PARA
ENTENDER MEJOR.-
Tom
Kaulitz ya había sufrido un fracaso y no tenía intención de involucrarse sentimentalmente
con nadie. Vivir bajo el mismo techo que una mujer de gran carácter ya era más
que suficiente para él. Pero su hija adoraba los rodeos e idolatraba a Jane
Parker. Como él, aunque en su caso, secretamente.
Pero
el ardiente y malhumorado hombre de Wyoming no estaba dispuesto a
ceder
ante la igualmente ardiente y malhumorada vaquera de Jacobsville, Texas. Y no
dejaba de repetirse que no deseaba a Jane Parker, por atractiva y tentadora que
fuera.
Capítulo
Uno
Tom
Kaulitz se sentó en la barandilla de hierro de la plaza donde iba a llevarse a cabo
el rodeo, mirando a su alrededor por debajo del ala de su sombrero tejano.
Cruzó sus poderosas piernas, embutidas en un pantalón vaquero, y observó sus
botas de colores. Sólo se ponía aquella indumentaria para las ocasiones
especiales, pero había olvidado lo complicadas que podían llegar a ser las cosas.
Había pasado mucho tiempo desde la última vez que había trabajado en el rancho
de su padre, y bastantes meses desde el último rodeo de Cherry.
La
chica era bastante buena montando, pero no tenía confianza en sí misma. Su ex
esposa no aprobaba la repentina afición de Cherry por los rodeos, pero él sí.
Cherry era todo lo que le quedaba de ocho años de matrimonio, que habían
finalizado seis años atrás de manera turbulenta. Había conseguido la custodia
de Cherry porque Marie y su nuevo marido estaban demasiado ocupados con sus negocios
como para cuidar de una niña. Cherry tenía catorce años, y estaba en una edad
complicada. Tom tenía sus propias preocupaciones, entre las que se incluía una
empresa de ordenadores que
ocupaba
gran parte de su atención y que no le dejaba mucho tiempo libre. Sabía que debía
pasar más tiempo con su hija, pero no podía dejar las riendas de la empresa en manos
de sus subordinados. Era el dueño y debía asumir su responsabilidad.
Pero
estaba aburrido. Ya no tenía retos. Había conseguido una pequeña fortuna y ahora
estaba deseando encontrar algo que ocupara su mente rápida y analítica. Tal vez
por ello se había tomado unas cuantas semanas libres aprovechando que Cherry
estaba de vacaciones, lo que por otra parte podría darle una perspectiva mejor
tanto de la vida como de los negocios. Pero ya se había cansado.
Odiaba
sentarse allí mientras esperaba a que Cherry hiciera su aparición. Padre e hija
se habían marchado a vivir recientemente a Victoria, en Texas, donde estaba situada
la nueva central de la empresa. Pero en aquel momento se encontraban en Jacobsville,
una pequeña y encantadora localidad que se encontraba muy cerca de Victoria.
Cherry deseaba ir, porque uno de sus ídolos de los rodeos iba a recibir aquella
noche algún tipo de premio. La idea de que Cherry tomara parte en la competición
no había sido muy buena, porque nunca había montado delante de tanto público y
era consciente de ello.
Cuando
oyó que llamaban a Cherry, Tom se enderezó y observó a su hija, que
salió
a la arena montada a caballo. Se había recogido el pelo en una coleta que
sobresalía
por debajo del sombrero. Lo miró con sus ojos grises. Cherry iba a ser una mujer
bastante alta, y era una buena amazona. Pero después de dar la primera vuelta vaciló
durante unos segundos y el caballo se quedó clavado en el sitio. El locutor que
comentaba el rodeo la animó por megafonía, pero en el siguiente turno volvió a sucederle
lo mismo.
Tom
la observó cuando salía de la plaza, en cuanto terminó su actuación. Le dolía que,
a pesar de haberlo intentado, fuese a quedar como siempre en último lugar.
-Qué
lástima -dijo con suavidad una voz femenina, a su lado-. Se queda parada en las
vueltas, ¿no se ha fijado? Me temo que nunca llegará a ser una buena
competidora. No tiene garra.
Un
hombre que estaba cerca hizo otro comentario condescendiente.
Tom
se enfureció al escuchar la petulancia y superioridad que había en la voz de aquella
mujer, y esperó irritado a ver de quién se trataba. Y cuando apareció ante su vista
se llevó una sorpresa.
La
alta y preciosa rubia que había hecho aquellos comentarios sobre Cherry
Kaulitz
estaba preparándose para salir a la arena. Por primera vez en muchos meses, Jane
Parker podía arreglárselas sin su silla de ruedas ni su bastón. Más aún, su
pierna no la había molestado de nuevo. Se encontraba bien porque había estado
descansando todo el día, sin forzar su espalda. Había tenido mucho cuidado de
no hacerlo, para poder asistir a la ceremonia de apertura del rodeo anual de
Jacobsville y esperar a que finalizara para recibir una placa en nombre de su
padre. Joe no quería que montara, pero no le había hecho caso. Al fin y al cabo
era digna hija de su padre, y su orgullo le habría impedido participar en el
rodeo estando en malas condiciones.
Se
detuvo para contemplar la competición juvenil, en la que tantos trofeos había ganado
desde que estaba en el colegio. Le llamó la atención una chica en particular, e
hizo un comentario crítico al respecto a uno de los jinetes que estaba junto a
ella. Era una pena que la chica no pudiera entrar en los premios, pero no
resultaba sorprendente.
La
chica demostraba miedo en las vueltas, y dudaba de tal forma "que hacía
que el caballo se parase. Jane se lo comentó al vaquero que estaba a su lado.
Aquella joven debía ser nueva en el rodeo, porque no le sonaba su nombre. Había
vivido toda su vida en el sur de Texas y conocía a casi todas las personas que
participaban en el circuito de los rodeos.
Sonrió
al vaquero y se adelantó, negando con la cabeza. Realmente no sabía muy bien a
dónde se dirigía. Estaba intentando colocarse bien la chaqueta blanca que llevaba
puesta, a juego con la camisa y con las botas, cuando apareció ante ella la pierna
de un individuo que dejó paralizada a la elegante rubia.
Sorprendida,
contempló aquellos ojos ambarinos, que pertenecían a un
hombre
atractivo, de pelo rizado.
El
vaquero que estaba sentado en la barandilla llevaba un látigo entre sus
fuertes
dedos, con el que no dejó de juguetear cuando empezó a hablar.
-He
oído lo que acababa de decir a ese vaquero acerca del modo de montar de
Cherry
Kaulitz -dijo con frialdad-. ¿Quién demonios cree que es para criticar a una vaquera
de la categoría de Cherry?
Jane
arqueó las cejas. Aquel hombre tampoco pertenecía al circuito texano, que tan
bien conocían ella y su padre.
-¿Cómo
dice?
-De
todas formas, ¿a qué se dedica usted? ¿Es modelo? Tiene el aspecto de una de
esas modelos rubias que salen en las revistas -añadió, con tono despectivo-.
¿Es la amiguita de alguno de los vaqueros o forma parte del espectáculo?
No
esperaba ningún ataque verbal, y mucho menos procedente de un perfecto
desconocido.
Lo miró, incapaz de reaccionar a causa de la sorpresa.
-¿Es
que no entiende las preguntas de más de una sílaba? -insistió él.
Aquélla
fue la gota que colmó el vaso. Los ojos azules de Jane brillaron.
-Interesante.
Yo pensaba que era usted el que no era capaz de hacer preguntas inteligentes
-dijo con toda tranquilidad, mirando la pierna que le bloqueaba el camino-. Quite
esa pierna de ahí o tendré que rompérsela, vaquero.
-cuan
niña estirada como usted?
-Ahí
es dónde se equivoca. No soy ninguna niña estirada.
El
hombre mantenía una posición bastante precaria, puesto que estaba sentado en la
barandilla, con la pierna extendida para que no pudiera pasar. Jane se movió
con rapidez. Lo tomó de la pierna, empujó hacia atrás, y el desconocido cayó de
espaldas sin poder hacer nada para evitarlo.
Después
hizo ademán de limpiarse las manos y pasó, no sin antes notar la sonrisa que le
dirigieron dos vaqueros que iban junto a ella.
Joe
Harley, el capataz de mediana edad de su rancho, estaba esperándola en la
puerta
con Bracket, su caballo. Sostuvo al animal hasta que Jane montó, con
dificultad.
-No
deberías intentarlo -dijo él-. ¡Es demasiado pronto!
-Mi
padre lo habría hecho -espetó a su vez-. Jacobsville es su ciudad, y la mía.
No
podía rechazar la invitación para aceptar la placa en su nombre. El rodeo de
hoy es un homenaje a él.
-Pero
podrías haber aceptado la placa sin necesidad de montar a caballo.
Ella
lo miró.
-Escucha,
no he estado incapacitada toda mi vida.
-¡Oh,
por Dios!
El
sonido de la banda de música que empezó a tocar en aquel momento llamó su atención.
Intentó tranquilizar a su nerviosa montura, consciente de que el hombre al que
acababa de derribar se acercaba hacia ella. Afortunadamente, antes de que pudiera
llegar a su altura varios jinetes se interpusieron en el camino, en la entrada
a la arena de la plaza.
La
competición juvenil marcaba el final de los espectáculos de la tarde. El dinero
de los principales premios ya se había repartido y la orquesta empezó a tocar
La rosa amarilla de Texas. La puerta se abrió. Jane espoleó a Bracket, que
empezó a trotar con elegancia, y se mordió el labio inferior para poder
soportar el dolor que le causaba el movimiento del caballo. Avanzaba con
suavidad, pero aún así resultaba muy doloroso.
No
sabía si iba a conseguir dar la vuelta a la plaza, pero iba a intentarlo. Con
una sonrisa, hizo un esfuerzo para aparentar felicidad y se quitó su sombrero
blanco para saludar a la multitud. La mayor parte de aquellas personas conocía
a su padre, y muchos también a ella. Jane se había convertido en toda una
leyenda de los rodeos antes de que tuviera que retirarse a los veinticuatro
años. Su padre decía a menudo que había nacido montando a caballo. Intentó no
pensar en la última vez que lo había visto. Prefería recordarlo tal y como era
en el pasado.
-No
me digan que no es preciosa -estaba comentando Bob Harris desde la sala de prensa-.
Aquí tienen a la señorita Jane Parker, damas y caballeros, la mujer que ganó dos
veces la competición y que el año pasado acabó en primer lugar en la división
de mujeres. Como saben, en la actualidad está retirada de la competición, pero
sigue teniendo un aspecto magnífico sobre el caballo.
Jane
agradeció los cumplidos y se las arregló para no caerse y para no quejarse de
dolor cuando llegó a la tribuna. Sólo se trataba de recoger la placa y
marcharse.
Bob
Harris bajó a la arena con una placa, que le dio.
-No
es necesario que desmonte -dijo él, agarrando con una mano el micrófono.
-Amigos
-continuó-, como saben, Oren Parker murió el año pasado en un
accidente
de tráfico. Fue el mejor jinete durante cuatro años en este rodeo, y ganó dos
veces el campeonato nacional. Estoy seguro de que todos los presentes se unen a
mí en el sentimiento de condolencia que nos ha llevado a dedicar este rodeo al
padre de Jane, entregando a su hija una placa en honor del que fue todo un
campeón como hombre y como deportista. ¡La señorita Jane Parker, damas y
caballeros!
Entre
agradecimientos y aplausos Jane recogió la placa, y cuando Bob levantó el micrófono
para que hablara, dio las gracias a los presentes por haberse reunido para homenajear
a su padre. Temía no aguantar mucho tiempo encima del caballo, de modo que
después de la breve alocución volvió a darle las gracias a Bob y salió de la
plaza.
La
primera sorpresa de la tarde se la llevó al ver que no podía desmontar. La
segunda,
al observar que el enfadado vaquero que se había enfrentado a ella se encontraba
esperándola en la salida de la arena.
La
miró y tomó al caballo por las riendas para que no pudiera avanzar.
-Bueno,
ya veo que no forma parte del espectáculo -dijo él, en tono de burla-.
Monta
como una principiante, estirada como un trozo de madera. ¿Cómo es posible que tan
mala amazona consiguiera ganar tantos premios? ¿Lo consiguió gracias al nombre de
su padre?
De
no haberse encontrado en un estado lamentable, le habría pegado una buena patada
en la boca. Pero le dolía demasiado la espalda como para reaccionar.
-Al
parecer, tampoco tiene carácter -continuó él.
-Espera
un momento, Jane, ¡ya voy yo! -exclamó una voz irritada a su espalda-. Maldita
loca...
Joe
se plantó junto a ella. Su pelo gris y su barba crecida le daban un aspecto
aún
más duro de lo habitual.
-No
puedes bajarte de la silla, ¿verdad? -preguntó-. Bueno, no te preocupes, Joe está
aquí. Te ayudaré, pero tómate tu tiempo -añadió, tomando la placa.
-¿Siempre
necesita la ayuda de otra persona para desmontar? -preguntó el
desconocido-.
Pensé que las estrellas de los rodeos podían montar y desmontar solas.
Aquel
hombre no tenía acento texano. De hecho, no tenía ningún acento. Jane se preguntó
por su procedencia.
Joe
lo miró.
-No
durará mucho tiempo en el circuito si sigue hablando en esos términos -dijo-. Y
mucho menos si es a Jane a quien dedica esas palabras.
Joe
se volvió hacia Jane y levantó los brazos para ayudarla.
-Vamos,
cariño -dijo con suavidad, con el mismo tono que solía utilizar cuando tenía
seis años-. Vamos, no pasa nada, no dejaré que te caigas.
El
nuevo vaquero la estaba observando con curiosidad. De repente se había dado cuenta
de que estaba pálida y de que apretaba los dientes mientras intentaba desmontar.
El pequeño vaquero que la ayudaba lo estaba pasando bastante mal. No es que
ella fuera demasiado grande, pero era alta y por tanto no demasiado ligera.
Dio
un paso adelante y dijo:
-Déjeme
que lo ayude.
-No
deje que se caiga -dijo con rapidez Joe-. Las placas que le han puesto en la espalda
no le servirán de mucho si se cae.
-Placas...
Aquello
lo explicaba todo. La tomó con suavidad por la cintura. Estaba sudando por el
esfuerzo, y se le saltaban las lágrimas por el dolor.
-No
puedo -susurró ella.
-Ponga
los brazos alrededor de mi cuello -dijo con autoridad-. Yo la tomaré.
Saque
un pie de los estribos. La tomaré cuando vaya a sacar el otro y la bajaré. Tranquila.
Cuando esté dispuesta, dígamelo.
Jane
sabía que no podía quedarse para siempre en el caballo, pero la idea le
pareció
tentadora. Hizo un esfuerzo por sonreír a Joe, que la observaba con gran preocupación.
-No
te preocupes, Joe -susurró-. He conseguido llegar hasta aquí y conseguiré
salir.
Respiró
profundamente y sacó un pie del estribo.
El
dolor era insoportable. Pudo sentirlo en todo su cuerpo antes de que el
desconocido
vaquero la tomara entre los brazos con delicadeza y la dejara después en el
suelo. Sin embargo, no se quejó ni una sola vez. Se quedó apoyada en su ancho pecho,
estremecida.
-¿Dónde
quiere que la deje? -preguntó a Joe.
Joe
dudó, pero sabía que la chica no podía caminar, y también sabía que él no
podía
llevarla.
-Por
aquí -contestó después de unos segundos.
La
llevaron a una caravana que había a unos cuantos metros de la plaza.
Era
una caravana bastante bonita, con un amplio salón. Había un sofá en uno de los
extremos y una silla de ruedas junto a éste. Cuando el vaquero vio la silla, su
rostro palideció.
-Te
lo dije -espetó Joe-. ¡Te dije que no lo hicieras! ¡Sólo espero que no te hayas
dañado la espalda!
Cuando
vio que el desconocido iba a dejarla sobre la silla de ruedas, Jane
protestó.
-¡No,
no me deje ahí! ¡Ahí no, por favor!
-¡Es
el mejor sitio para ti, maldita loca! -exclamó Joe.
-Déjeme
en el sofá, por favor -murmuró.
Hizo
un esfuerzo para no gemir cuando la dejó sobre los cojines.
-Te
traeré tus analgésicos y algo para beber -dijo Joe, caminando hacia la
pequeña
cocina.
Jane
aprovechó el momento para darle las gracias al alto vaquero. Pero lo hizo con
poca convicción, habida cuenta de los comentarios que le había dedicado con anterioridad.
-Gracias.
-De
nada -contestó él con suavidad-. Debió haberme puesto en mi sitio antes de que
me avergonzara a mí mismo con el comportamiento que he demostrado. Supongo que
sabe mucho más sobre los rodeos de lo que Cherry sabrá nunca. Es mi hija
-añadió.
Aquello
lo explicaba todo.
-Siento
que malinterpretara la crítica que hice, pero no pienso disculparme por ello.
Su hija tiene talento, pero también miedo. Alguien tiene que ayudarla, para que
consiga controlar tanto al miedo como al caballo.
-Yo
sé montar, pero nada más. No sé nada sobre rodeos, y no puedo ayudarla
-explicó-.
Aunque en Wyoming nos gustan tanto los rodeos como a ustedes los texanos.
-¿Son
de Wyoming? -preguntó, con curiosidad.
-Sí.
Hemos venido a vivir a Texas hace tan sólo unas semanas. Así podremos
estar
más cerca de la madre de Cherry.
No
quería explicar que estaba en Texas para aprovechar las posibilidades de un nuevo
mercado para su empresa. De hecho, la cercanía de Marie no tenía nada que ver en
su presencia allí. Marie no era en modo alguno una buena madre, y nunca había hecho
otra cosa que criticar a su hija. Marie y su marido se habían marchado a vivir
a Victoria, procedentes de Houston, más o menos en la misma época en que llegó
Tom a Texas. Pero sólo era una coincidencia.
-Vive
con su segundo marido en Victoria -añadió.
Ella
lo miró con detenimiento y preguntó:
-¿No
sabe montar su madre? ¿No podría ayudarla?
-Su
madre odia los caballos -dijo, con ojos oscurecidos-. No quería que Cherry participara
en los rodeos, pero yo no estoy de acuerdo con ella. El rodeo es lo más importante
que hay en la vida de mi hija.
-En
tal caso, deben dejar que participe -espetó, mostrándose de acuerdo.
Pensó
que era una pena que los padres de Cherry se hubieran divorciado. Sabía lo que
significaba crecer sin una madre, porque la suya murió de neumonía cuando ella
aún estaba en el colegio.
Miró
de nuevo al hombre desconocido. Acababa de decir que era de Wyoming, lo que explicaba
que no tuviera acento texano. Se echó hacia atrás, y el dolor recorrió todo su
cuerpo. Los ojos se le llenaron de lágrimas mientras intentaba moverse haciendo
caso omiso de las terribles punzadas.
Joe
regresó en aquel instante con dos cápsulas y un refresco. Tomó la medicina y bebió
un poco, deseando que aquel dolor cediera de una vez.
-Mucho
mejor -dijo ella, suspirando.
El
hombre alto la miraba con el ceño fruncido.
-¿Se
encuentra bien?
-Sí.
Gracias por haberme ayudado.
No
parecía estar dispuesta a entablar conversación, y no tenía derecho a
esperar
tal cosa, de modo que asintió y se dirigió hacia la salida de la caravana.
Joe
lo siguió.
-Gracias
por su ayuda, forastero -dijo-. Nunca habría podido traerla a la
caravana
sin usted.
Los
dos hombres estrecharon sus manos.
-De
nada. Por cierto, ¿qué le ha sucedido? -preguntó de forma abrupta.
-Su
padre tuvo un accidente de coche -contestó-. Murió al instante, pero Jane
estuvo
atrapada entre los restos durante tres horas hasta que consiguieron sacarla de allí.
Pensaron que se había roto la columna vertebral. Sin embargo, sólo fue una
hernia de disco. Es algo muy doloroso, que tarda mucho en curarse, pero los
médicos hacen verdaderos milagros en la actualidad.
Tom
lo miró atentamente mientras continuaba con la explicación.
-Al
principio no podía andar, y no estábamos seguros de que no hubiera quedado paralizada
para siempre. Pero se levantó y empezó la rehabilitación, con tal fuerza de voluntad
que hasta los médicos se sorprendieron. Nunca he conocido a una chica como ella
-bromeó-. Los dolores que siente acaban con sus fuerzas, pero no se rinde. Su padre
habría estado orgulloso de ella, aunque es una pena que su carrera haya acabado.
Nunca podrá participar de nuevo en una competición.
-¿Y
qué demonios hacía montando a caballo esta mañana?
-Demostrar
al público que nada en el mundo podría impedir que montara
-contestó-.
Por cierto, aún no ha dicho cómo se llama, forastero.
-Tom
Kaulitz.
-Yo
soy Joe Harley. Encantado de conocerle.
-Igualmente.
Antes
de marcharse dudó durante unos segundos. Se sentía extraño. No se había sentido
tan extraño en toda su vida. Tal vez se debiera a que no estaba acostumbrado a
tratar con mujeres tan orgullosas. Lo había sorprendido con su obstinación y su
carácter. Era valiente, a pesar de las circunstancias, y no dudaba que volvería
a montar de nuevo aunque no pudiera volver a la competición. Sintió mucho
haberse equivocado con ella, pero sus comentarios acerca de Cherry lo habían
irritado. Ahora comprendía que sólo intentaba ayudar, y que la había
malinterpretado.
Sin
embargo, todo lo relativo a Cherry le importaba mucho. Su hija había
recibido
más críticas negativas de su madre de las que nunca habría aceptado recibir por
parte de un extraño. No era extraño por tanto que hubiera reaccionado mal a las
críticas de aquella mujer. Ahora tendría que vérselas con un orgullo herido.
Sonrió con amargura, avergonzado. Se lo merecía. Se había comportado con
crueldad con una minusválida. Había pasado mucho tiempo desde la última vez que
había cometido un error de tal magnitud.
Caminó
hasta encontrarse con su hija, que estaba charlando amigablemente con uno de
los participantes del rodeo.
-Papá,
¿has visto a la mujer rubia que recogió la placa? -preguntó-. ¡Era Jane
Parker
en persona!
-Sí,
la he visto -contestó.
Miró
al joven vaquero, que se ruborizó y miró a Cherry antes de desaparecer.
-Ojalá
no hicieras ese tipo de cosas -se quejó Cherry con un suspiro-. Papá, ya
tengo
catorce años.
-Y
yo soy un perro viejo. Lo sé -dijo, pasándole un brazo por encima del hombro-. Lo
has hecho muy bien, socia. Estoy orgulloso de ti.
-Gracias.
Por cierto, ¿dónde te has metido?
-He
estado ayudando a tu ídolo a entrar en su caravana.
-A
mi ídolo... ¿A la señorita Parker?
-Exacto.
Tiene mal la espalda. Ésa es la razón por la que ya no participa en
rodeos.
Pero a pesar de todo es una mujer muy fuerte.
-Era
la mejor amazona que he visto nunca. Tengo un vídeo de sus participaciones en
el campeonato del año pasado. Sólo quería venir a este rodeo para conocerla,
pero ya no participa. Cuando dijeron que se había retirado sentí una profunda
decepción. No sabía que tuviera mal la espalda.
-Ni
yo -murmuró.
La
atrajo hacia sí. Era lo que más quería en el mundo, aunque intentara
concentrarse
en el trabajo desde que su madre los abandonara.
-No
hemos pasado mucho tiempo juntos, ¿verdad? Te prometo que durante las vacaciones
nos divertiremos.
-¿Y
qué tal si empezamos ahora? -preguntó Cherry-. Podrías presentarme a la señorita
Parker.
Tom
se aclaró la garganta. No podía decir a su hija que se había comportado
como
un canalla con su ídolo.
-Es
preciosa -continuó su hija, sin esperar respuesta-. Mamá también lo es, pero no
tanto. No quería que fuera a verla la semana que viene, ¿lo sabías?
-Sí.
No
añadió que habían discutido al respecto. Marie no quería pasar con Cherry más
tiempo del necesario. Los había abandonado para marcharse con otro hombre seis años
atrás, diciendo que Cherry le daba demasiados problemas y que no podía ocuparse
de ella. Aquello destrozó a la joven, y a Tom lo obligó a compaginar su trabajo
con el cuidado de su hija. Sin embargo, no le importó. Estaba orgulloso de
Cherry y la había
animado
a que hiciera lo que más le gustase, incluyendo la participación en los rodeos.
Marie
no estaba de acuerdo. No lo aprobaba en absoluto, pero Tom se mostró firme en
ese punto.
-¿Qué
habrá visto en él? -preguntó Cherry, con ojos brillantes-. Es un cretino
que
sólo se preocupa por su aspecto. No le gustan los animales, ni los niños.
Levantó
las manos en un gesto enfadado, y su coleta rubia se movió de un lado a otro.
-Es
brillante. Ha vendido muchos libros. Está en el número uno de la lista de
ventas
del New York Times desde hace semanas.
-Pero
tú también eres brillante. Y rico.
-Sí,
pero no soy de su clase. Yo me he hecho a mí mismo. No he estudiado en
Harvard.
-Ni
él -rió Cherry-. De hecho no estudió en ninguna universidad. Oí que mamá lo decía,
aunque él no se dio cuenta.
Tom
también rió.
-Qué
más da. Tu madre es feliz, que es lo que importa.
-¿Ya
no la amas?
-No
como cuando me casé con ella -contestó con sinceridad-. Para que un
matrimonio
funcione es preciso que las dos personas se comprometan a fondo para hacerse
felices. Y tu madre se cansó de que yo pasara tanto tiempo trabajando.
-También
se cansó de mí.
-A
su manera te quiere. No lo dudes. Sin embargo, conforme fue pasando el
tiempo
descubrimos que cada vez teníamos menos cosas en común. Y llegó el día en que nos
dimos cuenta que nuestro matrimonio no tenía sentido.
-Necesitas
que alguien te cuide -dijo Cherry-. Yo me casaré algún día, y cuando eso
suceda, ¿qué harás?
Tom
rió.
-Estaré
solo.
-Ya.
Pero no mencionas a esas mujeres que nunca llevas a casa.
Su
padre se aclaró la garganta.
-Cherry...
-No importa, no soy
estúpida -dijo, mirando a la multitud-. Necesitas que alguien te cuide, además
de mí. Trabajas hasta tarde y te pasas la vida en viajes
de negocios. Nunca estás en casa, de modo que yo tampoco puedo ir. Quiero
estudiar en un colegio de Victoria cuando empiece el curso. Odio el internado.
-Nunca
me lo habías dicho -dijo, sorprendido.
-No
quería hacerlo -admitió a regañadientes-. Pero últimamente ha sido
horroroso.
Me alegro de estar de vacaciones -añadió, mirándolo con sus ojos grises, tan
parecidos a los de su madre-. Me alegro mucho de que te hayas tomado unas
vacaciones para hacer cosas conmigo. Tú y yo solos.
-Estaba
esperándolo desde hace mucho tiempo -confesó-. Quería tomarme unas cuantas
semanas libres.
Mentía,
pero consiguió convencerla de su sinceridad. Sin embargo, se preguntó qué
pasaría ahora que no tenía nada entre las manos en lo que concentrarse. Ella sonrió.
-¡Bien!
Podrás ayudarme a mejorar mi estilo montando. No creo que te hayas
dado
cuenta, pero he sufrido bastante para terminar mi competición.
Recordó
lo que había comentado Jane Parker y se preguntó si no sería buena idea que las
dos mujeres pasaran cierto tiempo charlando.
-¿Sabes
una cosa? Creo que tengo una idea al respecto -bromeó él.
-¿De
verdad? Qué idea?
-Espera
y verás -contestó, llevándola hacia el coche-. Vamos a comer algo. Yo no sé
cómo estarás tú, pero yo estoy hambriento.
-Y
yo. ¿Vamos a un restaurante chino?
-Perfecto.
La
metió en el viejo vehículo que había alquilado hasta que enviaran su Ferrari y arrancó
en dirección a Jacobsville.
Comieron
en un pequeño restaurante chino que estaba situado entre un montón de
restaurantes de comida rápida y asadores. Cuando terminaron, regresaron al
rodeo para ver las competiciones de la tarde. Cherry participó una vez más,
pero su actuación no fue mejor que la de la mañana. Cuando salió de la plaza
estaba llorando.
-Tranquila
-la reconfortó-. Roma no se hizo en un día.
-¡Pero
no hacían este tipo de competiciones en Roma! -se quejó.
-Puede
que no, pero el sentimiento es el mismo -dijo, abrazándola con
delicadeza-.
No te preocupes. Este sólo es el primer rodeo de la competición. Ya irás mejorando
poco a poco.
-Es
una pérdida de tiempo -dijo entre lágrimas-. Tal vez debería dejarlo ahora mismo.
-Nadie
llegaría a ninguna parte si se rindiera después de un fracaso. ¿Dónde
estaría
yo si hubiera abandonado al ver que mi primer programa de ordenadores no se vendía?
-Desde
luego, no estarías donde estás -admitió la joven-. Nadie hace mejores
programas
informáticos que tú, papá. El nuevo sistema operativo que has creado es fenomenal.
Todo el mundo está loco por tenerlo en el colegio, porque dicen que simplifica
mucho el trabajo.
-Me
alegró de que gastáramos tanto tiempo y esfuerzo en su desarrollo -dijo,
sonriendo-.
Ahora estamos trabajando en un programa de contabilidad.
-¿Un
programa de contabilidad? ¿Quién está interesado en algo tan aburrido?
-Muchas
pequeñas empresas -contestó entre risas-. Y da gracias a nuestra buena estrella.
No te gustaría que volviéramos a ser pobres, ¿verdad?
Cherry
miró a su alrededor mientras hablaban. Sus ojos se iluminaron de
repente.
-¡La
señorita Parker!
Pero
al verla, su expresión se ensombreció.
-Oh,
Dios mío...
Tom
se dio la vuelta y su gesto imitó al de su hija. Jane iba en una silla de
ruedas,
vestida con pantalones vaqueros, una camiseta color crema y zapatillas deportivas.
Parecía frágil y deprimida. Joe la empujaba hacia la caravana que llevaba el trailer
donde estaba el caballo.
A
menos que se equivocara, estaban a punto de marcharse. No podía permitir que desapareciera
antes de haberle pedido que ayudara a Cherry a mejorar su estilo. De repente
había pensado que podía ser una buena idea para las dos. La señorita Parker tendría
algo nuevo que hacer y Cherry conseguiría la ayuda que necesitaba.
HOLA!!! BUENO BIENVENIDAS A LA NUEVA NOVELA ... ESPERO Y LES GUSTE ... YA SABEN 3 O MAS Y AGREGO ... ADIOS :))
Sigueeeee
ResponderEliminarMe gusto!
ResponderEliminarSiguela ;)
Me encanto virgi espero el próximo cap..
ResponderEliminar