinión profesional? -preguntó enfadada.
-Profesional, personal.., no hay mucha diferencia. Y vas a arrepentirse por no
haberle dado la oportunidad de explicarse.
-Lo he hecho -dijo con mirada inocente-. Y se ha explicado.
-Se ha defendido, que es distinto. No ha tenido tiempo de hacer otra cosa.
Conmigo delante, no ha tenido la oportunidad de discutir con claridad.
-Mejor para todos.
-Si quieres pasar el resto de tu vida sola puede que sí. Pero el dinero no lo es
todo.
-Cuando no se tiene, sí.
-Escúchame, porque es posible que ésta sea la última oportunidad que tengas. El también es orgulloso y no volverá. Yo tampoco lo haría de estar en su lugar. No es de ese tipo de hombres.
Ella también lo sabía. Dejó la servilleta en la mesa y se levantó.
-Gracias por haber venido esta noche. No creo que hubiera tenido la sangre fría suficiente para enfrentarme a él de haber estado sola.
-¿Para qué están los amigos? -preguntó, levantándose y tomándola cariñosamente por los hombros-. Aún tienes tiempo. Puedes ir a su casa y arreglarlo todo.
-Ya hemos terminado.
-No, no es cierto. Te has quedado ahí sentada como una anfitriona educada, pero no le has dado ninguna oportunidad.
-Puedo ocuparme yo sola de mi vida, gracias.
-Si eso es cierto, ¿qué hago yo aquí?
Ella lo miró.
-Apoyarme moralmente.
-Ya.
-En fin, te agradezco mucho que vinieras en cuanto te lo pedí.
-No tienes por qué agradecerlo. Espero que hagas lo mismo por mí si alguna vez me encuentro en una situación parecida. Pero espero que sepas que lo único que has conseguido ha sido posponer el problema. No has resuelto nada.
-He salvado mi orgullo. Ahora se marchará a Victoria, seguirá llevando su
empresa y yo me quedaré aquí criando caballos, ganando dinero y anunciando ropa.
-Estarás sola.
Ella lo miró durante unos segundos.
-No es nada nuevo. Estaba sola cuando vino, pero la gente aprende a vivir en
soledad. Tengo un techo sobre mi cabeza, libros en buen estado, un cuerpo que se recupera poco a poco y un rancho que levantar. Todo lo que mi padre hubiera deseado.
-Tu padre habría deseado verte feliz.
-Sí, pero era realista -sonrió-. Tom no se casaría conmigo y lo sabes. No soy la típica rica con la que se casan los hombres como él. Mis modales son rústicos, no me pongo los vestidos apropiados y ni siquiera sé qué cubiertos usar.
-Esas cosas se aprenden. Eres preciosa, elegante y tienes talento y encanto.
Ninguna mujer de buena familia lo haría mejor.
-Eres un príncipe -sonrió.
Coltrain suspiró y miró su reloj.
-Basta ya de charla, tengo que volver al hospital. Llámame si me necesitas,
aunque espero que reconsideres tu posición. No eres perfecta, de modo que, ¿por qué esperas que los demás lo sean?
-Yo nunca le he mentido -contestó-. De hecho, no creo que haya mentido en toda mi vida.
-Le has dejado pensar que tú y yo estamos enamorados. Eso es mentir.
-Sólo es una simple deducción que él habrá hecho. Nada serio.
-Ya veo, lo recordaré. En fin, estaremos en contacto -dijo, besándola en la
mejilla con suavidad-. Intenta no preocuparte demasiado.
-Lo intentaré.
Jane lo observó mientras se marchaba. La casa quedó más vacía que nunca, y
cuando pocos minutos después escuchó que la puerta de un coche se cerraba, el mundo pareció cerrarse sobre ella. Corrió las cortinas justo a tiempo para ver que Tom y Cherry volvían a su casa, desapareciendo en el recodo del camino por última vez. La casita que habían ocupado ahora estaba silenciosa y oscura, como el frío espacio de su propio corazón.

Capítulo Diez FINAL
Sin Tom ni Cherry la vida se hizo aburrida y tediosa, pero el rancho prosperaba.
Jane era una organizadora nata. Descubrió talentos que jamás habría soñado que tuviera, porque su padre siempre se había hecho cargo de los asuntos del rancho.
Ahora llamaba a los proveedores, establecía contactos, ponía anuncios en revistas y periódicos, enviaba faxes y contrataba los servicios de agencias de publicidad para encargarles que hicieran sus catálogos. Empezaba a ser algo muy natural en ella, y hasta Joe estaba sorprendido.
La licencia de la ropa también funcionaba bien. En cuanto salió el primer anuncio en la televisión las ventas aumentaron de forma espectacular. Los anuncios ayudaron mucho a que su nombre fuera en poco tiempo conocido por la opinión pública, y con el dinero obtenido con los anuncios pudo financiar el desarrollo del rancho. De repente, su mundo era muy distinto. A pesar de que no le gustaba verse en los medios de comunicación, debía admitir que empezaba a gustarle el mundo de los negocios.
Pero era una vida muy solitaria. No podía montar. Lo había intentado una vez y acabó en cama varios días con un tremendo dolor de espalda. Leía los libros de contabilidad que había llevado Tom y los estudiaba intentando averiguar cómo había llegado a ciertas conclusiones. No tenía su talento, pero era rápida y comprendía pronto lo esencial. Era una buena vida, aunque solitaria. Se preguntó si Tom se habría alegrado de desaparecer de su vida.
De hecho, alguno de los trabajadores de Tom habría deseado que no volviera a la empresa. Desde su regreso a Victoria, no estaba contento con nada. Los escritorios de la sección de administración estaban desordenados; los nuevos productos desarrollados no le gustaban; se quejaba de que la gente dejaba los disquetes en cualquier parte, incluso junto a una taza de café; decía que el departamento de ventas no trabajaba suficientemente en los nuevos programas. Y hasta su secretaria, la altamente estimada señorita Emory, sufrió una buena reprimenda porque no pudo encontrar un archivo en su ordenador.
En casa, las cosas no funcionaban mejor. Cherry no dejaba de soportar críticas por la ropa que quería llevar al comienzo del nuevo curso escolar, por su falta de interés académico, y porque decía que iba a acabar en la cárcel sólo por ver los episodios de una popular serie de dibujos animados algo sarcástica. De hecho, la primera vez que Tom vio uno de los episodios llamó al canal de televisión por cable para eliminar su suscripción.
Cherry podía soportar las diferencias, porque al fin y al cabo entendía que
pertenecían a generaciones muy distintas. Pero cuando canceló la suscripción de la revista de caballos que leía, sólo porque había publicado un artículo sobre Jane, supo que había llegado demasiado lejos.
-Papá -dijo, la misma semana en que debía asistir al rodeo de Victoria-. ¿No
crees que te estás comportando de forma extraña últimamente?
Tom levantó la mirada del ejemplar del Wall Street Journal que estaba leyendo.
-¿Extraña?
-Sí, reaccionas mal con todo. Ya sabes -dijo, aclarándose la garganta-.
Sinceramente, papá, la señorita Emory soltó cierto taco que estoy segura que no había dicho en toda su vida cuando la recriminaste por la carta que había escrito esta misma semana. Y eso no es nada comparado con lo que Chris dijo cuando le dijiste que el nuevo programa no sirve para nada.
Tom bajó el periódico.
-¿Es culpa mía que todo el mundo se haya vuelto incompetente? Tengo derecho a esperar que mis empleados trabajen bien. Y en cuanto a que cancelara la suscripción a la revista y a la cadena de televisión...
-Jane salía en esa revista, en un artículo con fotografías y en otra página que le dedicaban íntegramente. ¿No te gustó?
-Ni siquiera me di cuenta.
-¿De verdad? -preguntó-. Entonces, ¿por qué descubrí la revista en tu escritorio, abierta por esa página?
-¿No tienes deberes que hacer? -preguntó, pasando las páginas de forma
ruidosa.
-Papá, el colegio aún no ha empezado.
-¿No?
Ella se levantó de la silla.
-Podrías llamarla.
-¡Llamarla! -exclamó, dejando el periódico a un lado, con ojos brillantes por la
rabia-. ¡Llamarla! ¡Ni siquiera me escucharía! Me dio un discurso absolutamente idiota sobre nuestros dos mundos y... ¿pero de qué te ríes?
-De tu manera de hablar -contestó la joven, riendo de buena gana.
-De todas formas, no cambies ahora de conversación -espetó su padre.
-Podrías haber intentado que cambiara de opinión.
-¿Para qué? -murmuró-. Quiere casarse, o quería hasta que descubrió quién soy.
Cherry sonrió.
-Eso me parecería bien. La ropa buena le sienta muy bien, y estoy segura de que sería una excelente madrastra.
-Ya tienes una madre.
-Pero no nos hablamos. ¿No lo has notado? -preguntó con frialdad-. Hizo daño a Jane.
Tom evitó su mirada.
-Sí, y no creas que pretendo defenderla por lo que hizo, pero según creo está
embarazada, y cuando te llevó al rancho no se encontraba muy bien.
-Puede que otro hijo la haga feliz.
-¡Ja!
-Bueno, mantendrá ocupada su mente -continuó-. Pero ¿qué hay de Jane?
-Va a casarse con el médico para tener pequeños doctorcitos, según tengo entendido -murmuró.
-No lo creo. Está loca por ti. Y tú estás loco por ella, aunque no quieras admitirlo. Prefieres quedarte aquí y molestar a todos los que trabajan contigo para que no tengan más remedio que soltar tacos o emborracharse los fines de semana.
-¡No es cierto!
-Chris lo hizo después de que le criticaras el programa -le comunicó-. Y dijo que se marchaba a vivir a California para desarrollar un nuevo programa de realidad virtual para empleados que sirviera para hacer la vida imposible a sus jefes, arrojándoles piedras.
-Vaya. Supongo que tendré que aumentarle el sueldo. Conseguiría hacer avanzar veinte años la realidad virtual.
Ella rió.
-Pero, ¿qué hay de Jane?
-¡Deja de preguntar lo mismo!
-Apuesto que se pasa todas las noches llorando, pensando que no es
suficientemente buena para ti.
-¿Cómo? -preguntó muy serio.
-Bueno, eso es lo que piensa. Cuando mamá le dijo que eras el dueño de una
compañía y que tenías mucho dinero, palideció. La hizo sentirse mal por ser una simple ranchera, por no leer revistas intelectuales y por no ser de buena familia.
-¡Cómo se atrevió! -exclamó con frialdad-. Jane es de bastante mejor familia que tu madre.
-Pero nadie se lo ha dicho a ella. Su autoestima está muy baja.
-Deja de hablar como un psicólogo.
-Merry va a estudiar psicología. Y dice que mi autoestima es muy buena.
-Me alegro por ella.
-De todas formas, Jane sólo tiene el bachiller superior.
-Y yo.
-Pero no se siente cómoda estando con gente de la alta sociedad...
-Sabes de sobra que odio esas fiestas -mumuró.
-Dice que probablemente no quieres que alguien como ella entre en tu vida por esa razón.
-¡Cuántas ideas subnormales, idiotas y tontas! Es preciosa, ¿es que no se ha dado cuenta? Preciosa, amable, cálida y encantadora -dijo, con voz cada vez más suave por los recuerdos que le traía-. Es todo lo que una mujer debería ser.
-Estoy segura de que el doctor lo sabe -dijo Cherry con una mirada calculadora-. De hecho, no me sorprendería que se casara con él sólo como venganza. Él le ofrecería la luna. Está loco por ella.
Sus ojos se entrecerraron.
-Pero ella no lo ama.
-Muchas personas se casan sin amarse. Es un buen médico. Puede darle todo lo que desee, y siempre han sido buenos amigos. Seguro que harían una buena pareja.
-¡Cherry!
-Bueno, papá, no deberían molestarte -espetó-. Al fin y al cabo no quieres
casarte con ella.
-¿Cómo que no?
Cherry arqueó las cejas.
-¿Te quieres casar con ella?
Tom dudó, empezó a negar su impulsivo arrebato y después se dejó caer en el
sillón, con un suspiro.
-Claro que sí. Pero es demasiado tarde. Al principio no fui sincero con ella. He cometido tantos errores que dudo que esté dispuesta a volver a dirigirme la palabra.
-Si te ama, lo hará.
-Seguro. En cuanto la llame por teléfono, me colgará. Si se entera de que voy a su rancho, se marchará ella. El tiempo que he pasado en su compañía me ha hecho aprender cómo son sus reacciones.
Cherry meditó sobre aquello. Su padre tenía razón. Jane se comportaba como un animal herido, y hacía todo lo posible por evitar que le dieran más golpes. Entonces tuvo una idea.
-El rodeo -dijo-. Voy a competir en el rodeo, y Jane lo sabe. ¿De verdad crees
que podrá resistirse a ver qué tal lo hago después de todo el tiempo que ha invertido en enseñarme?
Tom apretó los labios.
-No. Pero se disfrazará.
-Probablemente.
-Y se sentará tan escondida como pueda.
-Sin duda -Cherry sonrió-. Puedes pedir a Chris que se siente entre el público, en la última fila de gradas, y que la busque.
-Me mandaría al cuerno.
-No si le concedes ese aumento de sueldo.
-Lo que no haga por ti...
-Y seremos felices y comeremos perdices. Después de que te arrastres ante
Jane y la convenzas de que quieres estar con ella.
-No voy a arrastrarme.
-Llámalo como quieras.
-¿Qué te has creído?
Cherry lo dejó protestando y se fue a casa de Merry para ver la televisión.
El día del rodeo de Victoria, Jane comió con Joe y Meg. Como de costumbre,
mientras estuvo sentada a la mesa se dedicó a juguetear con su comida, y no habló más de lo necesario.
-¿Vas a ir a Victoria para ver competir a Cherry? -preguntó Joe.
-No. Él estará allí.
-Por supuesto. Es su padre.
Jane mordisqueó un trozo de zanahoria antes de responder.
-Me gustaría ver a Cherry. Pero no quiero encontrarme con Tom.
-Podrías ponerte un sombrero y unas gafas oscuras -aconsejó Meg-. Y un vestido. Nunca te pones vestidos. No te reconocerá, sobre todo si te sientas en una de las últimas filas. Él estará delante, para ver a Cherry de cerca.
Jane pensó en ello. Meg tenía razón. Tom estaría delante. Se metió el trozo de zanahoria en la boca y lo masticó.
-Supongo que podría hacerlo. Habrá mucha gente. De todas formas, dudo que
vuelva la cabeza para intentar localizarme.
-Por supuesto que... -empezó a decir Joe.
Meg le dio una patada por debajo de la mesa para hacerlo callar.
-Por supuesto que no -dijo Joe.
Jane lo miró, y después miró a Meg.
-¿Se puede saber qué tramáis?
-Absolutamente nada -contestó Meg-. Pero nos gustaría averiguar qué tal queda Cherry en la competición. La hemos visto entrenar día tras día.
Aquello podía explicar su interés.
-Supongo que podría ir al rodeo juvenil, si Joe me lleva.
-Claro que te llevaré. Meg puede venir también.
-Me encantaría -dijo Meg.
Jane no llegó a ver el alivio en el rostro de su ama de llaves.
-Entonces, será mejor que salgamos ya -dijo Jane, mirando el reloj-. El camino no es muy corto, y es posible que haya atasco.
Se puso un sencillo vestido de verano verde y blanco, y una chaqueta de lana
blanca. Recogió su cabello rubio en un moño y se cubrió la cabeza con un pañuelo.
Después ocultó sus ojos con unas gafas oscuras.
Meg pasó junto a la puerta y la miró.
-¿Qué te parece? -preguntó Jane, volviéndose hacia ella.
-Perfecto -le aseguró Meg.
Jane contempló su reflejo, y llegó a la conclusión de que nadie sería capaz de
reconocerla.
Tal vez no hubiera confiado tanto si hubiera oído a Meg hablar por teléfono
desde su habitación, describiendo a Cherry con todo detalle la indumentaria de Jane, tal y como habían acordado.
-Me siento culpable -dijo Meg.
-No te preocupes -dijo Cherry-. Nuestra causa es buena. Piensa en lo mal que lo van a seguir pasando Jane y mi padre si no hacemos algo por evitarlo.
-Jane ha adelgazado bastante.
-Mi padre también ha adelgazado, y además ha perdido empleados -murmuró
Cherry con sequedad-. Si sigue así, la gente de su departamento de desarrollo lo va a meter en un ordenador y lo va a facturar con un cargamento. Esto tiene que funcionar. Nos veremos esta tarde.
-Mucha suerte, cariño -dijo Meg con afecto.
-Gracias. La necesitaré. Pero con saber que vais a estar viéndome me sentiré
mejor.
-Estaremos los tres. No te preocupes.
Meg colgó y fue al recibidor, al encuentro de Jane.
-Qué distinta estás -comentó.
-Me siento distinta. Ahora, lo único que tengo que hacer es sentarme bastante lejos de la arena, para que nadie pueda reconocerme.
-Ni tu propio padre, que en paz descanse, sería capaz de reconocerte -dijo Meg con sequedad.
-Espero que Tom no me vea -dijo Jane, ajustándose el pañuelo-. No me apetece volver a discutir con él. Pero no puedo perderme la actuación de Cherry. Espero que gane.
-Nosotros también -convino Joe.
Fueron a Victoria en la camioneta. A Jane le resultaba mucho más cómodo viajar, ya que cada vez tenía mejor la espalda. Ahora le dolía sólo cuando hacía tonterías, como intentar galopar a lomos de un caballo.
Había resultado muy duro para ella darse cuenta de que no podría volver a
participar en un rodeo, pero empezaba a aceptarlo. Lo que no le resultaba tan fácil era sobreponerse al dolor que había supuesto para ella la pérdida de Tom. No transcurría un día sin que lo echara de menos.
Pero estaba segura de que él no sentiría lo mismo. Un hombre de tal riqueza y estatus social no querría estar con una simple ranchera de Texas, cuando podía casarse con una actriz famosa, con una modelo o con una alta ejecutiva. Después de haber visto a Marie, tan capaz de llevar su propio negocio, tenía una idea aproximada del tipo de mujer que le gustaba. Y ella no cuadraba.
Sabía que su ex mujer le había dicho la verdad. Había aceptado el trabajo en el rancho porque sentía pena por ella. Y se lo agradecía, pero no necesitaba la piedad de nadie. Lo mejor que podía hacer era apartarse de su camino y no estropear la gran noche de Cherry.
Sabía que su hija sería la primera en sufrir si tenían otra disputa, y pensó que ya había sufrido bastante.
Sin embargo la joven le había enviado una carta, y ella contestó. Seguían siendo amigas, pero Tom complicaba aquella relación. Jane estaba casi segura de que no aprobaba la relación que mantenía con su hija, y desde luego no le cabían dudas en lo relativo a la opinión de Marie.
Cuando llegaron al rodeo el aparcamiento estaba casi lleno. Las luces brillaban contra el cielo oscuro y la ceremonia de apertura ya había comenzado.
Compraron sus entradas y Jane avanzó hacia la parte superior de las gradas,
dejando a Joe y a Meg abajo. Se sentó alejada del resto de la gente, pero notó que un joven la estaba mirando. Pensó que si se atrevía a decirle algo lo tiraría por la grada, de modo que sería mejor que no lo hiciera.
Se sentó. La chaqueta que había tomado le vino bien, porque la noche era algo
fresca. Suspiró e intentó pensar en las personas que se habían reunido, pero en realidad no podía quitarse al hombre que amaba de la cabeza. Su corazón se aceleró pensando que se encontraba allí mismo, en algún lugar. Estaba muy cerca de él aunque no lo supiera, y la sensación le gustaba.
Poco a poco fueron pasando los participantes, prueba tras prueba, hasta que al
fin el ultimo de los hombres terminó su actuación y se entregaron los premios. Por fin, llegaba la competición en la que iba a participar su pupila.
Cherry era la cuarta participante. Jane se acomodó en su asiento, con cierta
tristeza porque nunca podría volver a competir. Pero su corazón se aceleró de todas formas en cuando vio a la joven salir a la arena, y observó su recorrido. Cherry recibió una gran cantidad de aplausos, y Jane sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas en la certeza de que aquella noche nadie iba a superar a la hija de Tom. El duro trabajo y la paciencia habían surtido efecto, y casi se sentía como si estuviera en la silla con su protegida. Era una sensación maravillosa. Estaba muy orgullosa de ella, casi como si fuera su propia madre.
No le sorprendió que la declararan ganadora. La observó en la distancia cuando recogió el premio acompañada por su orgulloso padre, que la abrazó.
Jane lo miró con un profundo dolor en el corazón. Ella también había estado
entre sus brazos y sabía bien lo que se sentía, algo muy diferente al amor filial que compartían Cherry y él. Notaba un enorme vacío en su interior, como si fuera una extraña mirando a una familia a la que nunca pertenecería.
Era hora de marcharse. Se levantó y caminó con cuidado hacia los asientos donde se encontraban Joe y Meg, pero no los encontró. Pensó que tal vez habían ido a felicitar a la joven, algo que le habría encantado hacer a ella misma. Pero no podía estando él tan cerca.
Con un suspiro de tristeza se dirigió hacia el lugar donde había aparcado la
camioneta, pero debió haber olvidado la posición exacta porque tampoco la encontró.
Mientras se encontraba mirando a su alrededor entre los vehículos, buscando,
escuchó un sonido y de repente se vio envuelta en un abrazo demasiado familiar. Sus ojos encontraron los ojos cafes del hombre que amaba, mientras la llevaba hacia un Ferrari.
-Quítate esas malditas gafas -dijo él.
Ella obedeció, asombrada, dejando ver sus preciosos ojos azules.
-Pero, ¿cómo ...?
-Cherry ha montado una pequeña conspiración con Joe y Meg -explicó.
-¿Dónde están?
-En casa, esperándonos -contestó-. Pero tendrán que esperar mucho tiempo,
porque ya hemos perdido demasiado.
-Eh, espera un momento.
-Ya he estado esperando de sobra -dijo, besándola.
Ella se resistió, dispuesta a salvar su orgullo.
-Ríndete -dijo él-. Bésame.
-No puedo, no podemos, no deberíamos...
-Sí, podemos y debemos. Funcionará -dijo entre risas-. Nos casaremos y
tendremos más amazonas y tal vez incluso un pequeño vaquero o dos.
-Tú no quieres casarte con alguien como yo.
-Sí que quiero. Quiero casarme con alguien exactamente igual que tú, con una
mujer de tan bello corazón como rostro y cuerpo, con una mujer que nos quiera a mi hija y a mí. Te deseo, Jane. Siempre te amaré.
No podía creer lo que estaba sucediendo. Lo miró y creyó ver en sus ojos un mar de estrellas.
-Veo muchos sueños en tus ojos -dijo él con suavidad-. Cásate conmigo y te
prometo que se harán realidad.
-No estoy educada...
-Ni yo -dijo, besándola de forma apasionada antes de abrir la puerta.
-No soy sofisticada.
-Ni yo -espetó, dejando que entrara en el asiento del acompañante y colocándole el cinturón.
-No puedo soportar las fiestas de la alta sociedad.
-Ni yo.
-Tom...
Arrancó el motor del poderoso vehículo, dio la marcha atrás y salió del
aparcamiento en dirección a campo abierto. Cuando metió la marcha apartó la mano un momento y apretó las suyas con fuerza.
-He estado muy solo. ¿Y tú?
-Más que nunca -contestó.
-Quería llamarte por teléfono o verte, pero sabía que no querrías escucharme.
Eres tan orgullosa como yo.
-Es triste, pero es cierto.
-Sin embargo nos las arreglaremos para llevarnos bien la mayor parte del tiempo. Cuando discutamos, lo arreglaremos después.
Ella sonrió y apoyó la cabeza en su hombro.
-Sí.
-Y Cherry será la chica más feliz de su clase cuando comience el colegio en
Jacobsville.
-¿Vamos a quedarnos aquí? -preguntó sobresaltada.
-Claro que sí. Aún no hemos terminado con el rancho -dijo con ironía.
-Oh, ya veo, así que se trataba de eso. Quieres mi rancho, maldito villano
-bromeó entre risas.
-Sí, lo quiero, porque si no me tuvieras acabarías otra vez en bancarrota. Te
olvidarías de llamar a los proveedores, llevarías mal la contabilidad y hasta te
olvidarías de pagar los impuestos.
-De hecho, ya me han pasado todas esas cosas.
-Oh, Dios mío.
-Estoy segura de que lo arreglarás todo en poco tiempo -dijo, tomando nota de que debía mirar los libros antes de que lo hiciera él-. Al fin y al cabo has levantado una compañía de ordenadores tú solo.
-Fue más fácil que salvar un rancho, considerándolo con calma. En mi negocio, la gente hace lo que le digo que haga.
-Yo también lo haré. A veces. -Precisamente eso era lo que temía. Ella cerró los ojos. -Te gustará.
Tom rió y la atrajo hacia sí.
-Por supuesto que sí.
A medio camino de casa, tomaron un polvoriento camino y aparcaron el coche bajo los árboles. Apagó el motor y miró a Jane, a la que abrazó de inmediato.
Unos cuantos minutos más tardes levantó la cabeza. Los ojos de Jane brillaban bajo la tenue luz con gran emoción, como zafiros azules. Estaba abrazada a él, temblando mientras le acariciaba los senos.
-Tenemos que ir a casa -susurró él a regañadientes.
-¿Seguro? -preguntó, besándolo con deseo.
Él gimió, pero se apartó un milímetro de ella.
-En realidad no, pero no creo que esto sea demasiado inteligente.
-¿Por qué no?
Miró por el retrovisor con ironía y le arregló un poco la ropa.
-Porque no creo que los policías tengan mucho espíritu romántico.
-¿Cómo ...?
Las luces que iluminaron el vehículo hicieron que Jane se sobresaltara. Un
hombre alto se aproximó a la ventanilla del conductor.
Tom bajó la ventanilla con resignación y sonrió al hombre uniformado.
-Lo sé, es un lugar poco adecuado para lo que estamos haciendo. Pero nuestra
hija y unos cuantos amigos nos están esperando en el salón de casa, y no conseguimos tener intimidad en ningún sitio.
El policía los miró, divertido.
-Sé bien lo que quiere decir. Mi esposa y yo tenemos cuatro chicos y siempre
están en casa. Estar con quinceañeros puede ser horrible de vez en cuando. No dejan nunca los videojuegos y se pasan la vida comiendo pizza.
-Exacto.
-Pero de todas formas este no es el lugar más...
-El lugar más adecuado, ya lo sé -dijo con ironía-. De acuerdo, nos iremos a casa.
-Alquilen una película -sugirió el policía-. Suele funcionar. Se quedarán pegados al televisor y no les molestarán.
-Es una buena idea. Gracias.
-Mi esposa y yo llevamos veintiséis años casados -sonrió-. No podría creer la
cantidad de cosas que hemos inventado para tener a los muchachos ocupados en algo. Que tengan una buena noche.
Entonces saludó llevándose la mano al ala del sombrero y regresó al coche
patrulla.
-Le has hecho pensar que estamos casados -dijo ella.
-¿Por qué no? Lo estaremos el fin de semana -dijo con suavidad-. Aunque no
puedo esperar.
-Ni yo.
Entonces, deslizó su mano sobre la de Tom y él arrancó el coche
Pocos días más tarde se casaron con Joe y Meg como testigos, y con Cherry
como dama de honor. Fue una ceremonia tranquila en Jacobsville, a la que no asistió nadie más. Después fueron a comer al mejor restaurante de la localidad y Tom y Jane se marcharon a Jamaica para pasar una breve luna de miel antes de que comenzara la escuela.
A pesar de lo contentos que estaban, mantuvieron una actitud muy seria durante la ceremonia. Pero en cuanto se instalaron en la lujosa suite del hotel Montego Bay, con vistas a la bahía, Tom la tomó en brazos y la dejó sobre la cama, uniéndose a ella antes de que tuviera tiempo de respirar.
-Oh, pero deberíamos ir a ver... el mar -bromeó ella.
Tom la besó de forma sensual.
-Deberíamos.
Sus caricias empezaron a despertar en ella un profundo deseo, hasta que se
estremeció al notar su mano bajo el elástico de sus braguitas.
-Quieres que vayamos ahora? -preguntó él, en un susurro, mientras la besaba.
Jane gimió y él rió con suavidad, moviendo los labios sobre sus senos.
-Eso era lo que pensaba.
En poco tiempo ambos estuvieron desnudos, abrazados el uno al otro llevados por el deseo. La urgencia la empujó a buscar el momento crucial demasiado pronto, pero incluso entonces Tom se comportó con absoluta ternura, llenándola de placer entre gemidos tan excitados como los suyos.
La besó mientras su mano la instaba a seguir el ritmo de su poderoso cuerpo.
Levantó la cabeza para observar las reacciones de Jane de vez en cuando, y a
pesar del brillo de sus ojos y de su acelerada respiración parecía controlar la situación por completo. Jane se estremecía, aferrándose desesperadamente a él mientras cientos de emociones aún nuevas para ella recorrían su cuerpo elevándolo hasta cimas impensables de placer.
Se arqueó violentamente y su mano se contrajo.
-Tranquila -susurró-. Tenemos que tener cuidado con tu espalda.
-¿Tranquila? Oh, Tom, ¡estoy muriéndome!
Empujó de nuevo contra su cuerpo y siguió el ritmo del placer que había sentido segundos antes.
-Vamos.
Tom la guió, observándola hasta que estuvo seguro de su respuesta. Entonces sonrió y le dio el éxtasis que tanto deseaba. Jane abrió los ojos de golpe y el estremecimiento hizo que se moviera de forma convulsiva.
Notó que los ojos se le llenaban de lágrimas. Había llegado a un punto que nunca había creído que existiera. Y justo entonces, cuando empezaba a tranquilizarse, observó que él reía y que gemía deshaciéndose en ella y haciendo posible su propia satisfacción.
Se tumbó sobre ella, con el corazón latiendo a toda velocidad, y se puso de lado sin dejar de abrazarla con los brazos y con una pierna que la atraía hacia sí.
-Cada vez es mejor -susurró ella-. Creo que puede matarme.
Él rió.
-Matarnos a los dos.
-Te estás riendo de mí -acusó.
Él levantó su húmeda cabeza y la miró, sonriendo.
-Oh, sí -dijo, acariciando su boca-. Moriré por el placer y la gloria de amar y ser amado mientras hago el amor. Nunca me había sentido tan completo hasta ahora.
Ella sonrió con timidez.
-Ni yo. Aunque la primera vez ya me pareció magnífico.
Tom la besó con suavidad.
-Tendremos años y años de sexo, y niños, y retos que nos mantengan vivos. Y te amaré hasta el día que me muera -añadió con fervor.
Ella se apretó un poco más a él.
-¡Yo también te amaré hasta entonces! -dijo, cerrando los ojos-. Te amaré para toda la eternidad.
Tom se inclinó sobre ella y la besó en la boca. La delicadeza pronto se convirtió en deseo y una vez más ella se abrazó a él, igualmente excitada.
Más tarde, mientras descansaba entre sus brazos y el sol de la mañana iluminaba la cama, pensó que nunca había sido más feliz en toda su vida.
-¿Ya estás cansada? -preguntó él cuando se estiró entre sus brazos-. ¡Tendré
que alimentarte con más ostras!
-Yo te echaré de comida a las ostras como no me dejes dormir -le amenazó,
acercándose más-. Sé que habíamos llegado al acuerdo de intentar tener una familia cuanto antes, pero me moriré de fatiga antes de que tengamos el primer hijo a este paso.
Tom rió y la besó en la frente con suavidad.
-En ese caso dormiremos un poco más. ¿Estás más contenta ahora? -murmuró.
-Más de lo que nunca había soñado.
-¿Y qué tal está tu espalda?
-Bien. De hecho, yo diría que el sexo es terapéutico.
-Razón de más para practicarlo al menos dos veces al día.
Ella lo besó en uno de sus hombros desnudos.
-Más tarde. No he dormido nada en dos días. No dejaba de pensar que tu ex
mujer encontraría una forma de sabotear la ceremonia.
-No lo habría creído posible -dijo con una amplia sonrisa-. Cherry la ha puesto en su sitio. Creo que será una cirujana formidable cuando salga de la facultad. Cualquier persona que sea capaz de hacer entrar en razón a Marie encontraría fácil trabajar en un hospital.
Jane sonrió.
-Al menos ahora su madre y ella se llevan mejor.
-Oh, Marie ha aprendido una lección, y de forma muy dura. Sabe que si no es
simpática contigo perderá una hija. Ésa fue la razón por la que te pidió disculpas, y se está comportando muy bien -comentó, estirándose-. Hasta se ha ofrecido para redecorar la casa del rancho cuando haya tenido el niño.
-Pensaré en ello.
-Tenía la impresión de que ibas a decir precisamente eso. Marie lo dice en serio.
-Lo sé. Te amo.
Él sonrió.
-Te amo.
La atrajo hacia sí y tiró de la sábana para que los cubriera. En la distancia, el
sonido de las olas era como una serenata acuática. Jane cerró los ojos y apoyó la cabeza en el pecho de Tom. Y sus sueños fueron muy dulces.

Diana Palmer - Serie Hombres de Texas 12 - Un hombre muy especial
FIN


HOLA!! BUENO AQUI ESTAN LOS CAPITULOS FINALES ... MAÑANA SUBO LA NUEVA ... HASTA LA PROXIMA :))