sábado, 16 de julio de 2016

PARA ENTENDER MEJOR Y 1

PARA ENTENDER MEJOR.-
Tom Kaulitz ya había sufrido un fracaso y no tenía intención de involucrarse sentimentalmente con nadie. Vivir bajo el mismo techo que una mujer de gran carácter ya era más que suficiente para él. Pero su hija adoraba los rodeos e idolatraba a Jane Parker. Como él, aunque en su caso, secretamente.
Pero el ardiente y malhumorado hombre de Wyoming no estaba dispuesto a
ceder ante la igualmente ardiente y malhumorada vaquera de Jacobsville, Texas. Y no dejaba de repetirse que no deseaba a Jane Parker, por atractiva y tentadora que fuera.

Capítulo Uno
Tom Kaulitz se sentó en la barandilla de hierro de la plaza donde iba a llevarse a cabo el rodeo, mirando a su alrededor por debajo del ala de su sombrero tejano. Cruzó sus poderosas piernas, embutidas en un pantalón vaquero, y observó sus botas de colores. Sólo se ponía aquella indumentaria para las ocasiones especiales, pero había olvidado lo complicadas que podían llegar a ser las cosas. Había pasado mucho tiempo desde la última vez que había trabajado en el rancho de su padre, y bastantes meses desde el último rodeo de Cherry.
La chica era bastante buena montando, pero no tenía confianza en sí misma. Su ex esposa no aprobaba la repentina afición de Cherry por los rodeos, pero él sí. Cherry era todo lo que le quedaba de ocho años de matrimonio, que habían finalizado seis años atrás de manera turbulenta. Había conseguido la custodia de Cherry porque Marie y su nuevo marido estaban demasiado ocupados con sus negocios como para cuidar de una niña. Cherry tenía catorce años, y estaba en una edad complicada. Tom tenía sus propias preocupaciones, entre las que se incluía una empresa de ordenadores que
ocupaba gran parte de su atención y que no le dejaba mucho tiempo libre. Sabía que debía pasar más tiempo con su hija, pero no podía dejar las riendas de la empresa en manos de sus subordinados. Era el dueño y debía asumir su responsabilidad.
Pero estaba aburrido. Ya no tenía retos. Había conseguido una pequeña fortuna y ahora estaba deseando encontrar algo que ocupara su mente rápida y analítica. Tal vez por ello se había tomado unas cuantas semanas libres aprovechando que Cherry estaba de vacaciones, lo que por otra parte podría darle una perspectiva mejor tanto de la vida como de los negocios. Pero ya se había cansado.
Odiaba sentarse allí mientras esperaba a que Cherry hiciera su aparición. Padre e hija se habían marchado a vivir recientemente a Victoria, en Texas, donde estaba situada la nueva central de la empresa. Pero en aquel momento se encontraban en Jacobsville, una pequeña y encantadora localidad que se encontraba muy cerca de Victoria. Cherry deseaba ir, porque uno de sus ídolos de los rodeos iba a recibir aquella noche algún tipo de premio. La idea de que Cherry tomara parte en la competición no había sido muy buena, porque nunca había montado delante de tanto público y era consciente de ello.
Cuando oyó que llamaban a Cherry, Tom se enderezó y observó a su hija, que
salió a la arena montada a caballo. Se había recogido el pelo en una coleta que
sobresalía por debajo del sombrero. Lo miró con sus ojos grises. Cherry iba a ser una mujer bastante alta, y era una buena amazona. Pero después de dar la primera vuelta vaciló durante unos segundos y el caballo se quedó clavado en el sitio. El locutor que comentaba el rodeo la animó por megafonía, pero en el siguiente turno volvió a sucederle lo mismo.
Tom la observó cuando salía de la plaza, en cuanto terminó su actuación. Le dolía que, a pesar de haberlo intentado, fuese a quedar como siempre en último lugar.
-Qué lástima -dijo con suavidad una voz femenina, a su lado-. Se queda parada en las vueltas, ¿no se ha fijado? Me temo que nunca llegará a ser una buena competidora. No tiene garra.
Un hombre que estaba cerca hizo otro comentario condescendiente.
Tom se enfureció al escuchar la petulancia y superioridad que había en la voz de aquella mujer, y esperó irritado a ver de quién se trataba. Y cuando apareció ante su vista se llevó una sorpresa.
La alta y preciosa rubia que había hecho aquellos comentarios sobre Cherry
Kaulitz estaba preparándose para salir a la arena. Por primera vez en muchos meses, Jane Parker podía arreglárselas sin su silla de ruedas ni su bastón. Más aún, su pierna no la había molestado de nuevo. Se encontraba bien porque había estado descansando todo el día, sin forzar su espalda. Había tenido mucho cuidado de no hacerlo, para poder asistir a la ceremonia de apertura del rodeo anual de Jacobsville y esperar a que finalizara para recibir una placa en nombre de su padre. Joe no quería que montara, pero no le había hecho caso. Al fin y al cabo era digna hija de su padre, y su orgullo le habría impedido participar en el rodeo estando en malas condiciones.
Se detuvo para contemplar la competición juvenil, en la que tantos trofeos había ganado desde que estaba en el colegio. Le llamó la atención una chica en particular, e hizo un comentario crítico al respecto a uno de los jinetes que estaba junto a ella. Era una pena que la chica no pudiera entrar en los premios, pero no resultaba sorprendente.
La chica demostraba miedo en las vueltas, y dudaba de tal forma "que hacía que el caballo se parase. Jane se lo comentó al vaquero que estaba a su lado. Aquella joven debía ser nueva en el rodeo, porque no le sonaba su nombre. Había vivido toda su vida en el sur de Texas y conocía a casi todas las personas que participaban en el circuito de los rodeos.
Sonrió al vaquero y se adelantó, negando con la cabeza. Realmente no sabía muy bien a dónde se dirigía. Estaba intentando colocarse bien la chaqueta blanca que llevaba puesta, a juego con la camisa y con las botas, cuando apareció ante ella la pierna de un individuo que dejó paralizada a la elegante rubia.
Sorprendida, contempló aquellos ojos ambarinos, que pertenecían a un
hombre atractivo, de pelo rizado.
El vaquero que estaba sentado en la barandilla llevaba un látigo entre sus
fuertes dedos, con el que no dejó de juguetear cuando empezó a hablar.
-He oído lo que acababa de decir a ese vaquero acerca del modo de montar de
Cherry Kaulitz -dijo con frialdad-. ¿Quién demonios cree que es para criticar a una vaquera de la categoría de Cherry?
Jane arqueó las cejas. Aquel hombre tampoco pertenecía al circuito texano, que tan bien conocían ella y su padre.
-¿Cómo dice?
-De todas formas, ¿a qué se dedica usted? ¿Es modelo? Tiene el aspecto de una de esas modelos rubias que salen en las revistas -añadió, con tono despectivo-. ¿Es la amiguita de alguno de los vaqueros o forma parte del espectáculo?
No esperaba ningún ataque verbal, y mucho menos procedente de un perfecto
desconocido. Lo miró, incapaz de reaccionar a causa de la sorpresa.
-¿Es que no entiende las preguntas de más de una sílaba? -insistió él.
Aquélla fue la gota que colmó el vaso. Los ojos azules de Jane brillaron.
-Interesante. Yo pensaba que era usted el que no era capaz de hacer preguntas inteligentes -dijo con toda tranquilidad, mirando la pierna que le bloqueaba el camino-. Quite esa pierna de ahí o tendré que rompérsela, vaquero.
-cuan niña estirada como usted?
-Ahí es dónde se equivoca. No soy ninguna niña estirada.
El hombre mantenía una posición bastante precaria, puesto que estaba sentado en la barandilla, con la pierna extendida para que no pudiera pasar. Jane se movió con rapidez. Lo tomó de la pierna, empujó hacia atrás, y el desconocido cayó de espaldas sin poder hacer nada para evitarlo.
Después hizo ademán de limpiarse las manos y pasó, no sin antes notar la sonrisa que le dirigieron dos vaqueros que iban junto a ella.
Joe Harley, el capataz de mediana edad de su rancho, estaba esperándola en la
puerta con Bracket, su caballo. Sostuvo al animal hasta que Jane montó, con dificultad.
-No deberías intentarlo -dijo él-. ¡Es demasiado pronto!
-Mi padre lo habría hecho -espetó a su vez-. Jacobsville es su ciudad, y la mía.
No podía rechazar la invitación para aceptar la placa en su nombre. El rodeo de hoy es un homenaje a él.
-Pero podrías haber aceptado la placa sin necesidad de montar a caballo.
Ella lo miró.
-Escucha, no he estado incapacitada toda mi vida.
-¡Oh, por Dios!
El sonido de la banda de música que empezó a tocar en aquel momento llamó su atención. Intentó tranquilizar a su nerviosa montura, consciente de que el hombre al que acababa de derribar se acercaba hacia ella. Afortunadamente, antes de que pudiera llegar a su altura varios jinetes se interpusieron en el camino, en la entrada a la arena de la plaza.
La competición juvenil marcaba el final de los espectáculos de la tarde. El dinero de los principales premios ya se había repartido y la orquesta empezó a tocar La rosa amarilla de Texas. La puerta se abrió. Jane espoleó a Bracket, que empezó a trotar con elegancia, y se mordió el labio inferior para poder soportar el dolor que le causaba el movimiento del caballo. Avanzaba con suavidad, pero aún así resultaba muy doloroso.
No sabía si iba a conseguir dar la vuelta a la plaza, pero iba a intentarlo. Con una sonrisa, hizo un esfuerzo para aparentar felicidad y se quitó su sombrero blanco para saludar a la multitud. La mayor parte de aquellas personas conocía a su padre, y muchos también a ella. Jane se había convertido en toda una leyenda de los rodeos antes de que tuviera que retirarse a los veinticuatro años. Su padre decía a menudo que había nacido montando a caballo. Intentó no pensar en la última vez que lo había visto. Prefería recordarlo tal y como era en el pasado.
-No me digan que no es preciosa -estaba comentando Bob Harris desde la sala de prensa-. Aquí tienen a la señorita Jane Parker, damas y caballeros, la mujer que ganó dos veces la competición y que el año pasado acabó en primer lugar en la división de mujeres. Como saben, en la actualidad está retirada de la competición, pero sigue teniendo un aspecto magnífico sobre el caballo.
Jane agradeció los cumplidos y se las arregló para no caerse y para no quejarse de dolor cuando llegó a la tribuna. Sólo se trataba de recoger la placa y marcharse.
Bob Harris bajó a la arena con una placa, que le dio.
-No es necesario que desmonte -dijo él, agarrando con una mano el micrófono.
-Amigos -continuó-, como saben, Oren Parker murió el año pasado en un
accidente de tráfico. Fue el mejor jinete durante cuatro años en este rodeo, y ganó dos veces el campeonato nacional. Estoy seguro de que todos los presentes se unen a mí en el sentimiento de condolencia que nos ha llevado a dedicar este rodeo al padre de Jane, entregando a su hija una placa en honor del que fue todo un campeón como hombre y como deportista. ¡La señorita Jane Parker, damas y caballeros!
Entre agradecimientos y aplausos Jane recogió la placa, y cuando Bob levantó el micrófono para que hablara, dio las gracias a los presentes por haberse reunido para homenajear a su padre. Temía no aguantar mucho tiempo encima del caballo, de modo que después de la breve alocución volvió a darle las gracias a Bob y salió de la plaza.
La primera sorpresa de la tarde se la llevó al ver que no podía desmontar. La
segunda, al observar que el enfadado vaquero que se había enfrentado a ella se encontraba esperándola en la salida de la arena.
La miró y tomó al caballo por las riendas para que no pudiera avanzar.
-Bueno, ya veo que no forma parte del espectáculo -dijo él, en tono de burla-.
Monta como una principiante, estirada como un trozo de madera. ¿Cómo es posible que tan mala amazona consiguiera ganar tantos premios? ¿Lo consiguió gracias al nombre de su padre?
De no haberse encontrado en un estado lamentable, le habría pegado una buena patada en la boca. Pero le dolía demasiado la espalda como para reaccionar.
-Al parecer, tampoco tiene carácter -continuó él.
-Espera un momento, Jane, ¡ya voy yo! -exclamó una voz irritada a su espalda-. Maldita loca...
Joe se plantó junto a ella. Su pelo gris y su barba crecida le daban un aspecto
aún más duro de lo habitual.
-No puedes bajarte de la silla, ¿verdad? -preguntó-. Bueno, no te preocupes, Joe está aquí. Te ayudaré, pero tómate tu tiempo -añadió, tomando la placa.
-¿Siempre necesita la ayuda de otra persona para desmontar? -preguntó el
desconocido-. Pensé que las estrellas de los rodeos podían montar y desmontar solas.
Aquel hombre no tenía acento texano. De hecho, no tenía ningún acento. Jane se preguntó por su procedencia.
Joe lo miró.
-No durará mucho tiempo en el circuito si sigue hablando en esos términos -dijo-. Y mucho menos si es a Jane a quien dedica esas palabras.
Joe se volvió hacia Jane y levantó los brazos para ayudarla.
-Vamos, cariño -dijo con suavidad, con el mismo tono que solía utilizar cuando tenía seis años-. Vamos, no pasa nada, no dejaré que te caigas.
El nuevo vaquero la estaba observando con curiosidad. De repente se había dado cuenta de que estaba pálida y de que apretaba los dientes mientras intentaba desmontar. El pequeño vaquero que la ayudaba lo estaba pasando bastante mal. No es que ella fuera demasiado grande, pero era alta y por tanto no demasiado ligera.
Dio un paso adelante y dijo:
-Déjeme que lo ayude.
-No deje que se caiga -dijo con rapidez Joe-. Las placas que le han puesto en la espalda no le servirán de mucho si se cae.
-Placas...
Aquello lo explicaba todo. La tomó con suavidad por la cintura. Estaba sudando por el esfuerzo, y se le saltaban las lágrimas por el dolor.
-No puedo -susurró ella.
-Ponga los brazos alrededor de mi cuello -dijo con autoridad-. Yo la tomaré.
Saque un pie de los estribos. La tomaré cuando vaya a sacar el otro y la bajaré. Tranquila. Cuando esté dispuesta, dígamelo.
Jane sabía que no podía quedarse para siempre en el caballo, pero la idea le
pareció tentadora. Hizo un esfuerzo por sonreír a Joe, que la observaba con gran preocupación.
-No te preocupes, Joe -susurró-. He conseguido llegar hasta aquí y conseguiré
salir.
Respiró profundamente y sacó un pie del estribo.
El dolor era insoportable. Pudo sentirlo en todo su cuerpo antes de que el
desconocido vaquero la tomara entre los brazos con delicadeza y la dejara después en el suelo. Sin embargo, no se quejó ni una sola vez. Se quedó apoyada en su ancho pecho, estremecida.
-¿Dónde quiere que la deje? -preguntó a Joe.
Joe dudó, pero sabía que la chica no podía caminar, y también sabía que él no
podía llevarla.
-Por aquí -contestó después de unos segundos.
La llevaron a una caravana que había a unos cuantos metros de la plaza.
Era una caravana bastante bonita, con un amplio salón. Había un sofá en uno de los extremos y una silla de ruedas junto a éste. Cuando el vaquero vio la silla, su rostro palideció.
-Te lo dije -espetó Joe-. ¡Te dije que no lo hicieras! ¡Sólo espero que no te hayas dañado la espalda!
Cuando vio que el desconocido iba a dejarla sobre la silla de ruedas, Jane
protestó.
-¡No, no me deje ahí! ¡Ahí no, por favor!
-¡Es el mejor sitio para ti, maldita loca! -exclamó Joe.
-Déjeme en el sofá, por favor -murmuró.
Hizo un esfuerzo para no gemir cuando la dejó sobre los cojines.
-Te traeré tus analgésicos y algo para beber -dijo Joe, caminando hacia la
pequeña cocina.
Jane aprovechó el momento para darle las gracias al alto vaquero. Pero lo hizo con poca convicción, habida cuenta de los comentarios que le había dedicado con anterioridad.
-Gracias.
-De nada -contestó él con suavidad-. Debió haberme puesto en mi sitio antes de que me avergonzara a mí mismo con el comportamiento que he demostrado. Supongo que sabe mucho más sobre los rodeos de lo que Cherry sabrá nunca. Es mi hija -añadió.
Aquello lo explicaba todo.
-Siento que malinterpretara la crítica que hice, pero no pienso disculparme por ello. Su hija tiene talento, pero también miedo. Alguien tiene que ayudarla, para que consiga controlar tanto al miedo como al caballo.
-Yo sé montar, pero nada más. No sé nada sobre rodeos, y no puedo ayudarla
-explicó-. Aunque en Wyoming nos gustan tanto los rodeos como a ustedes los texanos.
-¿Son de Wyoming? -preguntó, con curiosidad.
-Sí. Hemos venido a vivir a Texas hace tan sólo unas semanas. Así podremos
estar más cerca de la madre de Cherry.
No quería explicar que estaba en Texas para aprovechar las posibilidades de un nuevo mercado para su empresa. De hecho, la cercanía de Marie no tenía nada que ver en su presencia allí. Marie no era en modo alguno una buena madre, y nunca había hecho otra cosa que criticar a su hija. Marie y su marido se habían marchado a vivir a Victoria, procedentes de Houston, más o menos en la misma época en que llegó Tom a Texas. Pero sólo era una coincidencia.
-Vive con su segundo marido en Victoria -añadió.
Ella lo miró con detenimiento y preguntó:
-¿No sabe montar su madre? ¿No podría ayudarla?
-Su madre odia los caballos -dijo, con ojos oscurecidos-. No quería que Cherry participara en los rodeos, pero yo no estoy de acuerdo con ella. El rodeo es lo más importante que hay en la vida de mi hija.
-En tal caso, deben dejar que participe -espetó, mostrándose de acuerdo.
Pensó que era una pena que los padres de Cherry se hubieran divorciado. Sabía lo que significaba crecer sin una madre, porque la suya murió de neumonía cuando ella aún estaba en el colegio.
Miró de nuevo al hombre desconocido. Acababa de decir que era de Wyoming, lo que explicaba que no tuviera acento texano. Se echó hacia atrás, y el dolor recorrió todo su cuerpo. Los ojos se le llenaron de lágrimas mientras intentaba moverse haciendo caso omiso de las terribles punzadas.
Joe regresó en aquel instante con dos cápsulas y un refresco. Tomó la medicina y bebió un poco, deseando que aquel dolor cediera de una vez.
-Mucho mejor -dijo ella, suspirando.
El hombre alto la miraba con el ceño fruncido.
-¿Se encuentra bien?
-Sí. Gracias por haberme ayudado.
No parecía estar dispuesta a entablar conversación, y no tenía derecho a
esperar tal cosa, de modo que asintió y se dirigió hacia la salida de la caravana.
Joe lo siguió.
-Gracias por su ayuda, forastero -dijo-. Nunca habría podido traerla a la
caravana sin usted.
Los dos hombres estrecharon sus manos.
-De nada. Por cierto, ¿qué le ha sucedido? -preguntó de forma abrupta.
-Su padre tuvo un accidente de coche -contestó-. Murió al instante, pero Jane
estuvo atrapada entre los restos durante tres horas hasta que consiguieron sacarla de allí. Pensaron que se había roto la columna vertebral. Sin embargo, sólo fue una hernia de disco. Es algo muy doloroso, que tarda mucho en curarse, pero los médicos hacen verdaderos milagros en la actualidad.
Tom lo miró atentamente mientras continuaba con la explicación.
-Al principio no podía andar, y no estábamos seguros de que no hubiera quedado paralizada para siempre. Pero se levantó y empezó la rehabilitación, con tal fuerza de voluntad que hasta los médicos se sorprendieron. Nunca he conocido a una chica como ella -bromeó-. Los dolores que siente acaban con sus fuerzas, pero no se rinde. Su padre habría estado orgulloso de ella, aunque es una pena que su carrera haya acabado. Nunca podrá participar de nuevo en una competición.
-¿Y qué demonios hacía montando a caballo esta mañana?
-Demostrar al público que nada en el mundo podría impedir que montara
-contestó-. Por cierto, aún no ha dicho cómo se llama, forastero.
-Tom Kaulitz.
-Yo soy Joe Harley. Encantado de conocerle.
-Igualmente.
Antes de marcharse dudó durante unos segundos. Se sentía extraño. No se había sentido tan extraño en toda su vida. Tal vez se debiera a que no estaba acostumbrado a tratar con mujeres tan orgullosas. Lo había sorprendido con su obstinación y su carácter. Era valiente, a pesar de las circunstancias, y no dudaba que volvería a montar de nuevo aunque no pudiera volver a la competición. Sintió mucho haberse equivocado con ella, pero sus comentarios acerca de Cherry lo habían irritado. Ahora comprendía que sólo intentaba ayudar, y que la había malinterpretado.
Sin embargo, todo lo relativo a Cherry le importaba mucho. Su hija había
recibido más críticas negativas de su madre de las que nunca habría aceptado recibir por parte de un extraño. No era extraño por tanto que hubiera reaccionado mal a las críticas de aquella mujer. Ahora tendría que vérselas con un orgullo herido. Sonrió con amargura, avergonzado. Se lo merecía. Se había comportado con crueldad con una minusválida. Había pasado mucho tiempo desde la última vez que había cometido un error de tal magnitud.
Caminó hasta encontrarse con su hija, que estaba charlando amigablemente con uno de los participantes del rodeo.
-Papá, ¿has visto a la mujer rubia que recogió la placa? -preguntó-. ¡Era Jane
Parker en persona!
-Sí, la he visto -contestó.
Miró al joven vaquero, que se ruborizó y miró a Cherry antes de desaparecer.
-Ojalá no hicieras ese tipo de cosas -se quejó Cherry con un suspiro-. Papá, ya
tengo catorce años.
-Y yo soy un perro viejo. Lo sé -dijo, pasándole un brazo por encima del hombro-. Lo has hecho muy bien, socia. Estoy orgulloso de ti.
-Gracias. Por cierto, ¿dónde te has metido?
-He estado ayudando a tu ídolo a entrar en su caravana.
-A mi ídolo... ¿A la señorita Parker?
-Exacto. Tiene mal la espalda. Ésa es la razón por la que ya no participa en
rodeos. Pero a pesar de todo es una mujer muy fuerte.
-Era la mejor amazona que he visto nunca. Tengo un vídeo de sus participaciones en el campeonato del año pasado. Sólo quería venir a este rodeo para conocerla, pero ya no participa. Cuando dijeron que se había retirado sentí una profunda decepción. No sabía que tuviera mal la espalda.
-Ni yo -murmuró.
La atrajo hacia sí. Era lo que más quería en el mundo, aunque intentara
concentrarse en el trabajo desde que su madre los abandonara.
-No hemos pasado mucho tiempo juntos, ¿verdad? Te prometo que durante las vacaciones nos divertiremos.
-¿Y qué tal si empezamos ahora? -preguntó Cherry-. Podrías presentarme a la señorita Parker.
Tom se aclaró la garganta. No podía decir a su hija que se había comportado
como un canalla con su ídolo.
-Es preciosa -continuó su hija, sin esperar respuesta-. Mamá también lo es, pero no tanto. No quería que fuera a verla la semana que viene, ¿lo sabías?
-Sí.
No añadió que habían discutido al respecto. Marie no quería pasar con Cherry más tiempo del necesario. Los había abandonado para marcharse con otro hombre seis años atrás, diciendo que Cherry le daba demasiados problemas y que no podía ocuparse de ella. Aquello destrozó a la joven, y a Tom lo obligó a compaginar su trabajo con el cuidado de su hija. Sin embargo, no le importó. Estaba orgulloso de Cherry y la había
animado a que hiciera lo que más le gustase, incluyendo la participación en los rodeos.
Marie no estaba de acuerdo. No lo aprobaba en absoluto, pero Tom se mostró firme en ese punto.
-¿Qué habrá visto en él? -preguntó Cherry, con ojos brillantes-. Es un cretino
que sólo se preocupa por su aspecto. No le gustan los animales, ni los niños.
Levantó las manos en un gesto enfadado, y su coleta rubia se movió de un lado a otro.
-Es brillante. Ha vendido muchos libros. Está en el número uno de la lista de
ventas del New York Times desde hace semanas.
-Pero tú también eres brillante. Y rico.
-Sí, pero no soy de su clase. Yo me he hecho a mí mismo. No he estudiado en
Harvard.
-Ni él -rió Cherry-. De hecho no estudió en ninguna universidad. Oí que mamá lo decía, aunque él no se dio cuenta.
Tom también rió.
-Qué más da. Tu madre es feliz, que es lo que importa.
-¿Ya no la amas?
-No como cuando me casé con ella -contestó con sinceridad-. Para que un
matrimonio funcione es preciso que las dos personas se comprometan a fondo para hacerse felices. Y tu madre se cansó de que yo pasara tanto tiempo trabajando.
-También se cansó de mí.
-A su manera te quiere. No lo dudes. Sin embargo, conforme fue pasando el
tiempo descubrimos que cada vez teníamos menos cosas en común. Y llegó el día en que nos dimos cuenta que nuestro matrimonio no tenía sentido.
-Necesitas que alguien te cuide -dijo Cherry-. Yo me casaré algún día, y cuando eso suceda, ¿qué harás?
Tom rió.
-Estaré solo.
-Ya. Pero no mencionas a esas mujeres que nunca llevas a casa.
Su padre se aclaró la garganta.
-Cherry...
-No importa, no soy estúpida -dijo, mirando a la multitud-. Necesitas que alguien te cuide, además de mí. Trabajas hasta tarde y te pasas la vida en  viajes de negocios. Nunca estás en casa, de modo que yo tampoco puedo ir. Quiero estudiar en un colegio de Victoria cuando empiece el curso. Odio el internado.
-Nunca me lo habías dicho -dijo, sorprendido.
-No quería hacerlo -admitió a regañadientes-. Pero últimamente ha sido
horroroso. Me alegro de estar de vacaciones -añadió, mirándolo con sus ojos grises, tan parecidos a los de su madre-. Me alegro mucho de que te hayas tomado unas vacaciones para hacer cosas conmigo. Tú y yo solos.
-Estaba esperándolo desde hace mucho tiempo -confesó-. Quería tomarme unas cuantas semanas libres.
Mentía, pero consiguió convencerla de su sinceridad. Sin embargo, se preguntó qué pasaría ahora que no tenía nada entre las manos en lo que concentrarse. Ella sonrió.
-¡Bien! Podrás ayudarme a mejorar mi estilo montando. No creo que te hayas
dado cuenta, pero he sufrido bastante para terminar mi competición.
Recordó lo que había comentado Jane Parker y se preguntó si no sería buena idea que las dos mujeres pasaran cierto tiempo charlando.
-¿Sabes una cosa? Creo que tengo una idea al respecto -bromeó él.
-¿De verdad? Qué idea?
-Espera y verás -contestó, llevándola hacia el coche-. Vamos a comer algo. Yo no sé cómo estarás tú, pero yo estoy hambriento.
-Y yo. ¿Vamos a un restaurante chino?
-Perfecto.
La metió en el viejo vehículo que había alquilado hasta que enviaran su Ferrari y arrancó en dirección a Jacobsville.
Comieron en un pequeño restaurante chino que estaba situado entre un montón de restaurantes de comida rápida y asadores. Cuando terminaron, regresaron al rodeo para ver las competiciones de la tarde. Cherry participó una vez más, pero su actuación no fue mejor que la de la mañana. Cuando salió de la plaza estaba llorando.
-Tranquila -la reconfortó-. Roma no se hizo en un día.
-¡Pero no hacían este tipo de competiciones en Roma! -se quejó.
-Puede que no, pero el sentimiento es el mismo -dijo, abrazándola con
delicadeza-. No te preocupes. Este sólo es el primer rodeo de la competición. Ya irás mejorando poco a poco.
-Es una pérdida de tiempo -dijo entre lágrimas-. Tal vez debería dejarlo ahora mismo.
-Nadie llegaría a ninguna parte si se rindiera después de un fracaso. ¿Dónde
estaría yo si hubiera abandonado al ver que mi primer programa de ordenadores no se vendía?
-Desde luego, no estarías donde estás -admitió la joven-. Nadie hace mejores
programas informáticos que tú, papá. El nuevo sistema operativo que has creado es fenomenal. Todo el mundo está loco por tenerlo en el colegio, porque dicen que simplifica mucho el trabajo.
-Me alegró de que gastáramos tanto tiempo y esfuerzo en su desarrollo -dijo,
sonriendo-. Ahora estamos trabajando en un programa de contabilidad.
-¿Un programa de contabilidad? ¿Quién está interesado en algo tan aburrido?
-Muchas pequeñas empresas -contestó entre risas-. Y da gracias a nuestra buena estrella. No te gustaría que volviéramos a ser pobres, ¿verdad?
Cherry miró a su alrededor mientras hablaban. Sus ojos se iluminaron de
repente.
-¡La señorita Parker!
Pero al verla, su expresión se ensombreció.
-Oh, Dios mío...
Tom se dio la vuelta y su gesto imitó al de su hija. Jane iba en una silla de
ruedas, vestida con pantalones vaqueros, una camiseta color crema y zapatillas deportivas. Parecía frágil y deprimida. Joe la empujaba hacia la caravana que llevaba el trailer donde estaba el caballo.
A menos que se equivocara, estaban a punto de marcharse. No podía permitir que desapareciera antes de haberle pedido que ayudara a Cherry a mejorar su estilo. De repente había pensado que podía ser una buena idea para las dos. La señorita Parker tendría algo nuevo que hacer y Cherry conseguiría la ayuda que necesitaba.


HOLA!!! BUENO BIENVENIDAS A LA NUEVA NOVELA ... ESPERO Y LES GUSTE ... YA SABEN 3 O MAS Y AGREGO ... ADIOS :))

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