Capítulo
Seis
Sin
embargo, las cosas no salieron como pensaba. Micki era sin duda una
acompañante
magnífica, pero cuando la tomó entre sus brazos al salir a bailar no sintió nada
en absoluto. La excitación salvaje que le provocaba Jane con sólo mirarlo con
sus grandes ojos azules había desaparecido.
-Ha
sido encantador que me invitaras -dijo Micki sonriendo-. Pero, ¿no le
importará
a Jane?
-Jane
es mi jefa -contestó.
-Oh,
lo siento. Por el modo en que te miraba...
-¿El
modo en que me miraba? -preguntó, intentando no parecer interesado.
Ella
rió, disculpándose.
-Pensaba
que estaba enamorada de ti -explicó.
Tom
se ruborizó y dejó de bailar.
-Eso
es absurdo.
-No
lo es. Obviamente has sido muy amable con ella, y por si fuera poco ha
tenido
un accidente muy grave. Supongo que es inevitable que una mujer sienta algo por
el hombre que la ayuda cuando tiene problemas. El señor Kemble, su abogado,
dice que la has salvado literalmente de la bancarrota en unas pocas semanas y
que la estás ayudando a sacar el rancho a flote.
-Puede.
El rancho tiene un gran potencial, sólo necesita unas cuantas
modificaciones.
-Modificaciones
de las que te encargas tú. Jane es encantadora, ¿no te parece?
Nuestro
departamento de publicidad está deseando sacar una campaña en televisión aprovechando
que es tan fotogénica.
-Es
atractiva -dijo, como si no fuese importante.
-Y
sorprendentemente modesta sobre ello. He sabido de ella desde hace años,
desde
mi niñez en Jacobsville. Oí que el doctor Coltrain se rindió más o menos en la época
en la que llegaste a su rancho. Ha estado intentando casarse con ella durante muchos
años. Y no es un hombre particularmente romántico. Se trata de un hombre de gran
carácter, pero al parecer no le gusta a Jane. Todo el mundo pensaba que harían una
gran pareja.
-¿De
verdad? -preguntó con cierta irritación-. Sólo va de vez en cuando a
visitarla
al rancho, y únicamente para examinarla.
Micki
hizo un esfuerzo para no sonreír.
-Oh,
ya veo.
-Estoy
seguro de que ya se habrían casado si ella quisiera.
-No
lo sé. Muchos hombres piensan que una mujer tan encantadora como ella
debe
tener muchos admiradores, y muchas mujeres guapas se quedan solas porque nadie
se atreve a proponerles nada. De hecho, no recuerdo que Jane haya salido con nadie
en serio. Exceptuando al doctor Coltrain, claro está.
Empezaba
a estar cansado de oir cosas sobre el médico.
-A
su edad, puede perfectamente dedicarse a amores menos serios.
-¿Eso
crees? -preguntó-. Si ha mantenido alguna relación, lo ha hecho con suma discreción,
porque su reputación es impecable.
Tom
siguió bailando con ella.
-¿Qué
te parece la orquesta? -preguntó con una sonrisa encantadora.
Ella
rió.
-Muy
bien, ¿no te parece? Siempre me ha gustado bailar una buena pieza.
Tom
estaba de un humor extraño cuando llevó a Micki a su casa. La dejó en la puerta
con un simple beso antes de marcharse al rancho. Había sido una velada encantadora,
pero no había sido capaz de quitarse los besos de Jane de la cabeza. Y por si
fuera poco, tampoco había olvidado el comentario que Micki había hecho, sugiriendo
que Jane estaba enamorada de él. Le preocupó tanto que se despidió de
Micki
mucho antes de lo que lo habría hecho en otras circunstancias.
Cuando
se marchó de allí apenas eran las once de la noche, y no tenía intención de
regresar tan pronto, de modo que se detuvo en un pequeño bar y tomó un par de cervezas
antes de continuar el camino. Para entonces ya casi era la una, una hora más que
respetable para un hombre que se suponía que estaba divirtiéndose.
Planeaba
ir directamente a la casita donde vivía con Cherry, pero las luces del
rancho
aún estaban encendidas y no vio que el coche de Joe se encontrara en el garaje.
Frunció
el ceño, preocupado, y caminó hacia la puerta delantera. Estaba abierta.
Más
preocupado que nunca, entró y cerró con suavidad. Después, empezó a comprobar todo
la casa, desde el vacío salón hasta el despacho pasando por los dormitorios.
Había
luz tras una de las puertas. La abrió y Jane lo miró, sorprendida. Estaba sentada
en la cama, leyendo, con un camisón de satén. Llevaba el pelo suelto, de tal forma
que le llegaba a los hombros, y en su posición se podía ver la parte superior
de sus senos.
Pensó
que la luz de la lamparita de noche la mejoraba aún más. Era la mujer más bella
que había conocido nunca y todo su cuerpo se puso en tensión al pensar en lo
que había bajo aquella fina tela.
-¿Por
qué has dejado abierta la puerta principal? -preguntó.
-No
la he dejado abierta. La cerré y encendí las luces por si Meg necesitaba
entrar.
-Pues
no estaba cerrada. Yo entré. Y ellos no han regresado. ¿Has comprobado el contestador
automático?
-No.
Me tomé un par de aspirinas porque me dolía la espalda y después vine a la cama.
-Iré
a ver si han dejado algún mensaje -dijo, apartando la vista de su cuerpo.
Se
marchó, agradecido por tener algo en lo que ocupar su mente. Caminó hacia el aparato,
que estaba en el salón, y presionó el botón del contestador. Suponía que Joe habría
telefoneado para decir que tanto él como Meg iban a quedarse en casa de su hija
a pasar la noche para poder aprovechar la mañana siguiente en su compañía. Un familiar
lejano iba a visitarlos y querían estar con él.
Escuchó
los mensajes. Su corazón latía a toda velocidad. Dos cervezas no eran suficiente
para afectarlo, pero no había comido nada en mucho tiempo, y entre la visión de
Jane y lo que Micki había comentado estaba confuso. Se preguntó qué pasaría si
entrara en la habitación y le quitara aquel camisón. Se preguntó si lo deseaba,
y si por tanto harían el amor.
Se
pasó una mano por el pelo, enfadado. Debía salir de aquella casa de inmediato, antes
de que ocurriera algo realmente estúpido.
Pero
sólo pudo llegar a la puerta. No pudo traspasarla. Después de un pequeño conflicto
interior, cedió a la tentación que estremecía todo su cuerpo. Se dijo que en todo
caso ella siempre podría negarse. Pero sabía que no lo haría. No podía hacerlo.
Cerró
con llave, apagó la luz exterior y después hizo lo mismo con las del salón y
las del despacho.
Jane
dejó a un lado el libro. Cuando entró en su dormitorio estaba sentada en el mismo
sitio, con aspecto más vulnerable que nunca.
-¿han
llamado? -preguntó, con voz rota.
Igual
que él, recordaba la pasión que había sentido aquella misma tarde. Y a
tenor
de su aspecto, sabía que Tom estaba pensando lo mismo. Lo deseaba tanto que su
sentido de supervivencia había desaparecido durante las horas que había pasado fuera.
Ya no tenía orgullo. La soledad y el amor se lo habían comido.
-No
volverán hasta mañana.
Jane
lo miró con ojos muy abiertos, algo asustada y excitada. Tom supo
entonces
todo lo que sentía.
Con
una sonrisa a mitad de camino de la confianza y la necesidad se acercó a ella lentamente
después de cerrar la puerta. Mantuvo su mirada y apagó la luz.
La
habitación quedó a oscuras. Ella se quedó sentada, respirando con dificultad, esperando.
Vio su silueta, grande y amenazadora, avanzando hacia la cama hasta que finalmente
se sentó a su lado. Y pudo sentir sus grandes y cálidas manos en los brazos, mientras
le bajaba el camisón hasta la cintura.
Sintió
un escalofrío y contuvo la respiración. Notó que el aire se escapaba de sus pulmones
y que él era de repente lo más importante en su vida. Se arqueó con un gemido
implorante.
-Deberían
pegarme un tiro -dijo él.
Entonces
besó sus senos desnudos, acariciándola.
Nunca
había estado con un hombre, pero su respuesta fue tan apasionada que
Tom
ni siquiera lo notó al principio. Su manera de aceptar los besos y las
caricias, cada vez más íntimas, lo excitaron demasiado como para notar que
había colocado las manos sobre su pecho.
Olía
a flores y su cuerpo estaba terriblemente caliente bajo su boca. La besó
de
los pies a la cabeza, en un silencio lleno de sensualidad.
Cuando
estaba a punto de perder su escasa paciencia se quitó la ropa y la atrajo hacia
sí. Ella contuvo la respiración de nuevo e intentó apartarse, pero su boca la detuvo.
-¿Tomas
algún anticonceptivo? -preguntó él.
-¿Cómo?
-¿Tomas
la píldora?
-No.
Tom
gimió y buscó un preservativo en su cartera. Afortunadamente tenía uno, porque
la deseaba apasionadamente.
Su
pregunta casi había sido suficiente para que Jane recobrara el sentido común y
se diera cuenta de lo que estaba haciendo, pero la besó de nuevo con tanta
suavidad que todos sus miedos desaparecieron. Y sus apasionados besos y
caricias la rindieron hasta el punto de que sólo deseaba llenar el deseo que
sentía.
-Tendré
cuidado -susurró él.
La
atrajo hacia sí con mucha precaución, para no dañar su espalda, y la colocó de manera
que pudiera acariciarla sin problemas.
-Tranquila.
Jane
clavó las uñas en los hombros de Tom. Lo deseaba con toda su alma. Hundió la
cabeza entre sus hombros, pero no se resistió.
Tom
no había llegado tan lejos aún como para no darse cuenta de lo que sucedía.
Se
enderezó, respirando con rapidez, con las manos sobre sus caderas.
-¿gane?
-preguntó, asombrado.
Ella
gimió, casi sin ser capaz de respirar.
Su
poderoso cuerpo se estremeció con el esfuerzo de echarse hacia atrás,
aunque
fuera durante unos segundos.
-Dios
mío, no imaginaba que... ¡Tenía que haberme dado cuenta! Perdóname,
porque
no puedo detenerme ahora. No puedo.
Entonces
entró en ella, llevado por un deseo tan antiguo como imposible de
detener.
El
dolor que Jane sintió fue terrible. Gritó. Tom escuchó su grito y se odió a sí mismo
por lo que estaba sucediendo, pero estaba completamente a merced del deseo.
Sin
embargo, el tormento dio paso al placer segundos después, placer que alcanzó cimas
que no había sentido en toda su vida. Pero más tarde regresó a la fría realidad
y volvió a sentir culpabilidad y angustia.
Besó
sus lágrimas, acariciándola con tanta suavidad como deseo había
demostrado
unos minutos antes.
-Perdóname.
Lo siento. Cuando me di cuenta ya era demasiado tarde.
Ella
apoyó la mejilla en su pecho húmedo y cerró los ojos. Había sido algo
doloroso
e incómodo, y ahora le dolía otra vez la espalda.
-Tienes
veinticinco años -gimió, acariciando su pelo-. ¿Qué estabas haciendo,
guardando
tu virginidad para el matrimonio?
-Eso
no tiene gracia.
-Supongo
que es exactamente lo que estabas haciendo. Eres tan tradicional...
Jane
se mordió el labio.
-¿Quieres
dejarlo de una vez? -El besó sus ojos.
-No,
no hasta que te haya dado lo que yo he sentido.
-!No
dejaré que vuelvas a hacerlo! ¡Duele!
La
besó con suavidad.
-La
primera vez duele en ocasiones, según lo que me han dicho -dijo con
suavidad-.
Pero ahora verás hasta qué punto es distinto.
-!No
quiero!
La
besó con lentitud y gentileza. La besó hasta que ella se dejó llevar, y después
empezó a acariciar todo su cuerpo, excitándola. Jane no supo muy bien cómo
ocurrió.
Le
había hecho daño, pero estaba dejándose caer otra vez en la pasión. Cerró los brazos
a su alrededor y notó que sus senos se excitaban bajo sus manos. En su interior
empezó a crecer una tensión que causó que sus piernas comenzaran a temblar.
Era
muy cariñoso. Estaba tumbado de espaldas, acariciándola mientras la
colocaba
sobre él. Entró en ella entre susurros de amor y cuando ella sintió su miembro
en el interior de su cuerpo se arqueó.
Empezó
a sollozar impotente.
-Oh,
no...
Entonces,
sintió que sus sentidos alcanzaban una cota de placer que jamás habría creído
posible.
-No
luches contra ello -susurró él.
Su
voz era suave, pero su respiración era rápida mientras se agarraba con
fuerza
a sus caderas.
Cuando
fue aproximándose al éxtasis, Jane se estremeció sobre él.
-Así
-susurró-. ¡Así! Vamos, Jane, deja que suceda.
Oyó
su voz mientras incrementaba el ritmo. Y entonces llegó a un punto que no esperaba,
a un reino de placer que tomó el control sobre todo su cuerpo e hizo que lo olvidara
todo, todo salvo el hombre que estaba con ella.
Empujó
con fuerza y se concentró en lo que sentía, ciega de alegría entre los
brazos
de Tom. Sólo cuando quedó completamente satisfecha, él se permitió el exquisito
placer de dejarse llevar.
Acarició
el pelo húmedo de Jane y permaneció tumbado, pensando en el precioso momento
que acababan de compartir, hasta que ella también se tumbó sobre él.
Sus
senos eran terriblemente suaves. Los acarició levemente antes de bajar
hacia
su caderas y la atrajo hacia sí.
Ella
carraspeó. El contacto de su cuerpo le resultaba increíblemente placentero, incluso
entonces.
Tom
malinterpretó su gemido.
-No
te preocupes. He usado preservativos las dos veces. Nunca me arriesgo.
Estaba
tan avergonzada que no supo qué decir. Se apretó contra él sintiendo su calidez,
sin saber qué hacer.
Él
la abrazó y rió.
-Aunque
he estado a punto de cometer un error, tengo que admitirlo. ¿Te duele la
espalda?
Ella
se mordió el labio.
-Sí.
La
dejó a un lado. Ella notó que volvía a la realidad, y la sensación no le gustó
nada.
Tom
salió de la cama para tomar su camisón y sus braguitas. Después se los dio y la
besó.
-Póntelo,
o tendrás frío.
Ella
obedeció mientras él se vestía junto a la cama. Dejó escapar unas lágrimas y se
odió a sí misma por haberse dejado llevar. Ni siquiera había sido capaz de
pensar en los preservativos, aunque por fortuna él si lo había hecho. No sabía
cómo iba a ser capaz de volver a mirarlo a la cara otra vez, después de lo
sucedido. Sabía lo que sentía por él, pero no tenía idea de qué sentía él a su vez.
No le había dicho una sóla palabra de amor, salvo unas cuantas frases cariñosas
que en modo alguno podían considerarse una declaración.
Mientras
andaba perdida en sus preocupaciones él le acarició el pelo y se lo
apartó
de la cara.
-Duerme
bien -dijo, intentando no mostrar lo que sentía.
Sus
mejillas estaban húmedas. Se preguntó si lo odiaría o si sentiría lo que
acababan
de hacer. Había intentado resistirse al principio, pero no había conseguido acallar
el deseo. No estaba seguro de que le hubiera gustado la primera vez, de modo que
había hecho lo único que podía hacer, darle lo mismo que él había recibido.
Pero no sabía si sería suficiente.
Jane
apartó la cara con un susurro y Tom la dejó.
Ya
tendrían tiempo para hablar por la mañana. Para disculparse y para explicarse.
Jane
estaba entumecida cuando se despertó. Abrió los ojos y parpadeó para
defenderse
de la luz del día, y entonces recordó lo sucedido. Se sentó en la cama, y al recordarlo
se ruborizó y se excitó de nuevo.
Apartó
la sábana y observó que había manchado la cama. Se levantó con rapidez y tomó
la sábana inferior y su ropa interior y la tiró al suelo. Después caminó hacia
el cuarto de baño y se duchó antes de ponerse los vaqueros, una camiseta amarilla
y unas zapatillas deportivas. Después metió la ropa sucia en la lavadora y la
puso en marcha antes de que se presentara Meg.
-Eh,
ése es mi trabajo -se quejó Meg cuando la descubrió.
-No
tenía nada que hacer -explicó con cara de inocencia y una sonrisa-. Todo el mundo
estuvo fuera el fin de semana menos Tom, y anoche llegó muy tarde. Creo que llevó
a Micki Lane a bailar.
-Es
muy bonita -dijo, frunciendo el ceño-. Pensé que Tom te gustaría.
Ella
se encogió de hombros.
-Es
encantador. Un gran contable.
Meg
suspiró mentalmente, pensando que sus sueños de verlos juntos no tenían base
real, y salió de la cocina para preparar la mesa.
Puso
los platos, pero Tom seguía sin aparecer. Jane había estado muy nerviosa toda
la mañana, pensando en qué iba a hacer cuando lo viera de nuevo. Se sentía avergonzada
por lo sucedido y tenía miedo de haberse comportado como una persona sin
experiencia.
-¿Dónde
está Tom? -preguntó Meg cuando puso la ensalada y el pan sobre la
mesa.
-No
lo sé. No lo he visto en todo el día.
-No
es propio de él perderse una comida -dijo, mirando por la ventana-. Su coche no
está.
-Puede
que tenga una cita con Micki -dijo Jane, sin levantar la mirada.
-Supongo
que en tal caso habría dicho algo.
Jane
sonrió.
-No
tiene por qué darnos explicaciones.
-Supongo
que no. Bueno, iré a decirle a Joe que vamos a comer.
Fue
una comida breve y placentera. Meg estuvo hablando soba su hija y sobre el primo
lejano que los había visitado. Jane se mostró extrañamente silenciosa, pero nadie
pareció notarlo.
Justo
antes del anochecer, Tom apareció con su hija. Evidentemente se había
acercado
a Victoria para recogerla, a pesar de que Cherry había dicho que regresaría en
el autobús. Cabía la posibilidad de que se sintiera tan incómodo como ella, que
quisiera olvidar lo ocurrido y que necesitara poner tierra de por medio entre
ambos.
Jane
estaba sentada en el sofá viendo las noticias cuando entraron.
-¿Qué
tal tu fin de semana? -preguntó a la joven.
-No
muy bien -contestó sonriendo, sin dar más explicaciones-. Estás pálida. ¿Te encuentras
bien?
Jane
tuvo que hacer un esfuerzo para no mirar a Tom.
-Sí,
estoy bien. He estado todo el día sin hacer nada.
-Necesito
echar un vistazo a los libros, de modo que me los llevaré a la casa, si no te
importa -intervino Tom, mirándola por primera vez.
Su
tono era formal y remoto.
-Por
supuesto -dijo sonriendo-. ¿Habéis cenado?
-Hemos
tomado algo por el camino -contestó Tom-. Ahora, dale las buenas
noches
y despídete, Cherry.
Quería
escapar de allí cuanto antes.
-Buenas
noches -dijo la joven, obediente.
Era
consciente de la extraña tensión que había entre los dos adultos, pero tenía suficiente
sensibilidad como para no mencionar nada en absoluto. Su padre se había comportado
de manera extraña, de modo que pensó que con toda seguridad habrían discutido
de nuevo. Le entristecía pensar que su nueva amiga y su padre no se llevaban bien.
Jane
se despidió de ella y siguió viendo la televisión. No miró directamente a
Tom,
ni él hizo lo propio con ella. Se preguntó si las cosas podrían volver a la
normalidad
algún día.
Los
albañiles trabajaban con diligencia y las reparaciones se estaban llevando a cabo
siguiendo el plan previsto. Al inspeccionar la nueva caballeriza, Jane quedó impresionada
por el progreso. Era un buen trabajo.
El
siguiente paso consistía en comprar caballos. Jane y Cherry acompañaron a Tom a
un conocido rancho de caballos que había en las afueras de Corpus Christi.
Tom
y Jane observaron el catálogo sin mirarse entre sí mientras Cherry iba
inspeccionando
uno a uno a los animales.
Jane
tenía un ojo excelente con los caballos. Antes de que su padre muriera
había
dejado que fuera ella quien se encargara de las compras. Tom se dio cuenta en seguida
de su habilidad, y ella siguió el ejemplo de su padre. Compraron tres yeguas buenas
y un caballo de excelente línea dinástica. Tom hizo los arreglos necesarios para
que los llevaran al rancho y después se unió a las dos mujeres.
-Podríamos
detenernos a tomar un helado por el camino -dijo Cherry, limpiándose el sudor-.
¡Hace mucho calor!
-Muy
bien, siempre y cuando Jane no esté demasiado cansada.
-Estoy
bien -dijo, pasando un brazo por los hombros de la joven.
Caminaba
sin muletas, aunque aún no lo hacía con demasiada confianza o rapidez.
Dos
o tres veces había estado a punto de ceder al impulso de montarse a un caballo.
Tal
vez no fuera un sueño irrealizable, pero por el momento no podía conseguirlo.
-En
ese caso, nos detendremos -dijo Tom.
Había
una pequeña heladería junto a la carretera principal. Estaba un poco
aislada,
pero había muchos coches aparcados y la zona destinada a meriendas estaba llena.
-Podemos
sentarnos bajo los árboles -dijo Cherry-. Jane y yo buscaremos un
sitio
mientras tu vas a buscar los helados, papá. Yo quiero uno de chocolate.
Tom
miró a Jane.
-¿Qué
quieres tú? -preguntó con cortesía.
-Lo
mismo, gracias -contestó, sin mirarlo.
Giró
en redondo y se alejó con la adolescente.
Tom
la observó lleno de deseo. Había manejado muy mal aquella situación y no sabía
qué hacer. Su conciencia lo había estado torturando durante varios días, y por
la noche no podía dormir. No la había obligado a hacer algo que no quisiera
hacer, pero había pretendido que se detuviera y él no lo había hecho. Tal vez
lo amara en el pasado, pero seguramente ahora lo odiaría. No volvería a mirarlo
nunca. Cuando entraba en una habitación en la que se encontraba ella, buscaba
alguna excusa para marcharse. Siempre se comportaba con absoluta frialdad,
excepto cuando Cherry estaba cerca, y todo era culpa suya. No debía haberla
tocado.
El
dependiente volvió a preguntar qué deseaba y Tom regresó a la realidad.
Después
tomó los helados y pagó.
Minutos
más tarde, los tres estaban sentados bajo un árbol. La brisa jugaba con el pelo
de Jane mientras saboreaban los refrescantes helados.
-¿No
te gusta el chocolate? -preguntó Cherry con entusiasmo.
Jane
sonrió.
-Sí.
El problema es del chocolate. No le gusto yo. A veces me da dolores de
cabeza.
-¿Y
por qué no lo has dicho? -preguntó Tom.
Ella
lo miró, sobresaltada por su tono.
-Porque
me encanta.
-Sin
embargo, ésa no es razón para que te lo comas, si va a dolerte la cabeza.
Jane
lo miró de nuevo.
-Me
como lo que me gusta. ¡No eres mi niñera!
-Hmm...
¿Qué opinas del caballo? -preguntó Cherry, cambiando de conversación con
rapidez.
-¿Cómo?
Estaba
mirando los furiosos ojos de Tom. Pero el enfado fue desapareciendo, y en su
lugar quedó algo igualmente violento, pero mucho más cálido y profundo.
Cherry
hizo un esfuerzo para no sonreír.
-Creo
que iré a buscar más servilletas -dijo. Ninguno de los dos pareció notar que la
joven se había marchado. El rostro de Jane adoptó un color rojizo y los ojos de
Tom se entrecerraron hasta que apenas formaron un par de rendijas cafeces,
llenas de deseo y posesión.
Entonces
tomó sus manos apasionadamente.
-¿Dejamos
de actuar como si no hubiera ocurrido nada? -preguntó en voz baja.
Capítulo
Siete
Jane
sintió que sus dedos se entrelazaban con los de Tom. No podía respirar
con
normalidad, y sus ojos dejaban ver con toda claridad lo que estaba pensando.
-Hemos
estado comportándonos como idiotas durante muchos días -dijo él con voz suave,
mirándola-. Sigo deseándote. Más que nunca.
Ella
apartó la mirada y observó sus manos, juntas.
-No
debió haber ocurrido.
-Lo
sé-dijo; sorprendiéndola-, pero ocurrió. Nunca había sentido tanto placer,
Jane.
Creo que podríamos mantener una relación muy satisfactoria.
Ella
levantó la mirada, pero no vio amor en sus ojos, sino un deseo vacío.
-Quieres
decir que podríamos tener una aventura.
El
asintió, destrozando todas sus esperanzas.
-Ya
he intentado el matrimonio -dijo con amargura-. Y no creo en él a estas
alturas,
pero no puedes negar que cuando estamos juntos llegamos a unos extremos increíbles.
No tendrá ninguna consecuencia, ninguna repercusión.
-¿Y
qué hay de Cherry? -preguntó.
-Tiene
catorce años -contestó-. Sabe de sobra que no soy ningún monje, y no
espera
que la vida sea como un cuento de hadas.
Sus
tristes ojos lo miraron.
-¿De
verdad? Me temo que a mí sí que me importa -dijo apartando las manos.
Tom
arqueó las cejas.
-No
hablas en serio, ¿verdad? No esperarás casarte con un hombre y quedarte
con
él toda la vida -preguntó con una risa amarga.
-Sí,
lo espero, a pesar de lo que ocurrió la otra noche -contestó con orgullo-. Soy sincera
en ese aspecto, pero creo que dos personas pueden vivir juntas si tienen intereses
en común y trabajan para mantener una relación.
Él
se enderezó y apretó los labios.
-¿Crees
que Marie y yo no lo intentamos suficientemente? -preguntó enfadado.
-Para
mantener una relación se necesita el esfuerzo de las dos personas.
-Más
que el esfuerzo, el compromiso -dijo él, riendo con amargura-. Casarse
puede
llegar a ser una verdadera locura en muchos casos.
Jane
sabía que todas sus esperanzas estaban desapareciendo de súbito, de modo que
sonrió con tristeza.
-Yo
no tengo un matrimonio roto a mis espaldas, y sigo creyendo en los cuentos de
hadas. No quiero tener una aventura contigo, Tom.
Sus
ojos se entrecerraron.
-Pero
te gustó mucho lo que hicimos.
Ella
se encogió de hombros haciendo uso de las pocas energías que tenía y sonrió.
-Es
cierto. Fue maravilloso, gracias.
Tom
parecía estar muy enfadado. Sus duros rasgos destilaban rabia, y abrió la
boca
para decir algo, pero en aquel instante regresó Cherry con las servilletas.
-Aquí
están -dijo ella, recogiéndolas-. Se está muy bien a la sombra, ¿verdad?
Tom
cerró la boca, sin decir nada. Terminó de tomarse el helado y se levantó.
-Será
mejor que regresemos -dijo con frialdad-. Tengo mucho trabajo.
-Pero
papá -protestó Cherry, asustada al ver la mirada que le dirigía-. ¡De
acuerdo,
de acuerdo, lo siento!
Terminó
su helado, sonrió a Jane y los tres regresaron al vehículo.
Los
días siguientes estuvieron llenos de acontecimientos. Jane observó el
trabajo
de Cherry con Feather y estuvo charlando con Micki Lane acerca de la campaña
publicitaria prevista.
-Necesitamos
hacer unas cuantas fotografías -dijo Micki-. ¿Cuándo podrías venir a Victoria?
Jane
decidió tomarse un día libre y Micki se ofreció a pasar a recogerla.
-No,
gracias -dijo Jane-. Haré que alguien me lleve.
No
podía soportar verla con Tom.
-Oh,
muy bien entonces -dijo con tristeza-. ¿Dónde está Tom? Hace tiempo que no sé
nada de él.
-Está
bien, trabajando duro, por supuesto -contestó como si fuera un hecho-.
Acaban
de finalizar las nuevas caballerizas y está trabajando codo a codo con el constructor.
-Ya
veo -dijo, algo más feliz-. Supongo que eso le ocupa buena parte del tiempo, ¿verdad?
-Sí.
De
repente pensó que pasaba mucho tiempo en las caballerizas, mucho más de lo que
pasaba con el resto de los proyectos. Probablemente sólo lo hacía por
mantenerse alejado de ella. Hasta Cherry se había quejado por el fervor que
demostraba por las reparaciones y cambios de las caballerizas.
-En
tal caso te veré el viernes -espetó Micki.
-De
acuerdo, el viernes a las nueve.
No
mencionó nada sobre el viaje ni a Tom ni a la joven. Pensó que podía pedir a
Joe que la llevara a la ciudad. Supuso que no se negaría.
Mientras
tanto, tenía que ir a ver al doctor Coltrain para que la examinara. El
médico
comprobó sus reflejos, el estado de su corazón y de sus pulmones, midió su tensión
y le hizo una docena de preguntas antes de dar su opinión, que fue positiva.
-Excepto
por esas ojeras -añadió, mirando sus ojos azules de forma inquisitiva-. ¿Kaulitz
te preocupa?
Ella
lo miró.
-Tom
Kaulitz no es asunto tuyo.
Él
sonrió.
-No
estoy ciego, aunque tú lo estés.
-¿Qué
quieres decir?
-Ya
lo descubrirás algún día -contestó, echándose hacia atrás en su silla y
girando-.
No empieces demasiado deprisa, pero creo que deberías intentar andar un poco más.
-¿Puedo
montar?
El
dudó.
-Lentamente
-contestó-, y durante breves periodos. Y no se te ocurra hacerlo en ninguno de
los caballos de competición. Limítate a alguno que sea tranquilo, y no te excedas.
-Bracket
es muy suave -le aseguró-. Nunca me ha hecho nada.
-Cualquier
caballo puede resultar peligroso si se dan ciertas circunstancias, y lo sabes
muy bien.
Se
había olvidado de que Coltrain había crecido prácticamente a lomos de un
caballo.
Montaba muy bien, casi mejor que ella. Había participado en varios rodeos para
ganar algo de dinero mientras estudiaba medicina.
-Tendré
cuidado -le aseguró.
-¿Qué
es eso que he oído de que vas a anunciar ropa? -preguntó de repente.
Jane
sonrió.
-Meg
te lo ha contado, según veo. Supuse que lo haría. Voy a patrocinar una línea de
ropa tejana. Es de buena calidad, y apareceré en televisión y en revistas promocionándola.
El viernes voy a ir a Victoria para que me hagan unas cuantas fotografías para
las revistas.
-¿Cómo
piensas ir?
-Pensé
en pedir a Joe que me llevara.
-Pídemelo
a mí -dijo con una sonrisa-. Tengo que ir para tratar un caso de
leucemia
que tienen en el hospital. Es uno de mis pacientes, que actualmente vive allí. Puedes
ir conmigo si quieres.
-Puede
que pase allí todo el día -advirtió. Él se encogió de hombros.
-Encontraré
algo que hacer para divertirme.
Ella
sonrió abiertamente.
-Muy
bien, en tal caso acepto. Gracias.
-Iré
a recogerte al rancho a eso de las ocho y media. Podemos pararnos por el
camino
para tomar un café.
-De
acuerdo.
-¿Cómo
has llegado aquí, por cierto?
-Meg
me ha traído, porque tenía que ir al supermercado. Está esperando en el
aparcamiento.
Sólo tenía que comprar unas cuantas cosas.
-¿Por
qué no te ha traído Kaulitz?
Ella
se ruborizó.
-Porque
no se lo he pedido.
-Ya
veo -dijo, apretando los labios.
Jane
se levantó.
-No,
no ves nada, pero gracias por todo. Te veré mañana por la mañana.
-Jane...
Jane
se detuvo en el umbral de la puerta y se dio la vuelta para mirarlo.
-¿Quieres
preguntarme algo?
Ella
se ruborizó, porque no sabía exactamente lo que quería decir.
-No
-contestó en un susurro-. ¡No!
-De
acuerdo, no es necesario que te ruborices -dijo con suavidad, sonriendo con afecto-.
Pero estaré aquí si me necesitas, y te aseguro que no te juzgaré. Ella respiró profundamente.
-Oh,
Copper, lo sé -dijo-. Me gustaría que...
-No,
no te gustaría -bromeó, sonriendo-. Estuve enamorado hace años de ti, pero ya
ha pasado. Hasta un ciego podría ver lo que sientes por Kaulitz. Pero ten
cuidado, ¿quieres? Eres tan transparente como el cristal, y ese hombre sabe de
mujeres.
-Tendré
cuidado -aseguró-. Es maravilloso tener un amigo como tú.
-Lo
mismo opino yo de ti.
Entonces
sonó un golpe en la puerta y Lou Blakely entró en la habitación.
-Perdonadme
-dijo mirando a Jane-. El señor Harris no quiere hablar conmigo sobre sus
hemorroides. ¿Podrías ...?
-Estaré
contigo en unos segundos -contestó.
Lou
cerró la puerta al salir.
-Eres
un poco grosero con ella, ¿no te parece? -preguntó con toda tranquilidad-. Es
una mujer encantadora, y tu comportamiento le hace daño. ¿No te has dado cuenta?
-Sí
-contestó, con un aspecto bien distinto al del hombre que conocía-. Ya he me dado
cuenta.
Jane
no dijo nada más. Se despidió de él y sólo se detuvo para pagar a la
recepcionista
ante de salir en busca de Meg. Copper siempre había sido encantador con ella de
jóvenes, aunque era cinco años mayor que ella, pero se comportaba de modo muy
distinto con Lou, como si no la pudiera soportar. Resultaba extraño que hubiera
aceptado que trabajaran juntos si la encontraba tan irritante.
Meg
llevó a Jane de vuelta al rancho. Cherry estaba esperándolas en el porche.
-¡Lo
he conseguido! -exclamó al verla-. ¡He batido mi récord! ¡Y no tenía miedo! Oh,
Jane, lo he conseguido. He vencido al miedo. Estoy deseando que llegue el
próximo rodeo.
-Me
alegro mucho por ti -dijo con suave afecto-. Eres una gran amazona y sé que llegarás
muy lejos.
-Me
contentaría con ser la mitad de buena que tú -dijo con ojos brillantes.
Jane
rió.
-Te
aseguro que no te resultará nada difícil.
-No
seas tonta. Tú siempre serás Jane Parker. Has dejado huella en la historia de
los rodeos. ¡Eres famosa! Y serás aún más famosa cuando aparezcas en esos anuncios.
-Bueno,
ya veremos. No pienso contar los huevos antes de tener la gallina.
La
sesión fotográfica fue tema de conversación durante toda la cena.
-Te
llevaré a Victoria por la mañana -dijo Joe, prestándose voluntario-. Aunque es
posible que pueda hacerlo Tom, si encuentra tiempo libre con lo de las
caballerizas.
Intentaba
tomar el pelo al joven, que comía taciturno su plato de pollo con puré de
patatas y judías.
Tom
levantó la mirada y observó a Jane sin emoción alguna.
-Si
quieres que te lleve, lo haré.
-Gracias,
pero ya he conseguido que me lleve alguien -explicó, sonriendo-. Copper tiene
que ir al hospital, de modo que iré con él.
Tom
no dijo nada, pero su mano se apretó sobre el tenedor.
-El
buen doctor aparece de nuevo, ¿verdad?
-En
efecto. Es muy conocido en todas partes. Se graduó entre los primeros de su facultad,
y es muy inteligente -contestó ella.
Tom
nunca había tenido las ventajas de una carrera universitaria, y aquel tipo
de
cosas le molestaban. Había conseguido millones de dólares y era un hombre muy conocido
en el mundo de los negocios, pero en ocasiones se sentía incómodo cuando tenía
que tratar con otras personas con más estudios.
-Papá
también es muy inteligente -dijo Cherry, notando la incomodidad de su
padre-.
Aunque no sea médico, ha conseguido muchos...
-Cherry...
-dijo su padre, cortando su frase.
-Ha
hecho muchos amigos -corrigió la joven, sonriendo a su padre-. Y es muy
atractivo.
Jane
no sospechó nada en absoluto. Terminó de comerse su pollo y después tomó su
vaso de leche.
-El
pollo estaba magnífico, Meg -comentó.
-Me
alegra ver que alguien vuelve a tener apetito -murmuró Meg-. Estaba
cansada
de cocinar para mí, para Joe y para Cherry.
-Supongo
que el dolor te quita el apetito de vez en cuando, ¿verdad, Jane?
-preguntó
la joven con inocencia.
-A
veces -contestó, sin mirar a Tom.
Él
levantó su taza de café y la vació.
-Será
mejor que vuelva con esos libros de cuentas.
-Han
llegado un par de faxes para ti esta mañana -dijo Meg-. Uno es de una
mujer
que se llama Julia -añadió, con un extraño brillo en los ojos.
-¿Quién
es Julia? -preguntó Cherry, arqueando las cejas-. ¡Ah, Julia!
La
mirada de su padre la acalló.
-Supongo
que te echa de menos, ¿no te parece? -continuó su hija, sonriendo en secreto.
-No
lo dudo.
Tom
pensó en los terribles dolores de cabeza que habría tenido Julia Emory
resolviendo
todos los problemas mientras él se encontraba en Jacobsville trabajando para
Jane. Dejó la servilleta sobre la mesa.
-Será
mejor que me ponga en contacto con ella. No quiero que mi trabajo aquí le cree
ningún problema -dijo a Jane.
Jane
asintió, pensando que estaba con otras mujeres. No se sorprendió. Era un hombre
atractivo y sabía bien que cualquier mujer lo encontraría irresistible en la cama.
Se ruborizó al recordar los momentos que habían pasado juntos e intentó disimular
concentrándose en su vaso de leche.
Cuando
Tom se marchó, la conversación se hizo más espontánea y relajada, pero la
habitación parecía vacía.
-¿haz
pensado alguna vez en casarte con el doctor Coltrain? -preguntó Cherry, cuando
todos se hubieron marchado.
-Sí,
lo pensé en cierta ocasión -confesó-. Es muy atractivo y tenemos muchas
cosas
en común, pero no sentí nunca la clase de atracción que resulta necesaria para casarse
con un hombre.
-En
otras palabras, que no lo deseabas -dijo con toda naturalidad.
-¡Cherry!
-No
vivo en una botella de cristal -dijo la joven-. He oído muchas cosas en el
colegio,
y papá me deja ver muchas cosas en la televisión, pero no quiero apresurarme con
esas cosas a mi edad -añadió, pareciendo muy madura-. Es peligroso, ya sabes. Además,
tengo la romántica idea de que sería maravilloso esperar hasta el matrimonio. ¿Sabes
que algunos chicos opinan lo mismo? Por ejemplo, Mark. Va al instituto conmigo,
y es muy conservador con esas cosas. Dice que prefiere esperar y que sólo lo hará
con la mujer con la que se case. De ese modo no tendrá problemas con las ETS.
-¿Las
que?
-Las
enfermedades de transmisión sexual -contestó-. Jane, ¿no ves nunca la
televisión?
Jane
se aclaró la garganta.
-Bueno,
parece que no veo los programas adecuados.
-Tendré
que darte unas cuantas lecciones -dijo la chica con firmeza-. ¿No te
dijeron
nada tus padres?
-Sí,
pero nunca me ha gustado un hombre lo suficiente como para...
Entonces
dudó y pensó en lo que había hecho con Tom. Se ruborizó de
inmediato.
-Oh,
ya veo. ¿Ni siquiera el doctor Coltrain?-Jane negó con la cabeza. –Qué triste. Uno
de estos días encontraré a la persona adecuada -le aseguró.
Al
levantar la mirada, observó que Tom había entrado en la habitación. Estaba observándolas
con interés, en silencio.
-¡Hola,
papá! Estaba explicándole las cosas del sexo a Jane -dijo, levantándose-!Y
pensaba que yo sabía poco! En fin, te veré más tarde, Jane. Voy a ensillar a
Feather.
Cerró
la puerta dejando a Tom a solas con Jane. Meg se encontraba en la cocina limpiando
los cacharros y cargando el lavaplatos.
-¿Necesitas
que una chica de catorce años te explique esas cosas? -preguntó con tranquilidad-.
Pensé que habías aprendido todo lo necesario de mí.
Ella
se mordió el labio inferior.
-No
sigas.
Tom
se acercó a ella con unos cuantos documentos en la mano, y se detuvo junto a su
silla.
-¿Por
qué nos niegas el placer que hemos compartido? Me deseas y yo te deseo. ¿Qué
hay de malo en ello?
Ella
lo miró.
-Que
quiero algo más que una relación física -contestó.
-¿Estás
segura?- preguntó, acariciándole la mejilla con suavidad.
Ella
intentó apartar la mirada, pero él la tomó de la mejilla y la obligó a mirarlo.
-Eres
tan bella -murmuró-, y tan inocente. Quieres la luna, Jane, y no puedo
dártela.
Pero puedo darte un placer tan profundo que querrás gritar y morderme.
Ella
le tapó la boca con los dedos.
-¡Calla!
-susurró desesperadamente, mirando hacia la cocina.
Tom
la tomó por la muñeca y tiró de ella para que se levantara. Después la
atrajo
hacia sí y empezó a frotarse contra ella.
-No
creo que Meg se asustara si nos viera besándonos. Nadie se asustaría,
excepto
tú.
Su
mano se apretó sobre ella, atrayéndola aún más con dedos de acero. Algo
cambió
en su expresión mientras la miraba. Su boca descendió lo justo para acariciar sus
labios.
-Puedes
negar que te gusta, pero cuando te abrazo te dejas llevar. Si te
ofreciera
mi boca, la aceptarías. Eres una especie de marioneta, cariño –susurró seductor.
Dejó
que sus suaves palabras hicieran el resto, seduciéndola.
Jane
quiso protestar. Quería hacerlo, pero su boca estaba demasiado cerca.
Podía
sentir su aliento cálido, notar la humedad de sus labios abiertos. Deseaba
negar todo lo que estuviera diciendo, pero no lo había escuchado.
Tom
la atrajo hacía sí un centímetro más.
-No
pasa nada -murmuró, acariciándola con los labios-. Toma lo que desees.
Jane
estaba segura de una cosa. Odiaba a aquel hombre tan arrogante.
Pero
deseaba besarlo y era una tontería desperdiciar la oportunidad. Era fácil
dejarse
llevar, besarlo y sentir aquel placer lento y maravilloso. Era fácil sentir la suavidad
de su cuerpo y perderse en aquel mar de seducción.
Ni
siquiera la tenía sujeta. Con la mano que tenía libre le acariciaba el pelo
mientras
ella lo besaba apasionadamente. Sabía a café y olía a colonia especiada. Su cuerpo
estaba duro y cálido, y la sensación del contacto la excitaba. Notó que sus piernas
comenzaban a templar y se preguntó si podrían sostenerla mucho más tiempo.
Sin
embargo, su cercanía era tan apremiante para él como para ella. Segundos
más
tarde, dejó los documentos sobre la mesa y la abrazó con fuerza. Su boca se abrió
y su lengua empezó a juguetear con ella lentamente, en una lenta y seductora parodia
de lo que habían estado haciendo cierta noche que pasaron juntos.
Ella
gimió al sentir el placer, temblando en sus brazos.
Las
manos de Tom empezaron a acariciar sus costados y poco a poco fueron
ascendiendo
hacia sus senos. Tom recordó el sabor de aquellos pechos y el cálido abrazo de
su cuerpo desnudo en la oscuridad. La tomó por la cadera y la atrajo hacia sí con
fuerza. Ella gimió al sentir dolor en la espalda.
El
sonido lo asustó. Estaba lleno de deseo por ella, pero a pesar de todo la miró con
atención.
-¿Te
duele la espalda? -preguntó.
-Un
poco.
-Lo
siento -dijo, apartándole el pelo de la cara-. Lo siento, cariño. No te haría
daño
por nada del mundo, ¿lo sabías?
-Sin
embargo, lo hiciste.
Sus
ojos se ensombrecieron.
-Sí,
es cierto. No me di cuenta hasta que... Pensé que moriría de placer y de
vergüenza,
porque me pediste que parara y no pude detenerme -dijo, cerrando los ojos y
estremeciéndose con el recuerdo-. ¿No sabes lo que es desear a alguien por
encima de los principios, por encima incluso del honor? Yo te quiero de ese
modo. Podría matar por estar contigo, y en aquel momento no fui capaz de recobrar
la cordura. Lo siento, Jane. Pero estaba demasiado excitado para alejarme. Lo
siento.
Ella
cerró los ojos, aspirando su maravilloso olor y dejándose llevar por lo que sentía.
-No
pasa nada. Al fin y al cabo creo que te comprendo -declaró, dudando.
Su
cuerpo tembló al recordarlo.
Tom
la besó en los ojos, en las mejillas y en la barbilla.
-Pensé
que nunca ibas a dejar de temblar -susurró-. Recuerdo haberme reído de alegría,
sabiendo que había conseguido darte placer.
-¿De
modo que por eso lo hiciste?
-Sí
-contestó, tomando su cara entre las manos y mirándola con dulzura-. Ven
conmigo
esta noche. Te daré mucho más placer, mil veces. Te haré el amor hasta que te
quedes dormida en mis brazos.
Jane
quería hacerlo. Sus ojos le dijeron que lo deseaba, pero a pesar del placer
que
tan bien recordaba, recordaba igualmente cómo la había abandonado después, dejándola
sola en cuanto termino, sin dulzura, sin explicaciones, sin disculpas. La deseaba
desesperadamente, pero cuando estuviera satisfecho sería como en el pasado,
porque no sentía nada por ella salvo deseo físico. No la amaba. Le ofrecía un corazón
vacío.
Jane
cerró los ojos intentando resistirse a la terrible tentación que le ofrecía.
En
su opinión era un camino autodestructivo, por placentero que pudiera ser
temporalmente.
-No
-dijo al fin-. No, Tom. Ya es suficiente.
Él
se echó hacia atrás. Jane estaba temblando en sus brazos. Deseaba besarlo y seguía
abrazándolo con fuerza.
-No
lo dices en serio -acusó con suavidad.
Ella
abrió los ojos y lo miró intensamente.
-Sí,
lo digo en serio -espetó con toda tranquilidad, apartándose de él con
lentitud-.
Eres muy atractivo y me encanta besarte, pero esto no nos llevará a ninguna parte.
-Quieres
que te haga promesas que no puedo cumplir.
-Oh,
no -corrigió-. Las promesas son sólo palabras. Quiero años de vida en
común,
y niños. Muchos niños.
Su
rostro se suavizó al pensar en una chica como Cherry, o tal vez en un chico. El
rostro de Tom se endureció.
-Yo
ya tengo una hija.
-Sí,
lo sé, y es maravillosa. Pero yo quiero tener una hija mía, y un marido que esté
con nosotras.
Tom
vacilaba entre la pasión y el enfado.
-¿No
te parecería maravilloso que pudiéramos tener exactamente lo que
deseamos?
-Desde
luego.
Jane
se apartó de él, concentrándose en respirar con normalidad. Se apoyó en la silla
y dijo:
-Pero
es posible que nunca lo consiga. Sin embargo, mis sueños son muy dulces. Mucho
más dulces que unas cuantas semanas de placer físico, antes de que te marches definitivamente
de mi vida.
Su
rostro se endureció aún más.
-¿Placer?
-Sin
amor, el sexo no es nada profundo.
-Eres
una pequeña hipócrita -la acusó, acercándose a ella.
Entonces
la besó ardientemente. Pero la puerta se abrió de golpe y una
sorprendida
Cherry se detuvo, helada, en el umbral.
HOLA!!! BUENO ESTOS SON LOS PENULTIMOS CAPITULOS, SI HAY MAS DE 3 COMENTARIOS AGREGO LOS CAPITULOS FINALES Y EN LA NUEVA NOVELA ... BUENO QUE ESTEN BN Y HASTA PRONTO :))
Sigueeeeee
ResponderEliminarO.o ahora que le dirán a Cherry!
ResponderEliminarO.o ahora que le dirán a Cherry!
ResponderEliminar:O esta buenisima virgi que lastima que ya vaya a terminar, me encanto espero el final..
ResponderEliminarESE TOM !!
ResponderEliminarSube pronto
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