viernes, 22 de julio de 2016

6 y 7 (PENULTIMOS CAPITULOS)

Capítulo Seis
Sin embargo, las cosas no salieron como pensaba. Micki era sin duda una
acompañante magnífica, pero cuando la tomó entre sus brazos al salir a bailar no sintió nada en absoluto. La excitación salvaje que le provocaba Jane con sólo mirarlo con sus grandes ojos azules había desaparecido.
-Ha sido encantador que me invitaras -dijo Micki sonriendo-. Pero, ¿no le
importará a Jane?
-Jane es mi jefa -contestó.
-Oh, lo siento. Por el modo en que te miraba...
-¿El modo en que me miraba? -preguntó, intentando no parecer interesado.
Ella rió, disculpándose.
-Pensaba que estaba enamorada de ti -explicó.
Tom se ruborizó y dejó de bailar.
-Eso es absurdo.
-No lo es. Obviamente has sido muy amable con ella, y por si fuera poco ha
tenido un accidente muy grave. Supongo que es inevitable que una mujer sienta algo por el hombre que la ayuda cuando tiene problemas. El señor Kemble, su abogado, dice que la has salvado literalmente de la bancarrota en unas pocas semanas y que la estás ayudando a sacar el rancho a flote.
-Puede. El rancho tiene un gran potencial, sólo necesita unas cuantas
modificaciones.
-Modificaciones de las que te encargas tú. Jane es encantadora, ¿no te parece?
Nuestro departamento de publicidad está deseando sacar una campaña en televisión aprovechando que es tan fotogénica.
-Es atractiva -dijo, como si no fuese importante.
-Y sorprendentemente modesta sobre ello. He sabido de ella desde hace años,
desde mi niñez en Jacobsville. Oí que el doctor Coltrain se rindió más o menos en la época en la que llegaste a su rancho. Ha estado intentando casarse con ella durante muchos años. Y no es un hombre particularmente romántico. Se trata de un hombre de gran carácter, pero al parecer no le gusta a Jane. Todo el mundo pensaba que harían una gran pareja.
-¿De verdad? -preguntó con cierta irritación-. Sólo va de vez en cuando a
visitarla al rancho, y únicamente para examinarla.
Micki hizo un esfuerzo para no sonreír.
-Oh, ya veo.
-Estoy seguro de que ya se habrían casado si ella quisiera.
-No lo sé. Muchos hombres piensan que una mujer tan encantadora como ella
debe tener muchos admiradores, y muchas mujeres guapas se quedan solas porque nadie se atreve a proponerles nada. De hecho, no recuerdo que Jane haya salido con nadie en serio. Exceptuando al doctor Coltrain, claro está.
Empezaba a estar cansado de oir cosas sobre el médico.
-A su edad, puede perfectamente dedicarse a amores menos serios.
-¿Eso crees? -preguntó-. Si ha mantenido alguna relación, lo ha hecho con suma discreción, porque su reputación es impecable.
Tom siguió bailando con ella.
-¿Qué te parece la orquesta? -preguntó con una sonrisa encantadora.
Ella rió.
-Muy bien, ¿no te parece? Siempre me ha gustado bailar una buena pieza.
Tom estaba de un humor extraño cuando llevó a Micki a su casa. La dejó en la puerta con un simple beso antes de marcharse al rancho. Había sido una velada encantadora, pero no había sido capaz de quitarse los besos de Jane de la cabeza. Y por si fuera poco, tampoco había olvidado el comentario que Micki había hecho, sugiriendo que Jane estaba enamorada de él. Le preocupó tanto que se despidió de
Micki mucho antes de lo que lo habría hecho en otras circunstancias.
Cuando se marchó de allí apenas eran las once de la noche, y no tenía intención de regresar tan pronto, de modo que se detuvo en un pequeño bar y tomó un par de cervezas antes de continuar el camino. Para entonces ya casi era la una, una hora más que respetable para un hombre que se suponía que estaba divirtiéndose.
Planeaba ir directamente a la casita donde vivía con Cherry, pero las luces del
rancho aún estaban encendidas y no vio que el coche de Joe se encontrara en el garaje.
Frunció el ceño, preocupado, y caminó hacia la puerta delantera. Estaba abierta.
Más preocupado que nunca, entró y cerró con suavidad. Después, empezó a comprobar todo la casa, desde el vacío salón hasta el despacho pasando por los dormitorios.
Había luz tras una de las puertas. La abrió y Jane lo miró, sorprendida. Estaba sentada en la cama, leyendo, con un camisón de satén. Llevaba el pelo suelto, de tal forma que le llegaba a los hombros, y en su posición se podía ver la parte superior de sus senos.
Pensó que la luz de la lamparita de noche la mejoraba aún más. Era la mujer más bella que había conocido nunca y todo su cuerpo se puso en tensión al pensar en lo que había bajo aquella fina tela.
-¿Por qué has dejado abierta la puerta principal? -preguntó.
-No la he dejado abierta. La cerré y encendí las luces por si Meg necesitaba
entrar.
-Pues no estaba cerrada. Yo entré. Y ellos no han regresado. ¿Has comprobado el contestador automático?
-No. Me tomé un par de aspirinas porque me dolía la espalda y después vine a la cama.
-Iré a ver si han dejado algún mensaje -dijo, apartando la vista de su cuerpo.
Se marchó, agradecido por tener algo en lo que ocupar su mente. Caminó hacia el aparato, que estaba en el salón, y presionó el botón del contestador. Suponía que Joe habría telefoneado para decir que tanto él como Meg iban a quedarse en casa de su hija a pasar la noche para poder aprovechar la mañana siguiente en su compañía. Un familiar lejano iba a visitarlos y querían estar con él.
Escuchó los mensajes. Su corazón latía a toda velocidad. Dos cervezas no eran suficiente para afectarlo, pero no había comido nada en mucho tiempo, y entre la visión de Jane y lo que Micki había comentado estaba confuso. Se preguntó qué pasaría si entrara en la habitación y le quitara aquel camisón. Se preguntó si lo deseaba, y si por tanto harían el amor.
Se pasó una mano por el pelo, enfadado. Debía salir de aquella casa de inmediato, antes de que ocurriera algo realmente estúpido.
Pero sólo pudo llegar a la puerta. No pudo traspasarla. Después de un pequeño conflicto interior, cedió a la tentación que estremecía todo su cuerpo. Se dijo que en todo caso ella siempre podría negarse. Pero sabía que no lo haría. No podía hacerlo.
Cerró con llave, apagó la luz exterior y después hizo lo mismo con las del salón y las del despacho.
Jane dejó a un lado el libro. Cuando entró en su dormitorio estaba sentada en el mismo sitio, con aspecto más vulnerable que nunca.
-¿han llamado? -preguntó, con voz rota.
Igual que él, recordaba la pasión que había sentido aquella misma tarde. Y a
tenor de su aspecto, sabía que Tom estaba pensando lo mismo. Lo deseaba tanto que su sentido de supervivencia había desaparecido durante las horas que había pasado fuera. Ya no tenía orgullo. La soledad y el amor se lo habían comido.
-No volverán hasta mañana.
Jane lo miró con ojos muy abiertos, algo asustada y excitada. Tom supo
entonces todo lo que sentía.
Con una sonrisa a mitad de camino de la confianza y la necesidad se acercó a ella lentamente después de cerrar la puerta. Mantuvo su mirada y apagó la luz.
La habitación quedó a oscuras. Ella se quedó sentada, respirando con dificultad, esperando. Vio su silueta, grande y amenazadora, avanzando hacia la cama hasta que finalmente se sentó a su lado. Y pudo sentir sus grandes y cálidas manos en los brazos, mientras le bajaba el camisón hasta la cintura.
Sintió un escalofrío y contuvo la respiración. Notó que el aire se escapaba de sus pulmones y que él era de repente lo más importante en su vida. Se arqueó con un gemido implorante.
-Deberían pegarme un tiro -dijo él.
Entonces besó sus senos desnudos, acariciándola.
Nunca había estado con un hombre, pero su respuesta fue tan apasionada que
Tom ni siquiera lo notó al principio. Su manera de aceptar los besos y las caricias, cada vez más íntimas, lo excitaron demasiado como para notar que había colocado las manos sobre su pecho.
Olía a flores y su cuerpo estaba terriblemente caliente bajo su boca. La besó
de los pies a la cabeza, en un silencio lleno de sensualidad.
Cuando estaba a punto de perder su escasa paciencia se quitó la ropa y la atrajo hacia sí. Ella contuvo la respiración de nuevo e intentó apartarse, pero su boca la detuvo.
-¿Tomas algún anticonceptivo? -preguntó él.
-¿Cómo?
-¿Tomas la píldora?
-No.
Tom gimió y buscó un preservativo en su cartera. Afortunadamente tenía uno, porque la deseaba apasionadamente.
Su pregunta casi había sido suficiente para que Jane recobrara el sentido común y se diera cuenta de lo que estaba haciendo, pero la besó de nuevo con tanta suavidad que todos sus miedos desaparecieron. Y sus apasionados besos y caricias la rindieron hasta el punto de que sólo deseaba llenar el deseo que sentía.
-Tendré cuidado -susurró él.
La atrajo hacia sí con mucha precaución, para no dañar su espalda, y la colocó de manera que pudiera acariciarla sin problemas.
-Tranquila.
Jane clavó las uñas en los hombros de Tom. Lo deseaba con toda su alma. Hundió la cabeza entre sus hombros, pero no se resistió.
Tom no había llegado tan lejos aún como para no darse cuenta de lo que sucedía.
Se enderezó, respirando con rapidez, con las manos sobre sus caderas.
-¿gane? -preguntó, asombrado.
Ella gimió, casi sin ser capaz de respirar.
Su poderoso cuerpo se estremeció con el esfuerzo de echarse hacia atrás,
aunque fuera durante unos segundos.
-Dios mío, no imaginaba que... ¡Tenía que haberme dado cuenta! Perdóname,
porque no puedo detenerme ahora. No puedo.
Entonces entró en ella, llevado por un deseo tan antiguo como imposible de
detener.
El dolor que Jane sintió fue terrible. Gritó. Tom escuchó su grito y se odió a sí mismo por lo que estaba sucediendo, pero estaba completamente a merced del deseo.
Sin embargo, el tormento dio paso al placer segundos después, placer que alcanzó cimas que no había sentido en toda su vida. Pero más tarde regresó a la fría realidad y volvió a sentir culpabilidad y angustia.
Besó sus lágrimas, acariciándola con tanta suavidad como deseo había
demostrado unos minutos antes.
-Perdóname. Lo siento. Cuando me di cuenta ya era demasiado tarde.
Ella apoyó la mejilla en su pecho húmedo y cerró los ojos. Había sido algo
doloroso e incómodo, y ahora le dolía otra vez la espalda.
-Tienes veinticinco años -gimió, acariciando su pelo-. ¿Qué estabas haciendo,
guardando tu virginidad para el matrimonio?
-Eso no tiene gracia.
-Supongo que es exactamente lo que estabas haciendo. Eres tan tradicional...

Jane se mordió el labio. 
-¿Quieres dejarlo de una vez? -El besó sus ojos.
-No, no hasta que te haya dado lo que yo he sentido.
-!No dejaré que vuelvas a hacerlo! ¡Duele!
La besó con suavidad.
-La primera vez duele en ocasiones, según lo que me han dicho -dijo con
suavidad-. Pero ahora verás hasta qué punto es distinto.
-!No quiero!
La besó con lentitud y gentileza. La besó hasta que ella se dejó llevar, y después empezó a acariciar todo su cuerpo, excitándola. Jane no supo muy bien cómo ocurrió.
Le había hecho daño, pero estaba dejándose caer otra vez en la pasión. Cerró los brazos a su alrededor y notó que sus senos se excitaban bajo sus manos. En su interior empezó a crecer una tensión que causó que sus piernas comenzaran a temblar.
Era muy cariñoso. Estaba tumbado de espaldas, acariciándola mientras la
colocaba sobre él. Entró en ella entre susurros de amor y cuando ella sintió su miembro en el interior de su cuerpo se arqueó.
Empezó a sollozar impotente.
-Oh, no...
Entonces, sintió que sus sentidos alcanzaban una cota de placer que jamás habría creído posible.
-No luches contra ello -susurró él.
Su voz era suave, pero su respiración era rápida mientras se agarraba con
fuerza a sus caderas.
Cuando fue aproximándose al éxtasis, Jane se estremeció sobre él.
-Así -susurró-. ¡Así! Vamos, Jane, deja que suceda.
Oyó su voz mientras incrementaba el ritmo. Y entonces llegó a un punto que no esperaba, a un reino de placer que tomó el control sobre todo su cuerpo e hizo que lo olvidara todo, todo salvo el hombre que estaba con ella.
Empujó con fuerza y se concentró en lo que sentía, ciega de alegría entre los
brazos de Tom. Sólo cuando quedó completamente satisfecha, él se permitió el exquisito placer de dejarse llevar.
Acarició el pelo húmedo de Jane y permaneció tumbado, pensando en el precioso momento que acababan de compartir, hasta que ella también se tumbó sobre él.
Sus senos eran terriblemente suaves. Los acarició levemente antes de bajar
hacia su caderas y la atrajo hacia sí.
Ella carraspeó. El contacto de su cuerpo le resultaba increíblemente placentero, incluso entonces.
Tom malinterpretó su gemido.
-No te preocupes. He usado preservativos las dos veces. Nunca me arriesgo.
Estaba tan avergonzada que no supo qué decir. Se apretó contra él sintiendo su calidez, sin saber qué hacer.
Él la abrazó y rió.
-Aunque he estado a punto de cometer un error, tengo que admitirlo. ¿Te duele la espalda?
Ella se mordió el labio.
-Sí.
La dejó a un lado. Ella notó que volvía a la realidad, y la sensación no le gustó nada.
Tom salió de la cama para tomar su camisón y sus braguitas. Después se los dio y la besó.
-Póntelo, o tendrás frío.
Ella obedeció mientras él se vestía junto a la cama. Dejó escapar unas lágrimas y se odió a sí misma por haberse dejado llevar. Ni siquiera había sido capaz de pensar en los preservativos, aunque por fortuna él si lo había hecho. No sabía cómo iba a ser capaz de volver a mirarlo a la cara otra vez, después de lo sucedido. Sabía lo que sentía por él, pero no tenía idea de qué sentía él a su vez. No le había dicho una sóla palabra de amor, salvo unas cuantas frases cariñosas que en modo alguno podían considerarse una declaración.
Mientras andaba perdida en sus preocupaciones él le acarició el pelo y se lo
apartó de la cara.
-Duerme bien -dijo, intentando no mostrar lo que sentía.
Sus mejillas estaban húmedas. Se preguntó si lo odiaría o si sentiría lo que
acababan de hacer. Había intentado resistirse al principio, pero no había conseguido acallar el deseo. No estaba seguro de que le hubiera gustado la primera vez, de modo que había hecho lo único que podía hacer, darle lo mismo que él había recibido. Pero no sabía si sería suficiente.
Jane apartó la cara con un susurro y Tom la dejó.
Ya tendrían tiempo para hablar por la mañana. Para disculparse y para explicarse.
Jane estaba entumecida cuando se despertó. Abrió los ojos y parpadeó para
defenderse de la luz del día, y entonces recordó lo sucedido. Se sentó en la cama, y al recordarlo se ruborizó y se excitó de nuevo.
Apartó la sábana y observó que había manchado la cama. Se levantó con rapidez y tomó la sábana inferior y su ropa interior y la tiró al suelo. Después caminó hacia el cuarto de baño y se duchó antes de ponerse los vaqueros, una camiseta amarilla y unas zapatillas deportivas. Después metió la ropa sucia en la lavadora y la puso en marcha antes de que se presentara Meg.
-Eh, ése es mi trabajo -se quejó Meg cuando la descubrió.
-No tenía nada que hacer -explicó con cara de inocencia y una sonrisa-. Todo el mundo estuvo fuera el fin de semana menos Tom, y anoche llegó muy tarde. Creo que llevó a Micki Lane a bailar.
-Es muy bonita -dijo, frunciendo el ceño-. Pensé que Tom te gustaría.
Ella se encogió de hombros.
-Es encantador. Un gran contable.
Meg suspiró mentalmente, pensando que sus sueños de verlos juntos no tenían base real, y salió de la cocina para preparar la mesa.
Puso los platos, pero Tom seguía sin aparecer. Jane había estado muy nerviosa toda la mañana, pensando en qué iba a hacer cuando lo viera de nuevo. Se sentía avergonzada por lo sucedido y tenía miedo de haberse comportado como una persona sin experiencia.
-¿Dónde está Tom? -preguntó Meg cuando puso la ensalada y el pan sobre la
mesa.
-No lo sé. No lo he visto en todo el día.
-No es propio de él perderse una comida -dijo, mirando por la ventana-. Su coche no está.
-Puede que tenga una cita con Micki -dijo Jane, sin levantar la mirada.
-Supongo que en tal caso habría dicho algo.
Jane sonrió.
-No tiene por qué darnos explicaciones.
-Supongo que no. Bueno, iré a decirle a Joe que vamos a comer.
Fue una comida breve y placentera. Meg estuvo hablando soba su hija y sobre el primo lejano que los había visitado. Jane se mostró extrañamente silenciosa, pero nadie pareció notarlo.
Justo antes del anochecer, Tom apareció con su hija. Evidentemente se había
acercado a Victoria para recogerla, a pesar de que Cherry había dicho que regresaría en el autobús. Cabía la posibilidad de que se sintiera tan incómodo como ella, que quisiera olvidar lo ocurrido y que necesitara poner tierra de por medio entre ambos.
Jane estaba sentada en el sofá viendo las noticias cuando entraron.
-¿Qué tal tu fin de semana? -preguntó a la joven.
-No muy bien -contestó sonriendo, sin dar más explicaciones-. Estás pálida. ¿Te encuentras bien?
Jane tuvo que hacer un esfuerzo para no mirar a Tom.
-Sí, estoy bien. He estado todo el día sin hacer nada.
-Necesito echar un vistazo a los libros, de modo que me los llevaré a la casa, si no te importa -intervino Tom, mirándola por primera vez.
Su tono era formal y remoto.
-Por supuesto -dijo sonriendo-. ¿Habéis cenado?
-Hemos tomado algo por el camino -contestó Tom-. Ahora, dale las buenas
noches y despídete, Cherry.
Quería escapar de allí cuanto antes.
-Buenas noches -dijo la joven, obediente.
Era consciente de la extraña tensión que había entre los dos adultos, pero tenía suficiente sensibilidad como para no mencionar nada en absoluto. Su padre se había comportado de manera extraña, de modo que pensó que con toda seguridad habrían discutido de nuevo. Le entristecía pensar que su nueva amiga y su padre no se llevaban bien.
Jane se despidió de ella y siguió viendo la televisión. No miró directamente a
Tom, ni él hizo lo propio con ella. Se preguntó si las cosas podrían volver a la
normalidad algún día.
Los albañiles trabajaban con diligencia y las reparaciones se estaban llevando a cabo siguiendo el plan previsto. Al inspeccionar la nueva caballeriza, Jane quedó impresionada por el progreso. Era un buen trabajo.
El siguiente paso consistía en comprar caballos. Jane y Cherry acompañaron a Tom a un conocido rancho de caballos que había en las afueras de Corpus Christi.
Tom y Jane observaron el catálogo sin mirarse entre sí mientras Cherry iba
inspeccionando uno a uno a los animales.
Jane tenía un ojo excelente con los caballos. Antes de que su padre muriera
había dejado que fuera ella quien se encargara de las compras. Tom se dio cuenta en seguida de su habilidad, y ella siguió el ejemplo de su padre. Compraron tres yeguas buenas y un caballo de excelente línea dinástica. Tom hizo los arreglos necesarios para que los llevaran al rancho y después se unió a las dos mujeres.
-Podríamos detenernos a tomar un helado por el camino -dijo Cherry, limpiándose el sudor-. ¡Hace mucho calor!
-Muy bien, siempre y cuando Jane no esté demasiado cansada.
-Estoy bien -dijo, pasando un brazo por los hombros de la joven.
Caminaba sin muletas, aunque aún no lo hacía con demasiada confianza o rapidez.
Dos o tres veces había estado a punto de ceder al impulso de montarse a un caballo.
Tal vez no fuera un sueño irrealizable, pero por el momento no podía conseguirlo.
-En ese caso, nos detendremos -dijo Tom.
Había una pequeña heladería junto a la carretera principal. Estaba un poco
aislada, pero había muchos coches aparcados y la zona destinada a meriendas estaba llena.
-Podemos sentarnos bajo los árboles -dijo Cherry-. Jane y yo buscaremos un
sitio mientras tu vas a buscar los helados, papá. Yo quiero uno de chocolate.
Tom miró a Jane.
-¿Qué quieres tú? -preguntó con cortesía.
-Lo mismo, gracias -contestó, sin mirarlo.
Giró en redondo y se alejó con la adolescente.
Tom la observó lleno de deseo. Había manejado muy mal aquella situación y no sabía qué hacer. Su conciencia lo había estado torturando durante varios días, y por la noche no podía dormir. No la había obligado a hacer algo que no quisiera hacer, pero había pretendido que se detuviera y él no lo había hecho. Tal vez lo amara en el pasado, pero seguramente ahora lo odiaría. No volvería a mirarlo nunca. Cuando entraba en una habitación en la que se encontraba ella, buscaba alguna excusa para marcharse. Siempre se comportaba con absoluta frialdad, excepto cuando Cherry estaba cerca, y todo era culpa suya. No debía haberla tocado.
El dependiente volvió a preguntar qué deseaba y Tom regresó a la realidad.
Después tomó los helados y pagó.
Minutos más tarde, los tres estaban sentados bajo un árbol. La brisa jugaba con el pelo de Jane mientras saboreaban los refrescantes helados.
-¿No te gusta el chocolate? -preguntó Cherry con entusiasmo.
Jane sonrió.
-Sí. El problema es del chocolate. No le gusto yo. A veces me da dolores de
cabeza.
-¿Y por qué no lo has dicho? -preguntó Tom.
Ella lo miró, sobresaltada por su tono.
-Porque me encanta.
-Sin embargo, ésa no es razón para que te lo comas, si va a dolerte la cabeza.
Jane lo miró de nuevo.
-Me como lo que me gusta. ¡No eres mi niñera!
-Hmm... ¿Qué opinas del caballo? -preguntó Cherry, cambiando de conversación con rapidez.
-¿Cómo?
Estaba mirando los furiosos ojos de Tom. Pero el enfado fue desapareciendo, y en su lugar quedó algo igualmente violento, pero mucho más cálido y profundo.
Cherry hizo un esfuerzo para no sonreír.
-Creo que iré a buscar más servilletas -dijo. Ninguno de los dos pareció notar que la joven se había marchado. El rostro de Jane adoptó un color rojizo y los ojos de Tom se entrecerraron hasta que apenas formaron un par de rendijas cafeces, llenas de deseo y posesión.
Entonces tomó sus manos apasionadamente.
-¿Dejamos de actuar como si no hubiera ocurrido nada? -preguntó en voz baja.

Capítulo Siete
Jane sintió que sus dedos se entrelazaban con los de Tom. No podía respirar
con normalidad, y sus ojos dejaban ver con toda claridad lo que estaba pensando.
-Hemos estado comportándonos como idiotas durante muchos días -dijo él con voz suave, mirándola-. Sigo deseándote. Más que nunca.
Ella apartó la mirada y observó sus manos, juntas.
-No debió haber ocurrido.
-Lo sé-dijo; sorprendiéndola-, pero ocurrió. Nunca había sentido tanto placer,
Jane. Creo que podríamos mantener una relación muy satisfactoria.
Ella levantó la mirada, pero no vio amor en sus ojos, sino un deseo vacío.
-Quieres decir que podríamos tener una aventura.
El asintió, destrozando todas sus esperanzas.
-Ya he intentado el matrimonio -dijo con amargura-. Y no creo en él a estas
alturas, pero no puedes negar que cuando estamos juntos llegamos a unos extremos increíbles. No tendrá ninguna consecuencia, ninguna repercusión.
-¿Y qué hay de Cherry? -preguntó.
-Tiene catorce años -contestó-. Sabe de sobra que no soy ningún monje, y no
espera que la vida sea como un cuento de hadas.
Sus tristes ojos lo miraron.
-¿De verdad? Me temo que a mí sí que me importa -dijo apartando las manos.
Tom arqueó las cejas.
-No hablas en serio, ¿verdad? No esperarás casarte con un hombre y quedarte
con él toda la vida -preguntó con una risa amarga.
-Sí, lo espero, a pesar de lo que ocurrió la otra noche -contestó con orgullo-. Soy sincera en ese aspecto, pero creo que dos personas pueden vivir juntas si tienen intereses en común y trabajan para mantener una relación.
Él se enderezó y apretó los labios.
-¿Crees que Marie y yo no lo intentamos suficientemente? -preguntó enfadado.
-Para mantener una relación se necesita el esfuerzo de las dos personas.
-Más que el esfuerzo, el compromiso -dijo él, riendo con amargura-. Casarse
puede llegar a ser una verdadera locura en muchos casos.
Jane sabía que todas sus esperanzas estaban desapareciendo de súbito, de modo que sonrió con tristeza.
-Yo no tengo un matrimonio roto a mis espaldas, y sigo creyendo en los cuentos de hadas. No quiero tener una aventura contigo, Tom.
Sus ojos se entrecerraron.
-Pero te gustó mucho lo que hicimos.
Ella se encogió de hombros haciendo uso de las pocas energías que tenía y sonrió.
-Es cierto. Fue maravilloso, gracias.
Tom parecía estar muy enfadado. Sus duros rasgos destilaban rabia, y abrió la
boca para decir algo, pero en aquel instante regresó Cherry con las servilletas.
-Aquí están -dijo ella, recogiéndolas-. Se está muy bien a la sombra, ¿verdad?
Tom cerró la boca, sin decir nada. Terminó de tomarse el helado y se levantó.
-Será mejor que regresemos -dijo con frialdad-. Tengo mucho trabajo.
-Pero papá -protestó Cherry, asustada al ver la mirada que le dirigía-. ¡De
acuerdo, de acuerdo, lo siento!
Terminó su helado, sonrió a Jane y los tres regresaron al vehículo.
Los días siguientes estuvieron llenos de acontecimientos. Jane observó el
trabajo de Cherry con Feather y estuvo charlando con Micki Lane acerca de la campaña publicitaria prevista.
-Necesitamos hacer unas cuantas fotografías -dijo Micki-. ¿Cuándo podrías venir a Victoria?
Jane decidió tomarse un día libre y Micki se ofreció a pasar a recogerla.
-No, gracias -dijo Jane-. Haré que alguien me lleve.
No podía soportar verla con Tom.
-Oh, muy bien entonces -dijo con tristeza-. ¿Dónde está Tom? Hace tiempo que no sé nada de él.
-Está bien, trabajando duro, por supuesto -contestó como si fuera un hecho-.
Acaban de finalizar las nuevas caballerizas y está trabajando codo a codo con el constructor.
-Ya veo -dijo, algo más feliz-. Supongo que eso le ocupa buena parte del tiempo, ¿verdad?
-Sí.
De repente pensó que pasaba mucho tiempo en las caballerizas, mucho más de lo que pasaba con el resto de los proyectos. Probablemente sólo lo hacía por mantenerse alejado de ella. Hasta Cherry se había quejado por el fervor que demostraba por las reparaciones y cambios de las caballerizas.
-En tal caso te veré el viernes -espetó Micki.
-De acuerdo, el viernes a las nueve.
No mencionó nada sobre el viaje ni a Tom ni a la joven. Pensó que podía pedir a Joe que la llevara a la ciudad. Supuso que no se negaría.
Mientras tanto, tenía que ir a ver al doctor Coltrain para que la examinara. El
médico comprobó sus reflejos, el estado de su corazón y de sus pulmones, midió su tensión y le hizo una docena de preguntas antes de dar su opinión, que fue positiva.
-Excepto por esas ojeras -añadió, mirando sus ojos azules de forma inquisitiva-. ¿Kaulitz te preocupa?
Ella lo miró.
-Tom Kaulitz no es asunto tuyo.
Él sonrió.
-No estoy ciego, aunque tú lo estés.
-¿Qué quieres decir?
-Ya lo descubrirás algún día -contestó, echándose hacia atrás en su silla y
girando-. No empieces demasiado deprisa, pero creo que deberías intentar andar un poco más.
-¿Puedo montar?
El dudó.
-Lentamente -contestó-, y durante breves periodos. Y no se te ocurra hacerlo en ninguno de los caballos de competición. Limítate a alguno que sea tranquilo, y no te excedas.
-Bracket es muy suave -le aseguró-. Nunca me ha hecho nada.
-Cualquier caballo puede resultar peligroso si se dan ciertas circunstancias, y lo sabes muy bien.
Se había olvidado de que Coltrain había crecido prácticamente a lomos de un
caballo. Montaba muy bien, casi mejor que ella. Había participado en varios rodeos para ganar algo de dinero mientras estudiaba medicina.
-Tendré cuidado -le aseguró.
-¿Qué es eso que he oído de que vas a anunciar ropa? -preguntó de repente.
Jane sonrió.
-Meg te lo ha contado, según veo. Supuse que lo haría. Voy a patrocinar una línea de ropa tejana. Es de buena calidad, y apareceré en televisión y en revistas promocionándola. El viernes voy a ir a Victoria para que me hagan unas cuantas fotografías para las revistas.
-¿Cómo piensas ir?
-Pensé en pedir a Joe que me llevara.
-Pídemelo a mí -dijo con una sonrisa-. Tengo que ir para tratar un caso de
leucemia que tienen en el hospital. Es uno de mis pacientes, que actualmente vive allí. Puedes ir conmigo si quieres.
-Puede que pase allí todo el día -advirtió. Él se encogió de hombros.
-Encontraré algo que hacer para divertirme.
Ella sonrió abiertamente.
-Muy bien, en tal caso acepto. Gracias.
-Iré a recogerte al rancho a eso de las ocho y media. Podemos pararnos por el
camino para tomar un café.
-De acuerdo.
-¿Cómo has llegado aquí, por cierto?
-Meg me ha traído, porque tenía que ir al supermercado. Está esperando en el
aparcamiento. Sólo tenía que comprar unas cuantas cosas.
-¿Por qué no te ha traído Kaulitz?
Ella se ruborizó.
-Porque no se lo he pedido.
-Ya veo -dijo, apretando los labios.
Jane se levantó.
-No, no ves nada, pero gracias por todo. Te veré mañana por la mañana.
-Jane...
Jane se detuvo en el umbral de la puerta y se dio la vuelta para mirarlo.
-¿Quieres preguntarme algo?
Ella se ruborizó, porque no sabía exactamente lo que quería decir.
-No -contestó en un susurro-. ¡No!
-De acuerdo, no es necesario que te ruborices -dijo con suavidad, sonriendo con afecto-. Pero estaré aquí si me necesitas, y te aseguro que no te juzgaré. Ella respiró profundamente.
-Oh, Copper, lo sé -dijo-. Me gustaría que...
-No, no te gustaría -bromeó, sonriendo-. Estuve enamorado hace años de ti, pero ya ha pasado. Hasta un ciego podría ver lo que sientes por Kaulitz. Pero ten cuidado, ¿quieres? Eres tan transparente como el cristal, y ese hombre sabe de mujeres.
-Tendré cuidado -aseguró-. Es maravilloso tener un amigo como tú.
-Lo mismo opino yo de ti.
Entonces sonó un golpe en la puerta y Lou Blakely entró en la habitación.
-Perdonadme -dijo mirando a Jane-. El señor Harris no quiere hablar conmigo sobre sus hemorroides. ¿Podrías ...? 
-Estaré contigo en unos segundos -contestó.
Lou cerró la puerta al salir.
-Eres un poco grosero con ella, ¿no te parece? -preguntó con toda tranquilidad-. Es una mujer encantadora, y tu comportamiento le hace daño. ¿No te has dado cuenta?
-Sí -contestó, con un aspecto bien distinto al del hombre que conocía-. Ya he me dado cuenta.
Jane no dijo nada más. Se despidió de él y sólo se detuvo para pagar a la
recepcionista ante de salir en busca de Meg. Copper siempre había sido encantador con ella de jóvenes, aunque era cinco años mayor que ella, pero se comportaba de modo muy distinto con Lou, como si no la pudiera soportar. Resultaba extraño que hubiera aceptado que trabajaran juntos si la encontraba tan irritante.
Meg llevó a Jane de vuelta al rancho. Cherry estaba esperándolas en el porche.
-¡Lo he conseguido! -exclamó al verla-. ¡He batido mi récord! ¡Y no tenía miedo! Oh, Jane, lo he conseguido. He vencido al miedo. Estoy deseando que llegue el próximo rodeo.
-Me alegro mucho por ti -dijo con suave afecto-. Eres una gran amazona y sé que llegarás muy lejos.
-Me contentaría con ser la mitad de buena que tú -dijo con ojos brillantes.
Jane rió.
-Te aseguro que no te resultará nada difícil.
-No seas tonta. Tú siempre serás Jane Parker. Has dejado huella en la historia de los rodeos. ¡Eres famosa! Y serás aún más famosa cuando aparezcas en esos anuncios.
-Bueno, ya veremos. No pienso contar los huevos antes de tener la gallina.
La sesión fotográfica fue tema de conversación durante toda la cena.
-Te llevaré a Victoria por la mañana -dijo Joe, prestándose voluntario-. Aunque es posible que pueda hacerlo Tom, si encuentra tiempo libre con lo de las caballerizas.
Intentaba tomar el pelo al joven, que comía taciturno su plato de pollo con puré de patatas y judías.
Tom levantó la mirada y observó a Jane sin emoción alguna.
-Si quieres que te lleve, lo haré.
-Gracias, pero ya he conseguido que me lleve alguien -explicó, sonriendo-. Copper tiene que ir al hospital, de modo que iré con él.
Tom no dijo nada, pero su mano se apretó sobre el tenedor.
-El buen doctor aparece de nuevo, ¿verdad?
-En efecto. Es muy conocido en todas partes. Se graduó entre los primeros de su facultad, y es muy inteligente -contestó ella.
Tom nunca había tenido las ventajas de una carrera universitaria, y aquel tipo
de cosas le molestaban. Había conseguido millones de dólares y era un hombre muy conocido en el mundo de los negocios, pero en ocasiones se sentía incómodo cuando tenía que tratar con otras personas con más estudios.
-Papá también es muy inteligente -dijo Cherry, notando la incomodidad de su
padre-. Aunque no sea médico, ha conseguido muchos...
-Cherry... -dijo su padre, cortando su frase.
-Ha hecho muchos amigos -corrigió la joven, sonriendo a su padre-. Y es muy
atractivo.
Jane no sospechó nada en absoluto. Terminó de comerse su pollo y después tomó su vaso de leche.
-El pollo estaba magnífico, Meg -comentó.
-Me alegra ver que alguien vuelve a tener apetito -murmuró Meg-. Estaba
cansada de cocinar para mí, para Joe y para Cherry.
-Supongo que el dolor te quita el apetito de vez en cuando, ¿verdad, Jane?
-preguntó la joven con inocencia.
-A veces -contestó, sin mirar a Tom.
Él levantó su taza de café y la vació.
-Será mejor que vuelva con esos libros de cuentas.
-Han llegado un par de faxes para ti esta mañana -dijo Meg-. Uno es de una
mujer que se llama Julia -añadió, con un extraño brillo en los ojos.
-¿Quién es Julia? -preguntó Cherry, arqueando las cejas-. ¡Ah, Julia!
La mirada de su padre la acalló.
-Supongo que te echa de menos, ¿no te parece? -continuó su hija, sonriendo en secreto.
-No lo dudo.
Tom pensó en los terribles dolores de cabeza que habría tenido Julia Emory
resolviendo todos los problemas mientras él se encontraba en Jacobsville trabajando para Jane. Dejó la servilleta sobre la mesa.
-Será mejor que me ponga en contacto con ella. No quiero que mi trabajo aquí le cree ningún problema -dijo a Jane.
Jane asintió, pensando que estaba con otras mujeres. No se sorprendió. Era un hombre atractivo y sabía bien que cualquier mujer lo encontraría irresistible en la cama. Se ruborizó al recordar los momentos que habían pasado juntos e intentó disimular concentrándose en su vaso de leche.
Cuando Tom se marchó, la conversación se hizo más espontánea y relajada, pero la habitación parecía vacía.
-¿haz pensado alguna vez en casarte con el doctor Coltrain? -preguntó Cherry, cuando todos se hubieron marchado.
-Sí, lo pensé en cierta ocasión -confesó-. Es muy atractivo y tenemos muchas
cosas en común, pero no sentí nunca la clase de atracción que resulta necesaria para casarse con un hombre.
-En otras palabras, que no lo deseabas -dijo con toda naturalidad.
-¡Cherry!
-No vivo en una botella de cristal -dijo la joven-. He oído muchas cosas en el
colegio, y papá me deja ver muchas cosas en la televisión, pero no quiero apresurarme con esas cosas a mi edad -añadió, pareciendo muy madura-. Es peligroso, ya sabes. Además, tengo la romántica idea de que sería maravilloso esperar hasta el matrimonio. ¿Sabes que algunos chicos opinan lo mismo? Por ejemplo, Mark. Va al instituto conmigo, y es muy conservador con esas cosas. Dice que prefiere esperar y que sólo lo hará con la mujer con la que se case. De ese modo no tendrá problemas con las ETS.
-¿Las que?
-Las enfermedades de transmisión sexual -contestó-. Jane, ¿no ves nunca la
televisión?
Jane se aclaró la garganta.
-Bueno, parece que no veo los programas adecuados.
-Tendré que darte unas cuantas lecciones -dijo la chica con firmeza-. ¿No te
dijeron nada tus padres?
-Sí, pero nunca me ha gustado un hombre lo suficiente como para...
Entonces dudó y pensó en lo que había hecho con Tom. Se ruborizó de
inmediato.
-Oh, ya veo. ¿Ni siquiera el doctor Coltrain?-Jane negó con la cabeza. –Qué triste. Uno de estos días encontraré a la persona adecuada -le aseguró.
Al levantar la mirada, observó que Tom había entrado en la habitación. Estaba observándolas con interés, en silencio.
-¡Hola, papá! Estaba explicándole las cosas del sexo a Jane -dijo, levantándose-!Y pensaba que yo sabía poco! En fin, te veré más tarde, Jane. Voy a ensillar a Feather.
Cerró la puerta dejando a Tom a solas con Jane. Meg se encontraba en la cocina limpiando los cacharros y cargando el lavaplatos.
-¿Necesitas que una chica de catorce años te explique esas cosas? -preguntó con tranquilidad-. Pensé que habías aprendido todo lo necesario de mí.
Ella se mordió el labio inferior.
-No sigas.
Tom se acercó a ella con unos cuantos documentos en la mano, y se detuvo junto a su silla.
-¿Por qué nos niegas el placer que hemos compartido? Me deseas y yo te deseo. ¿Qué hay de malo en ello?
Ella lo miró.
-Que quiero algo más que una relación física -contestó.
-¿Estás segura?- preguntó, acariciándole la mejilla con suavidad.
Ella intentó apartar la mirada, pero él la tomó de la mejilla y la obligó a mirarlo.
-Eres tan bella -murmuró-, y tan inocente. Quieres la luna, Jane, y no puedo
dártela. Pero puedo darte un placer tan profundo que querrás gritar y morderme.
Ella le tapó la boca con los dedos.
-¡Calla! -susurró desesperadamente, mirando hacia la cocina.
Tom la tomó por la muñeca y tiró de ella para que se levantara. Después la
atrajo hacia sí y empezó a frotarse contra ella.
-No creo que Meg se asustara si nos viera besándonos. Nadie se asustaría,
excepto tú.
Su mano se apretó sobre ella, atrayéndola aún más con dedos de acero. Algo
cambió en su expresión mientras la miraba. Su boca descendió lo justo para acariciar sus labios.
-Puedes negar que te gusta, pero cuando te abrazo te dejas llevar. Si te
ofreciera mi boca, la aceptarías. Eres una especie de marioneta, cariño –susurró seductor.
Dejó que sus suaves palabras hicieran el resto, seduciéndola.
Jane quiso protestar. Quería hacerlo, pero su boca estaba demasiado cerca.
Podía sentir su aliento cálido, notar la humedad de sus labios abiertos. Deseaba negar todo lo que estuviera diciendo, pero no lo había escuchado.
Tom la atrajo hacía sí un centímetro más.
-No pasa nada -murmuró, acariciándola con los labios-. Toma lo que desees.
Jane estaba segura de una cosa. Odiaba a aquel hombre tan arrogante.
Pero deseaba besarlo y era una tontería desperdiciar la oportunidad. Era fácil
dejarse llevar, besarlo y sentir aquel placer lento y maravilloso. Era fácil sentir la suavidad de su cuerpo y perderse en aquel mar de seducción.
Ni siquiera la tenía sujeta. Con la mano que tenía libre le acariciaba el pelo
mientras ella lo besaba apasionadamente. Sabía a café y olía a colonia especiada. Su cuerpo estaba duro y cálido, y la sensación del contacto la excitaba. Notó que sus piernas comenzaban a templar y se preguntó si podrían sostenerla mucho más tiempo.
Sin embargo, su cercanía era tan apremiante para él como para ella. Segundos
más tarde, dejó los documentos sobre la mesa y la abrazó con fuerza. Su boca se abrió y su lengua empezó a juguetear con ella lentamente, en una lenta y seductora parodia de lo que habían estado haciendo cierta noche que pasaron juntos.
Ella gimió al sentir el placer, temblando en sus brazos.
Las manos de Tom empezaron a acariciar sus costados y poco a poco fueron
ascendiendo hacia sus senos. Tom recordó el sabor de aquellos pechos y el cálido abrazo de su cuerpo desnudo en la oscuridad. La tomó por la cadera y la atrajo hacia sí con fuerza. Ella gimió al sentir dolor en la espalda.
El sonido lo asustó. Estaba lleno de deseo por ella, pero a pesar de todo la miró con atención.
-¿Te duele la espalda? -preguntó.
-Un poco.
-Lo siento -dijo, apartándole el pelo de la cara-. Lo siento, cariño. No te haría
daño por nada del mundo, ¿lo sabías?
-Sin embargo, lo hiciste.
Sus ojos se ensombrecieron.
-Sí, es cierto. No me di cuenta hasta que... Pensé que moriría de placer y de
vergüenza, porque me pediste que parara y no pude detenerme -dijo, cerrando los ojos y estremeciéndose con el recuerdo-. ¿No sabes lo que es desear a alguien por encima de los principios, por encima incluso del honor? Yo te quiero de ese modo. Podría matar por estar contigo, y en aquel momento no fui capaz de recobrar la cordura. Lo siento, Jane. Pero estaba demasiado excitado para alejarme. Lo siento.
Ella cerró los ojos, aspirando su maravilloso olor y dejándose llevar por lo que sentía.
-No pasa nada. Al fin y al cabo creo que te comprendo -declaró, dudando.
Su cuerpo tembló al recordarlo.
Tom la besó en los ojos, en las mejillas y en la barbilla.
-Pensé que nunca ibas a dejar de temblar -susurró-. Recuerdo haberme reído de alegría, sabiendo que había conseguido darte placer.
-¿De modo que por eso lo hiciste?
-Sí -contestó, tomando su cara entre las manos y mirándola con dulzura-. Ven
conmigo esta noche. Te daré mucho más placer, mil veces. Te haré el amor hasta que te quedes dormida en mis brazos.
Jane quería hacerlo. Sus ojos le dijeron que lo deseaba, pero a pesar del placer
que tan bien recordaba, recordaba igualmente cómo la había abandonado después, dejándola sola en cuanto termino, sin dulzura, sin explicaciones, sin disculpas. La deseaba desesperadamente, pero cuando estuviera satisfecho sería como en el pasado, porque no sentía nada por ella salvo deseo físico. No la amaba. Le ofrecía un corazón vacío.
Jane cerró los ojos intentando resistirse a la terrible tentación que le ofrecía.
En su opinión era un camino autodestructivo, por placentero que pudiera ser
temporalmente.
-No -dijo al fin-. No, Tom. Ya es suficiente.
Él se echó hacia atrás. Jane estaba temblando en sus brazos. Deseaba besarlo y seguía abrazándolo con fuerza.
-No lo dices en serio -acusó con suavidad.
Ella abrió los ojos y lo miró intensamente.
-Sí, lo digo en serio -espetó con toda tranquilidad, apartándose de él con
lentitud-. Eres muy atractivo y me encanta besarte, pero esto no nos llevará a ninguna parte.
-Quieres que te haga promesas que no puedo cumplir.
-Oh, no -corrigió-. Las promesas son sólo palabras. Quiero años de vida en
común, y niños. Muchos niños.
Su rostro se suavizó al pensar en una chica como Cherry, o tal vez en un chico. El rostro de Tom se endureció.
-Yo ya tengo una hija.
-Sí, lo sé, y es maravillosa. Pero yo quiero tener una hija mía, y un marido que esté con nosotras.
Tom vacilaba entre la pasión y el enfado.
-¿No te parecería maravilloso que pudiéramos tener exactamente lo que
deseamos?
-Desde luego.
Jane se apartó de él, concentrándose en respirar con normalidad. Se apoyó en la silla y dijo:
-Pero es posible que nunca lo consiga. Sin embargo, mis sueños son muy dulces. Mucho más dulces que unas cuantas semanas de placer físico, antes de que te marches definitivamente de mi vida.
Su rostro se endureció aún más.
-¿Placer?
-Sin amor, el sexo no es nada profundo.
-Eres una pequeña hipócrita -la acusó, acercándose a ella.
Entonces la besó ardientemente. Pero la puerta se abrió de golpe y una
sorprendida Cherry se detuvo, helada, en el umbral.


HOLA!!! BUENO ESTOS SON LOS PENULTIMOS CAPITULOS, SI HAY MAS DE 3 COMENTARIOS AGREGO LOS CAPITULOS FINALES Y EN LA NUEVA NOVELA ... BUENO QUE ESTEN BN Y HASTA PRONTO :))

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