lunes, 18 de julio de 2016

2 y 3

Capítulo Dos
-¡Señorita Parker! -exclamó Tom.
Jane miró hacia la dirección de la que procedía la voz, consciente de que tanto él como la joven de la coleta se dirigían a su encuentro. La silla de ruedas la hacía sentirse vulnerable, y se mordió con fuerza el labio inferior. Estaba de mal humor porque no quería que aquel hombre, grosero y poco educado, la viera postrada.
-¿Sí? -preguntó entre dientes.
-Le presento a mi hija, Cherry -dijo, dando un empujoncito a la joven-. Quería
conocerla.
-Hola, qué tal -dijo ella, sin demasiado interés.
-¿Qué te ha pasado? -preguntó Cherry de repente.
El rostro de Jane se oscureció.
-Tuvo un accidente -contestó su padre-. No ha sido muy educado por tu parte
preguntárselo de ese modo.
Cherry se ruborizó.
-Lo siento, de verdad -dijo, acercándose a la silla de ruedas-. He visto todos tus vídeos. Eras la mejor amazona del mundo. Yo no podía ir a los rodeos, pero hice que papá comprara los videos. Estoy teniendo problemas para montar. Papá sabe montar, pero no tiene idea de nada referente a los rodeos, ¿verdad, papá? -preguntó, tocando el brazo de Jane con gentileza-. ¿Podrás montar de nuevo?
-¡Cherr! -espetó Tom.
-No pasa nada -intervino Jane con tranquilidad.
Observó los ojos grises de la niña y se dio cuenta de que en ellos no había piedad, sino preocupación y curiosidad. Su rigidez empezó a ceder y sonrió.
-No -añadió con sinceridad-. No creo que pueda participar de nuevo en un rodeo.
-Ojalá pudiera ayudarte. De mayor pienso ser cirujana. He sacado un
sobresaliente en matemáticas y en ciencias, y papá me ha dicho que iré a John Hopkins cuando tenga la edad suficiente. ¡Es la mejor facultad de medicina del país!
-Cirujana -repitió Jane, sorprendida-. Nunca había conocido a nadie que quisiera dedicarse a la cirujía.
-Pues ahora ya conoces a una persona. Ojalá no tuvieras que marcharte tan
pronto -continuó hablando, esperanzada-. Quería preguntarte qué puedo hacer para quitarme el miedo cuando monto. Es una tontería, lo sé... ni siquiera me da miedo la sangre.
Jane sintió cierto vacío interior mientras hablaba con la joven. Le recordaba a
ella misma a su edad. Bajó los ojos y dijo:
-Lo siento, pero ha sido un largo día y la espalda me duele bastante. Además, hoy tenemos una entrevista.
-¿Una entrevista?
-Sí, para conseguir un contable -contestó, mirando a Joe-. Joe no puede
ocuparse de los libros. Hace lo que puede, pero desde que mi padre murió estamos perdiendo mucho dinero porque ni él ni yo sabemos nada esas cosas.
-Mi padre sería perfecto -dijo Cherry con toda inocencia-. Es un genio con las
cuestiones económicas. Lleva la contabilidad de la empresa...
-De una pequeña empresa de ordenadores para la que trabajo, en Victoria
-intervino su padre, interrumpiéndola.
Miró a su hija con cierta dureza, y Cherry comprendió que había hablado
demasiado, de modo que no dijo nada más.
Joe dio un paso al frente.
-¿Puede llevar los libros de contabilidad?
-Por supuesto.
Joe miró a Jane.
-La casa del capataz esta vacía, ahora que Meg y yo vivimos contigo en la casa-comentó, mirando a Jane-. Podían quedarse a vivir allí y así podrías ayudar a la chica a mejorar su estilo. Tendrías algo más que hacer que quedarte en casa todo el día.
-¡Joe! -espetó enfadada, mirando a Tom Kaulitz, que la observaba divertido-.
Estoy segura de que ya tiene un trabajo.
-Es cierto. Llevo los libros de mi... de la empresa de ordenadores -mintió-. Pero no me ocupa mucho tiempo. De hecho, me apetece hacer algo distinto durante cierto tiempo. Si está interesada, por mí está hecho -añadió con indiferencia fingida.
Jane bajó la mirada otra vez.
-Me encantaría aprender a montar bien -dijo Cherry en un susurro-. Aunque
supongo que tendré que rendirme. Soy tan mala que no quiero que mi padre despilfarre el dinero para que pueda participar en los rodeos.
Jane observó a la joven y después hizo lo mismo con su padre, que permanecía de pie como un vaquero de película, con sus firmes labios apretados y sus ojos cafeces brillando, divertidos. Riéndose de ella.
-No lo contratará -dijo Joe-. Es demasiado orgullosa como para reconocer que esto le viene muy bien. Preferiría dejar que el rancho se hundiera mientras ella se queda sentada en el porche, compadeciéndose de sí misma todo el día.
-¡Maldito seas! -exclamó Jane.
Tim rió.
—¿Ha visto sus ojos? -preguntó a Tom. -Son como zafiros. Puede que parezca una modelo, pero le aseguro que es todo carácter. Una mujer que no se rinde nunca.
Tom la observaba con evidente admiración.
-¿Qué le parece un trato de dos semanas? Así veremos si nos llevamos bien o no. En tan poco tiempo no podré hacerle ningún daño, y en cambio puedo serle de gran ayuda. Tengo mano con los asuntos contables.
-No podríamos estar peor de lo que estamos –recordó Joe a su jefa.
Jane permaneció en silencio, considerando los pros y los contras. Tenía una hija, de modo que debía ser un hombre relativamente estable y educado, a juzgar por los modales de la joven. Si contrataba a otra persona, nunca estaría segura de caer en manos de un ladrón o de un asesino. Aquel hombre parecía de confianza, y su hija lo adoraba.
-Podríamos intentarlo, supongo -dijo al fin-. Si quiere. Pero el rancho no funciona tan bien como para ofrecerle un buen sueldo. Obviamente tendrá comida y alojamiento gratuito, pero comprendería que no le pareciera suficiente.
-Si puedo continuar desarrollando mi trabajo actual por las tardes, no hay
problema -dijo Tom sin mirar a su hija.
No quería mirarla, porque sabía que si lo hacía no podría seguir fingiendo.
-¿No le importará a su jefe? -preguntó ella.
Tom se aclaró la garganta.
-Es muy comprensivo. Al fin y al cabo soy un padre soltero.
Ella asintió, convencida.
-Muy bien. Si no tiene nada que hacer podrían seguirnos al rancho.
-No tenemos nada que hacer -dijo Cherry-. Estoy hundida, desmoralizada y
deprimida.
-No seas tonta -dijo Jane con suavidad, sonriendo-. Montas muy bien, y eres
buena con los caballos. Sólo necesitas quitarte ese miedo irracional que tienes, en los obstáculos.
-¿Cómo lo sabes?
-Porque a mí me pasaba lo mismo al principio, hasta que dejé de preocuparme. Trabajaré contigo. Y cuando hayamos terminado, te llevarás a casa unos cuantos trofeos.
-¿De verdad?
Jane rió.
-De verdad. Vámonos, Joe.
Joe empujó la silla de ruedas hacia la caravana y abrió la puerta.
-Sé que traer este trasto puede parecer extraño -explicó-, pero necesitamos un lugar donde Jane pueda descansar. Lo hemos utilizado durante años, en muchos rodeos. Necesita un empujoncito de vez en cuando, pero siempre funciona.
-Como Bracket -dijo Jane, bromeando.
Miró hacia el trailer donde se encontraba el caballo.
-Como Bracket -dijo Joe, mostrándose de acuerdo-. Y ahora, vamos dentro,
Jane.
Tom se adelantó para ayudarlo.
-Déjeme. Yo lo haré.
Joe sonrió, obviamente aliviado. Jane no pesaba demasiado, pero Joe ya no era
ningún jovencito.
Tom sacó a Jane de su silla de ruedas, la tomó en brazos con suavidad y la llevó a la caravana, donde la dejó sobre el sofá sin demasiados sobresaltos. Ella soltó los brazos de su cuello y sonrió.
-Gracias.
Tom encogió sus poderosos hombros y le devolvió la sonrisa.
-De nada. ¿Dónde dejo la silla de ruedas, Joe?
La plegó. Joe subió a la cabina del vehículo y antes de arrancar dio todo tipo de explicaciones a Tom para que pudiera encontrar la carretera que iba de Jacobsville al rancho. Después, se despidieron.
-¡Papá! -rió Cherry-. ¿Vamos a hacerlo de verdad? Qué dirá Jane cuando sepa la verdad?
-Ya nos preocuparemos de ello a su debido tiempo. Lo del rancho es un reto para mí. Y tú podrías mejorar mucho tu estilo montando. Creo que puede salir muy bien.
-¿Pero qué hay de tu empresa? -preguntó su hija.
-Tengo a personas perfectamente capaces que se ocupan de ella durante las
vacaciones -contestó, acariciándole el pelo-. Además, así estaremos juntos más tiempo.
-Me gusta esa idea -dijo Cherry con solemnidad-. Al fin y al cabo en los cuatro años que pasaré en la facultad no me verás más que un par de veces al año. Tendré que estudiar mucho.
-Eres inteligente. Lo harás muy bien.
-Es cierto -le aseguró con una sonrisa-. Así tendrás cuidados médicos gratuitos.
-Casi no puedo esperar a que llegue ese día.
-No seas irónico -se quejó-. Ah, y debes ser simpático con la señorita Parker.
-No creo que yo le guste mucho.
-Ella tampoco te gusta a ti, ¿verdad? -preguntó con curiosidad.
Tom se metió las manos en los bolsillos y frunció el ceño.
-No está mal.
-Si no te gusta, ¿por qué vas a ayudarla?
No podía contestar aquella pregunta, porque no conocía la razón. Era una mujer en una silla de ruedas, con aspecto de modelo que montaba a caballo, pero tenía problemas económicos y al parecer estaba sola. Lo sentía por ella, y resultaba extraño, porque desde su divorcio no había sentido nada por ninguna mujer salvo el deseo físico, cuando tenía a alguna entre sus brazos. Pero no creía posible tales deseos con respecto a Jane Parker, razón por la cual no comprendía su actitud hacia ella.
-Puede que sienta pena por ella -contestó al final.
-Yo también, pero no debemos dejar que se dé cuenta -dijo con firmeza-. Es muy orgullosa, ¿no lo has notado?
Él asintió.
-Orgullosa y con mal genio.
-Como si fuera de la familia.
Tom la miró con recriminación, pero ella se limitó a sonreír.
En la lujosa casa que Tom había comprado en Victoria empezaron a hacer el
equipaje para pasar fuera unos cuantos días, y después explicaron las circunstancias de su viaje a su asombrada ama de llaves, Rosa. Prometieron que regresarían pronto y se dirigieron en el coche alquilado hacia Jacobsville, en dirección al rancho de los Parker.
No había mucho visible desde la carretera. Había una valla de madera gris en no muy buen estado que apenas resistía lo suficiente para mantener encerrado al ganado en los pastos. El granero aún se mantenía en pie, pero a duras penas. Dejaron atrás un molino. La polvorienta carretera, llena de baches con charcos por las últimas lluvias, no tenía grava y no parecía haber sido arreglada en muchos años. En cuanto al jardín delantero de la casa, estaba desnudo, excepción hecha de unos cuantos rosales y varias matas de flores junto al largo porche de la casa, blanca. Se trataba de un edificio de dos plantas, que necesitaba una capa de pintura. Uno de los escalones de la
entrada estaba roto, y había una rampa al final del porche que presumiblemente habían instalado para que Jane pudiera entrar y salir con su silla de ruedas. La caravana y el trailer estaban cerca de una construcción que podría haber sido considerada un garaje por algún optimista. Más allá había una pequeña cabaña, en mitad de un campo que necesitaba que cortaran la hierba. Tom supuso que aquello sería la casa del capataz, y esperó que tuviera más de una habitación. Junto a ella había una estructura más grande, un edificio de un piso que estaba en mejores condiciones, y que contaba con varias mecedoras en el porche.
-¡Bienvenidos! -saludó Joe, saliendo a recibirlos. Salieron del coche y Tom le estrechó la mano.
-Gracias. ¿Dónde podemos dejar nuestras cosas? -preguntó, mirando la cabaña.
-Oh, esa es la cabaña del viejo Hughes –rió Joe-. Me ayuda con el ganado. No
puede hacer mucho, pero ha trabajado aquí desde niño y no podemos jubilarlo hasta que cumpla los sesenta y cinco, dentro de dos años -explicó, mirando hacia la otra construcción-. La casa es aquélla.
Los llevó hacia el pequeño edificio y Tom respiró aliviado.
-Necesita algunos arreglos, como todo lo demás, pero creo que estaréis cómodos. Podéis comer con nosotros en la casa. Tenemos a otras tres personas que nos ayudan a reparar las vallas, cuidar de los tanques de agua, de la maquinaria y de las cosechas. Trabajan a tiempo parcial, pero contratamos a más hombres cuando los necesitamos.
La casa no estaba mal. Tenía tres habitaciones grandes, un pequeño salón y una cocina que no parecía haber sido usada en mucho tiempo, con una cafetera, una cocina con horno y un frigorífico.
-Podría aprender a cocinar -dijo Cherry.
-No, no podrías -dijo su padre-. Ya tendrás tiempo en el futuro.
-Mi esposa Meg te enseñará todo lo que quieras saber -intervino Joe con una
sonrisa-. Le gustan los jóvenes. Nunca tuvimos hijos, así que le encanta estar con los hijos de los demás. Cuando os hayáis acomodado, venid a ver la casa. Hemos preparado unos bocadillos y algo de beber.
-¿Dónde está la señorita Parker? -preguntó Cherry.
Joe hizo un gesto de tristeza.
-Está descansando. No se encuentra bien. He llamado al médico -explicó, negando con la cabeza-. Le dije que no debía montar ese caballo, pero no me escuchó. Nunca he conseguido que me obedeciera, ni siquiera cuando era una niña. Su padre sabía hacerla entrar en razón, pero ahora ya no está entre nosotros.
-¿Por qué se le ocurrió montar ese caballo? -preguntó Tom.
-Fue un ataque de orgullo por su parte. Un periodista escribió un artículo sobre el rodeo y comentó que la pobre Jane Parker probablemente recibiría la placa en honor a su padre en una silla de ruedas a causa de su accidente.
El rostro de Tom se endureció.
-¿En qué periódico se publicó eso?
-En un semanario de Jacobsville. Le hizo mucho daño. Yo intenté hacerle ver que probablemente se trataba de ese joven Sikes, que ha empezado hace poco tiempo a escribir los artículos de la sección de deportes. Acaba de salir de la facultad de periodismo y cree que va a conseguir el Pulitzer cubriendo las noticias de los rodeos. ¡Ja!
Tom apuntó mentalmente aquel nombre, para tenerlo como referencia futura.
-¿Vendrá pronto el médico?
-Claro que sí. Su padre fue el padrino de Jane. Son muy buenos amigos. Ahora
tiene una ayudante, una doctora llamada Lou. Es posible que venga ella en su lugar-rió-. No parece que se lleven muy bien. Me sorprende que puedan trabajar juntos.
-¿No está casado?
-No. Jane le gustaba, pero después del accidente ella ya no le permite ni siquiera que sonría. Lou empezó a trabajar con él poco tiempo después. En cuanto a Jane, dice que no quiere comprometerse.
-No estará siempre en esa silla de ruedas -murmuró Tom mientras caminaban
hacia la casa.
-No, pero seguirá sintiendo dolor y no podrá volver a participar en un rodeo.
-Es lo mismo que le dijo a Cherry. -Joe lo miró.
-No le harás daño, ¿verdad? -Tom sonrió.
-Es muy atractiva, y me gusta su carácter, pero ya he tenido una mala
experiencia con mi matrimonio y no quiero arriesgarme a otro fracaso futuro. Ya no pienso en las mujeres como posibles compromisos. Y no tengo la sangre tan fría como para jugar con Jane.
Joe suspiró.
-Gracias, necesitaba escucharlo. Es mucho más vulnerable de lo que cree en la
actualidad. No soy familiar suyo, pero en cierto sentido Meg y yo somos la única familia que tiene.
-Es una mujer afortunada.
Él se encogió de hombros.
-No tan afortunada, o no estaría en esa silla de ruedas. ¿No te parece?
Caminaron hacia el porche y pasaron por encima del escalón roto.
-Tengo que arreglarlo, pero nunca encuentro el momento adecuado –murmuró Joe-. Ahora que estás aquí para llevar el negocio es posible que tenga tiempo.
-Puedo ayudarte, si me necesitas -dijo, prestándose voluntario-. Me gusta hacer cosas así para divertirme.
-¿De verdad? -preguntó, con rostro súbitamente alegre-. Hay una carpintería en la parte de atrás del granero. La construimos hace años para el padre de Jane. Él hizo todos los muebles de la casa, y a Jane le gustaría que volviera a funcionar otra vez.
-¿Estás seguro? -preguntó, dubitativo. -Siempre puedes preguntárselo.
Avanzaron hasta llegar al salón. Jane estaba tumbada en el sofá, intentando
incorporarse a duras penas. Estaba pálida por el esfuerzo. Cherry se había sentado sobre uno de los brazos del mueble, con la cabeza apoyada en una mano, escuchando atentamente a su ídolo.
-El médico llegará pronto -dijo Joe, dándole un golpecito cariñoso en el hombro-. Aguanta.
Ella sonrió y dejó que su mano estuviera unos segundos más sobre su hombro.
-Gracias, Joe. ¿Qué haría yo sin ti?
-Será mejor que no lo averigües nunca -contestó con ironía.
Cuando Jane miró a Tom Kaulitz, su expresión preocupada la irritó.
-Aún no soy un desecho humano -comentó enfadada.
Tom se arrodilló junto al sofá y le echó hacia atrás un mechón del pelo. Estaba mojado, no por el sudor, sino por las lágrimas que involuntariamente había derramado por el dolor. Tenía la extraña sensación de querer proteger a aquella mujer, aunque no comprendiese el motivo.
-¿No tienes nada que puedas tomar?
-Sí -contestó, asombrada por su preocupación-, pero las pastillas no me sirven de gran cosa.
Le pasó el mechón de pelo por detrás de su pequeña y preciosa oreja y sonrió.
-¿Por qué será?
-No habría intentado montar a caballo de no haber sido por ese estúpido
reportero -espetó irritada-. ¡Dijo que estaba acabada!
-Cherry y yo iremos a la ciudad y lo pondremos en su sitio para que no vuelva a molestarte.
Aquello bastó para que Jane sonriera.
-Cúbrelo de tinta, envuélvelo en su maldito periódico y mételo después en una prensa.
-Ya no usan prensas en los periódicos -dijo Cherry-. Todo se hace con
ordenadores en la actualidad.
Jane abrió aún más sus ojos azules.
-¡Vaya, eres toda una biblioteca ambulante!
Cherry sonrió.
-Uno de mis profesores trabajaba como periodista. Ahora enseña inglés.
-Lo sabe todo -explicó Tom con aire resignado-. Si quieres saber algo,
pregúntaselo a ella.
-Bueno, no lo sé todo, papá -rió la joven-. No sé cómo montar bien en los rodeos.
-Juraría que oigo un coche -dijo entonces Joe, mirando hacia la ventana-. Debe ser el médico.
Tom frunció el ceño al notar que Jane bajaba la mirada. Se preguntó si no
sentiría algo hacia aquel hombre, algo que pretendiera ocultar. Tal vez Joe se hubiera equivocado y verdaderamente sintiera algo por el doctor.
Se levantó en el preciso instante en que entraba un hombre alto de pelo castaño, que llevaba un maletín negro. Iba vestido con un bonito traje gris estilo tejano, con camisa blanca, cinta negra al cuello y botas. Se quitó el sombrero que llevaba y lo dejó a un lado. Sus ojos azules, pálidos, escudriñaron la habitación y se posaron sobre Tom, que le devolvió la mirada sin sonreír.
-Te presento al doctor Jebediah Coltrain -dijo Joe-. Cuando era más joven todo el mundo lo llamaba Copper.
-Ya no lo hacen, a no ser que quieran arriesgarse a tener un buen dolor de
cabeza -dijo el médico, sin sonreír tampoco.
-Éste es Tom Kaulitz, y su hija Cherry -continuó Joe-. Tom ha venido para
hacerse cargo de las cuentas del rancho.
Coltrain no dijo mucho. Miró a Tom y asintió con Cierta cortesía, pero no le
tendió la mano. Fue mucho menos reservado con Cherry, si es que aquella escueta mueca de sus labios podía interpretarse como una sonrisa.
-Bueno, ¿qué tontería has hecho esta vez? -preguntó Coltrain a Jane-. Supongo que montar a caballo de nuevo.
Ella lo miró, sintiendo un terrible dolor.
-No estaba dispuesta a recoger la placa en una silla de ruedas -dijo, furiosa-. ¡No después de lo que ese maldito periodista escribió sobre mí!
El médico hizo un sonido que podría haber significado cualquier cosa. Se inclinó para examinarla con manos que parecían de acero, pero que al posarse sobre ella la trataron con una dulzura que consiguió que Tom apretara los dientes.
-Es un simple problema muscular -dijo Coltrain al fin-. Necesitas pasar unos
cuantos días en cama para descansar. ¿Compraste el banco para hacer ejercicios de recuperación que te dije que compraras?
-Sí, lo hicimos, a su pesar -contestó Joe entre risas.
-Bueno, pues en ese caso empieza a practicar con las piernas.
La levantó en brazos como si fuera una pluma y la llevó a su dormitorio. Tom los siguió, molesto, aunque no sabía por qué.
Coltrain miró por encima del hombro hacia el hombre que los seguía con una
especie de mueca burlesca. No necesitaba un mapa de carreteras para encontrar un camino trazado, y sabía reconocer los celos cuando los veía.
Dejó a Jane sobre la cama doble, con toda suavidad. Habían incorporado a la
cama un aparato para que pudiera desarrollar los músculos de las piernas, y para que pudiera tenerlas en alto.
-Quieres hacer algo en el servicio antes de que te cuelgue? -preguntó Coltrain, sin vergüenza alguna.
-No, estoy bien -contestó entre dientes-. Vamos.
Ajustó el brazo para elevar su pierna derecha y presionó con suavidad sobre su cadera, que la operación de cirujía no había conseguido arreglar del todo.
-Esto no hará milagros, pero te ayudará -dijo Coltrain-. Das demasiada
importancia a los artículos de los idiotas.

-Claro, eso lo dices porque no escribió sobre ti.
Coltrain arqueó una ceja.
-No se habría atrevido -espetó.
Jane sabía que era cierto, y aquello la irritaba aún más. Cerró los ojos y dijo:
-Duele.
-Bueno, creo que eso puedo arreglarlo -dijo, sacando una botella de suero y un catéter, que entregó a Tom-. Ábrala y póngala en su sitio.
Habló con el tono de voz de quien espera obediencia. Tom no aceptaba órdenes nunca, pero lo hizo de todos modos, con una sonrisa. A pesar de sí mismo, le gustaba aquel hombre.
Coltrain sacó una jeringuilla e inyectó en la botella de suero un analgésico.
Después tendió a Tom otro paquete que contenía una gasa impregnada en
alcohol.
-Frote su brazo en ese punto -dijo, indicando una vena de su brazo derecho.
Tom lo miró.
-No crea adicción -explicó el médico con gentileza-. Sé lo que estoy haciendo.
Tom murmuró algo, pero obedeció. Le avergonzaba sentir preocupación por una mujer que apenas conocía. Y la mirada inteligente de Coltrain empeoraba la situación.
El médico introdujo el catéter en la vena de su paciente con destreza,
causándole el mínimo de dolor posible.
-Gracias, Copper -dijo ella.
El se encogió de hombros.
-¿Para qué están los amigos?
Después, tomó varios botes de su maletín y se los dio a Tom.
-Déle dos cada seis horas si le duele mucho. Son más fuertes que las otras que
te he dado -añadió, mirando a Jane-. Ésas puedes tomarlas cada cinco horas, pero nada más. Ah, y quédate en cama todo el tiempo. Vendré a verte mañana.
-De acuerdo -dijo ella.
Sus ojos ya se estaban cerrando.
-Me quedaré contigo hasta que te duermas -intervino Cherry.
Jane sonrió.
Coltrain hizo un gesto con la cabeza hacia el salón, y Joe y Tom lo siguieron y cerraron la puerta de la habitación.
-Quiero que le hagan una radiografía -explicó sin más preámbulos-. Creo que es un problema muscular, pero no apostaría mi vida en ello. Lo último que necesitaba era subirse a un caballo.
-Intenté detenerla -se defendió joe.
-Lo sé, no te culpo. Es muy cabezota -dijo, mirando después a Tom-. ¿No puede impedir que se acerque a un caballo?
Tom sonrió.
-Lo impediré.
-Sabía que lo haría. No está a salvo estos días; no hace otra cosa que intentar
probarse a sí misma -dijo mientras recogía su sombrero y caminaba hacia la puerta-. Le duele demasiado como para que intente levantarse hoy. Por la mañana enviaré una ambulancia para que la lleven al hospital de Jacobsville, pero sé que no le va a gustar nada.
-Irá -dijo Tom.
Por primera vez, Coltrain rió.
-Me gustaría no estar en su pellejo cuando esa ambulancia llegue mañana.
El teléfono sonó en aquel instante y joe descolgó. Hizo un gesto a Coltrain
indicándole que era para él.
El médico contestó.
-Sí, soy yo -dijo, como si supiera quién preguntaba por él-. Sí. No me importa en absoluto. Es mi consulta, y las cosas se hacen a mi manera. Si no te gusta, márchate. ¡Me importa un pimiento el contrato!
Miró hacia joe y Tom y suavizó un poco su tono de voz.
-Ya hablaremos cuando regrese. Sí, hazlo.
Colgó el teléfono haciendo un esfuerzo para no estampar el auricular y sus ojos brillaron como si fuera una serpiente.
-Llamadme si me necesitáis.
Cuando se marchó, arrancó su vehículo y se alejó entre una nube de polvo. Joe silbó entre dientes.
-No durará mucho.
-A qué te refieres? -preguntó Tom.
-Al médico y a Lou -contestó, negando con la cabeza-. Se matarán el uno al otro cualquier día. Él con sus anticuadas costumbres en cuanto a la práctica de la medicina, y ella con su nueva tecnología.
Tom sintió un vago alivio al saber que el médico tenía otras cosas de las que
preocuparse, al margen de Jane. No estaba seguro de saber la razón, pero no le gustaba nada el cariño que Coltrain había mostrado por la señorita Parker.

Capítulo Tres
Jane no dejó de moverse en toda la noche. Cuando Cherry se fue a la cama, Tom se quedó con ella. Joe le había dado los libros de contabilidad poco tiempo antes, de modo que tomó el más grande de todos y empezó a estudiarlo mientras Jane dormía, con las gafas de leer colgadas sobre su recta nariz y un gesto de desagrado ante la ineficacia que dejaban entrever aquellas cifras.
El rancho estaba funcionando al mínimo, sin necesidad alguna. Además del
ganado, Jane tenía cuatro caballos de pura sangre, dos de los cuales habían ganado premios en competiciones antes de la muerte de su padre. No estaba utilizándolos, con lo que perdía dinero, y el equipo que usaba era obsoleto. No habían hecho ninguna reparación reciente, de modo que habían perdido las deducciones posibles por impuestos. Desde su punto de vista se podía mejorar sustancialmente la casa, los instrumentos, los edificios del rancho y el granero. Aquel lugar tenía un potencial enorme, pero no lo estaban desarrollando de modo correcto.
Se estremeció, con la extraña sensación de que alguien lo estaba observando.
Levantó la cabeza y miró hacia los curiosos ojos azules de Jane.
-No sabía que usaras gafas -dijo ella.
-Soy hipermétrope -dijo entre risas-. Resulta irritante que la gente piense que
tengo más de cuarenta años cuando llevo las gafas.
Ella observó su duro rostro con atención.
-¿Cuántos años tienes?
-Treinta y cinco -contestó-. ¿Y tú?
-Veinticinco. Soy una niña, comparada contigo.
El arqueó una ceja.
-¿Te sientes mejor?
-Un poco. Odio estar sin hacer nada.
-No estarás siempre así. Un día no tendrás que volver a preocuparte por la
rehabilitación y las pastillas. Intenta pensar que sólo es algo temporal.
-Estoy segura de que nunca te has sentido impotente en toda tu vida.
-Tuve neumonía una vez.
Su rostro se endureció al recordarlo. Había estado muy enfermo, porque no se
había dado cuenta de lo importante que era su aparente catarro hasta que la fiebre ascendió y no pudo andar a causa del dolor y de la falta de aire. El médico permitió a regañadientes que se quedara en casa durante el tratamiento, pero sólo a cambio de que lo vigilaran de cerca. Sin embargo, Marie lo dejó para marcharse a una fiesta con su mejor amiga, sonriendo mientras salía por la puerta. Al fin y al cabo en su opinión sólo era un simple catarro, y aquella fiesta era muy importante para ella. Iba a conocer a gente importante, potenciales clientes de su negocio de diseño que no podía
perder por una tontería. Antes de marcharse, comentó que la neumonía no era nada serio.
-Regresa -dijo Jane con suavidad.
Tom movió la cabeza intentando volver a la realidad.
-Lo siento.
-¿Qué te ha ocurrido?
El se encogió de hombros.
-Nada importante. Tuve neumonía y mi esposa me abandonó para marcharse a una fiesta.
-cY?
-Eres tan tozuda como una mula, ¿lo sabías? -preguntó irritado.
-Lo soy. Y ahora, cuéntamelo.
-Después de la fiesta se marchó a una sala de baile y no regresó hasta la mañana siguiente, muy tarde. Había guardado mis antibióticos y no me dijo dónde estaban, de modo que cuando volvió yo estaba delirando por la fiebre. Tuvieron que llamar a una ambulancia para que me llevaran al hospital, y estuve a punto de morir. Aquél fue el año en el que nació Cherry.
-¡Qué bruja! ¿Y seguiste con ella?
-Cherry ya estaba en camino -contestó-. Sabía que si nos divorciábamos ella
interrumpiría su embarazo, y yo quería tener descendencia.
Lo dijo como si avergonzara de ello, y Jane sonrió.
-Ya he notado que te tomas muy en serio la paternidad.
-Siempre quise tener hijos. Fui hijo único, y llevaba una vida muy solitaria en el rancho de mis padres. Quería tener más de uno, pero me alegro de haber tenido a Cherry.
-¿Su madre no la quiere?
-Cherry le gusta cuando tiene invitados, para poder mostrarle al mundo lo dulce y devota que es como madre. Resulta conveniente para los negocios. Es diseñadora de interiores y la mayor parte de sus clientes son personas muy ricas, típicos tejanos conservadores. Ya sabes, el tipo de personas que sólo tratan con hombres o mujeres muy asentados.
—¿Lo sabe Cherry?
-Resultaría muy difícil que no lo notara, y además es una chica muy lista. Marie y yo nos vemos de vez en cuando, pero no dejo que dicte su vida -dijo, interceptando una mirada de curiosidad-. Por ejemplo, desaprueba que participe en rodeos.
-Pero Cherry sigue montando.
Él asintió.
-Tengo su custodia.
-Y tu hija te adora -añadió ella, sonriendo medio dormida aún, por la medicación-. Me siento como si estuviera volando. No sé qué me ha dado Copper, pero es muy potente.
-Coltrain me ha parecido un tipo muy extraño.
-Siempre lo ha sido. Me gusta mucho.
Tom arqueó otra vez una ceja.
-¿Te gusta? ¿En qué sentido?
Jane estaba quedándose dormida por la medicación. Acarició la sábana que la
cubría con sus elegantes manos.
-Al principio quería quererlo, pero no sentía nada en particular. Creo que soy
fría, ya ves... No siento esas cosas... esas cosas que se supone que las mujeres deben sentir por los hombres.
Su voz dejó de sonar. Se había quedado dormida.
Tom permaneció un rato observándola con el ceño fruncido, asombrado por su último comentario. Era preciosa. Estaba seguro de que a lo largo de toda su vida se habría sentido atraída por algún hombre, y que al menos habría tenido un amante. Tal vez incluso se tratara de Coltrain, a pesar de lo que había declarado. Y la idea le resultaba incómoda.
Después de unos minutos se obligó a continuar estudiando las cifras contables y dejar de pensar en la encantadora y atractiva mujer que descansaba en la cama. La vida sexual de Jane no era asunto suyo.
La ambulancia llegó a las diez en punto de la mañana siguiente, y los ojos de Jane brillaron con furia cuando Tom le explicó que Coltrain la había enviado para que la hicieran unas radiografías.
-¡No pienso ir! -exclamó-. ¿Me has oído? ¡No pienso ir al hospital!
-Sólo quiere que te hagan unas radiografías para asegurarse de que no te has
roto nada -dijo Tom.
Estaba a solas con ella en su habitación. Joe había desaparecido prudentemente, alejándose varios kilómetros de la casa con la excusa de que debía hacer algo; y Meg se había llevado a Cherry de compras. Hasta entonces, Tom no se había imaginado la razón.
-¡No me he roto nada!
Ya había bajado las piernas de aquel aparato, para poder ir al servicio. Ahora
estaba sentada en un lado de la cama, vestida con un pijama de color azul pálido, y el pelo rubio revuelto hasta los hombros mientras miraba a los hombres que habían subido la camilla.
-¡No pienso ir!
Los enfermeros se miraron, dubitativos.
Jane hizo un gesto con la mano.
-¡Llévense eso de aquí!
-Quédate donde estás -dijo Tom con toda tranquilidad, avanzando hacia Jane-Coltrain dijo que debías ir, de modo que irás.
Jane lo miró, furiosa al observar que pretendía obligarla.
-Ya te he dicho que no pienso ir.
Tom hizo caso omiso de sus palabras. Se limitó a tomarla en brazos, apretarla
contra su musculoso pecho y dirigirse hacia los enfermeros. Jane notó que sus senos se apretaban contra él y un escalofrío sorprendente la recorrió. Al sentir aquel duro cuerpo y su contacto, tan poco familiar, soltó un pequeño gemido. Hasta entonces el único hombre que la había tocado de aquel modo había sido Coltrain, pero como el profesional que era. Y de repente se encontraba en brazos de un hombre que conseguía que se estremeciera y que temblara con una extraña sensación de deseo.
Tom la dejó en la camilla, demasiado pronto para su gusto, y los enfermeros la cubrieron con una sábana blanca. Se movieron con rapidez y profesionalidad y la llevaron hacia la ambulancia, que estaba esperando frente al porche.
-Os seguiré en el coche -dijo Tom.
El modo en que lo miraba lo incomodó. No había podido evitar sentir la reacción que había tenido ante su contacto. Y lo miraba con sorpresa y vulnerabilidad.
-¿Ya no hay más palabras salidas de tono? ¿No más furia? -preguntó, esperando que aquellos ojos recobraran su brillo habitual.
Jane apretó los dientes, tanto por la incomodidad física como por su mal genio.
-¡Estás despedido!
-Oh, no puedes despedirme.
-¿Por qué no?
-Porque perderás el rancho si lo haces -contestó, mirándola fijamente-. Y yo
puedo salvarlo.
-¿Cómo?
-Ya hablaremos de ello más tarde, cuando te hayan hecho las radiografías
-añadió.
Se echó hacia atrás y un enfermero cerró las puertas de la ambulancia, dejando a Jane en el interior, con expresión confusa.
-¡Te dije que estaba bien!
Jane no pudo contener su furia cuando Coltrain vio las radiografías y observó
que no se había roto nada.
-Yo no he dicho que estés bien.
Llevaba las manos en los bolsillos de su bata blanca, y tenía un estetoscopio
colgado del cuello que le daba un aire muy profesional.
-Sólo he dicho que no te has roto nada -añadió irritado-. Has tenido mucha
suerte. Por Dios, ¿quieres partirte la espalda? ¿Quieres pasarte el resto de tu vida tumbada en una cama, sin poder moverte?
Ella se mordió el labio inferior, con fuerza.
-No -contestó.
-Pues deja de intentar demostrar nada a los demás. La única opinión que importa es la tuya. Al diablo con ese periodista. Es demasiado idiota como para escribir la verdad, y acabará cavando su tumba algún día, si es que no lo ha hecho ya.
-¿Qué quieres decir?
-Que la asociación local que organiza los rodeos lo ha expulsado.
Jane abrió los ojos, asombrada.
-¡Pero si el rodeo es el mayor acontecimiento deportivo en esta época del año!
-Lo sé -sonrió-. Pero ten en cuenta que ocupo un cargo en la dirección.
-Lo has hecho tú.
-No fue solamente cosa mía. Fue una decisión unánime. Me habría gustado que hubieras podido ver el rostro de Craig Fox cuando le dijeron que no podía enviar a su nuevo reportero a cubrir los rodeos -dijo, aflojándose la corbata-. De hecho, la ferretería y el concesionario de automóviles han estado a punto de retirar su subvención esta semana. Y los dueños tienen hijos que compiten en el rodeo.
Ella silbó entre dientes.
-Vaya, vaya.
-Creo que el periodista va a disculparse públicamente, y por escrito, en la edición de esta semana. Ah, por cierto, deberías echar un vistazo al editorial cuando tengas el semanario -dijo, dándole un golpecito en el hombro-. Te gustará.
Ella rió. Su mal genio había desaparecido.
-¡Eres el mismo diablo!
-Ten en cuenta que eres amiga mía -dijo.
Entonces, sonrió. Algo muy extraño de contemplar en aquel rostro taciturno.
-Y tú eres amigo mío -dijo, estrechando su mano-. Gracias, Copper.
Él asintió.
Tom entró en aquel instante, acompañado por la doctora Lou Blakely. Se
detuvo y contempló la escena. La encantadora rubia que lo acompañaba no varió de expresión, pero sus párpados bajaron y subieron varias veces.
-Cuando haya terminado aquí me gustaría hablar con usted, doctor Coltrain –dijo Lou con toda tranquilidad-. Ordené que hicieran unas pruebas a Ned Rogers, pero me temo que los resultados no serán buenos. He dejado que se marche a casa, con la condición de que regrese en cuanto sepamos a qué atenernos.
Coltrain soltó la mano de Jane, a regañadientes en opinión de Tom, y se volvió hacia su compañera de trabajo.
-¿Era algo tan urgente que no pudieras decirme más tarde? -preguntó-. ¿Quién se ha quedado en el despacho?
Lou se ruborizó.
-Acabo de terminar la ronda -explicó, furiosa-. Y por si fuera poco ya es
mediodía. Estoy en mi hora de comida. Betty ya ha vuelto de comer, y se ha quedado a recibir las llamadas.
-¿Es mediodía? -preguntó, mirando su reloj-. Es cierto.
Entonces se volvió hacia Jane con la intención de decir algo.
-Yo llevaré a Jane a casa, si ya ha terminado aquí -intervino Tom, uniéndose a ellos-. Tengo unas cuantas preguntas que hacerle sobre los libros de contabilidad, y no puedo hacer nada hasta que no las conteste.
Lou observó al recién llegado con curiosidad, sonriendo.
-Soy la doctora Louise Blakely -dijo, tendiéndole una mano-, la socia del doctor Coltrain.
-Mi ayudante -corrigió Coltrain.
No había interés ni curiosidad en sus ojos. Sólo cierta hostilidad.
-Yo soy Tom Kaulitz -se presentó, sonriendo-. Encantado de conocerla, doctora Blakely.
Lou miró a Coltrain.
-El contrato que firmé dice que somos socios, doctor Coltrain -insistió-. Durante todo un año.
Copper no contestó. Observó a Jane y sonrió.
-Estaré por aquí, si me necesitas. Tómatelo con calma, ¿de acuerdo?
Le dio un golpecito cariñoso en el hombro y caminó hacia la puerta.
-De acuerdo -dijo a Lou, antes de marcharse-. Vamos a ver los resultados de las pruebas del señor Rogers.
Tom los observó antes de ayudar a Jane a subir a la silla de ruedas que había
llevado una enfermera. En cuanto la dejó en su sitio, la llevó hacia su vehículo. Iban de camino hacia el rancho cuando empezó a hablar.
-¿Tienes celos de Lou? -preguntó de repente.
Había observado la manera en que había estado mirando a Coltrain y a Lou
Blakely.
-A causa de Copper? No -contestó con sinceridad-. Me estaba preguntando qué pasa con Lou. Parece muy frágil cuando está junto a él, y es extraño, porque es una mujer fuerte e independiente.
-Puede que esté enamorada de él -sugirió.
-Por Dios, espero que no. Copper es un solitario. Su trabajo es toda su vida, y no le gusta mantener relaciones serias con nadie.
Tom sonrió y Jane lo miró con ojos brillantes.
-Ya veo que comprendes su forma de vivir. Tú también eres así, ¿verdad?
-Gato escaldado del agua fría huye -contestó.
Cuando el semáforo se abrió torció en la esquina para tomar la carretera que
llevaba al rancho.
Jane miró el paisaje veraniego cuando salieron de Jacobsville, sonriendo ante la visión de las flores que había en el campo.
-Puedo comprender esos sentimientos -dijo ella, con gesto ausente.
-Me alegro, porque me preocupé por lo que creí ver en tus ojos cuando te tomé en brazos esta mañana.
Jane arqueó las cejas.
-Vaya...
-He descubierto que es mejor hablar directamente -dijo, apretando las manos
sobre el volante-. No resulta muy difícil leer tu pensamiento, y creo que resultará divertido trabajar contigo. Pero no quiero mantener ninguna relación. Estoy aquí por el reto que supone salvar tu rancho, no con la intención de seducirte.
Jane no reaccionó de modo alguno ante sus palabras, al menos de forma visible. Se cruzó de brazos y apoyó la cabeza en el asiento. Pero en su interior sentía vacío, y un intenso frío.
-Ya veo.
-Imagino que te habrás ofendido -continuó hablando él, con cierto tono
cortante-, y que estarás de mal humor el resto del día.
Jane rió.
-Me sorprende que me conozcas tan bien en tan poco tiempo. ¡Tu falta de
modestia es refrescante!
Tom no esperaba una respuesta tan irónica.
-¿Cómo?
-Has creído que me sentía tan atraída por ti que necesitaba que me advirtieras. Nunca me había dado cuenta de que fuera tan peligrosa, sobre todo estando en una silla de ruedas -dijo, mirándolo divertida-. Teniendo en cuenta lo terriblemente atractivo que eres, ¿no tienes miedo de estar solo en el coche conmigo? ¡Podría violarte!
Estaba desconcertado. La miró y murmuró algo antes de seguir prestando
atención a la carretera.
Jane empezaba a divertirse. No parecía ser un tipo de hombre que se rindiera
con facilidad. Le había tomado el pelo y deseaba hacerlo otra vez. Su juego podían jugarlo dos personas.
-Haces que parezca un idiota -dijo él.
-¿De verdad? Pues tú pareces creer que ninguna mujer puede resistirse a tus encantos.
El suspiró, enfadado.
-Malinterpretas mis palabras.
-Te encuentro atractivo. Eres todo lo que espero de un hombre, y por si fuera
poco eres atractivo e inteligente. ¿Hacemos el amor ahora o esperamos a que
detengas el coche?
El coche dio otro bandazo, y Tom tuvo que concentrarse para no salirse de la
carretera.
-¡Señorita Parker!
Jane se estaba divirtiendo muchísimo. Por primera vez desde su accidente, tenía ganas de reir. Tuvo que hacer un esfuerzo para controlarse.
-Oh, lo siento. De verdad -dijo divertida.
En aquel instante entraron en la camino que llevaba al rancho. Tom apretó los dientes. Había conseguido dejarlo como un idiota, y no le gustaba la sensación. No estaba acostumbrado a que las mujeres fueran tan buenas contendientes verbales.
Marie era sarcástica y viperina en ocasiones, pero nunca condescendiente. Jane Parker, sin embargo, era otra cosa bien distinta. Tuvo que recordarse a sí mismo que por fuerte que fuera su carácter, su cuerpo era débil.
-No me había reído tanto en muchos meses -explicó ella cuando aparcó frente al porche, más tranquila-. Te pido disculpas, pero me he divertido mucho.
Tom cerró el contacto y la miró con ojos brillantes, como en su primer
encuentro. Estaba intentando controlar emociones que no había sentido en mucho tiempo.
-No me gusta ser el blanco de las bromas de nadie -dijo-. Nos llevaremos
bastante bien si lo recuerdas.
-Nos llevaríamos muy bien si recordaras que a mí no me gustan los hombres que me tratan como si fuera una adolescente idiota delante de un héroe de película.
Tom apretó los dientes.
-Jane, no soy ningún niño. Sé muy bien cuáles son las reacciones de una mujer cuando...
-No lo dudo, teniendo en cuenta tu amplia experiencia -dijo, cortándolo-. He
estado sola mucho tiempo y no estoy acostumbrada a que me toquen. De modo que antes de que llegues a conclusiones apresuradas deberías haber pensado que tal vez cualquier hombre habría conseguido una reacción similar en mí.
Aquello no le gustó nada. Su expresión cambió de la sorpresa a la fría cortesía.
-Te llevaré al interior de la casa.
-No, no la harás -dijo ella, mirándolo con irritación-. Dile a Joe que se encargue él de la silla de ruedas. Lo prefiero mil veces, antes que a ti.
El insulto le hizo daño. Sabía lo mucho que le disgustaba aquella silla de ruedas, pero no reaccionó. Era consciente de que habría sido mejor cerrar la boca.
-Yo lo haré -insistió.
La dejó en el coche y se dirigió hacia la casa a toda velocidad. Joe salió de la
cocina, donde había estado charlando con Meg.
-¿Qué tal está? -preguntó.
-De mal humor, pero físicamente bien -contestó Tom-. Creo que la he sacado de quicio.
-Has dado un paso en la dirección correcta -dijo el anciano, sonriendo-. Necesita que alguien la ponga en su sitio de vez en cuando. Es una pena que Copper no le guste. Sería perfecto para ella.
-¿Por ser médico? -preguntó impaciente.
-No, porque crecieron juntos y porque sabe de ranchos. Nunca habría dejado que las cosas empeoraron tanto -dijo, mirando a Tom con ojos entrecerrados-¿Crees que podrás sacarnos del lío financiero que tenemos?
Tom sacó la silla de ruedas del coche.
-Eso creo. No estáis tan mal. En general, sólo es una cuestión de utilizar mejor los recursos, pero llevará su tiempo -añadió, empujando la silla hacia el porche-. No esperes resultados inmediatos.
-No los espero -le aseguró-. Por cierto, ¿por qué no la has llevado tú solo a la
casa?
-Olvídalo -contestó Tom, mordiéndose la lengua.
Joe parpadeó. Siguió al joven hacia el coche y observó a Tom mientras ponía a Jane en la silla de ruedas.
Ella estaba haciendo un esfuerzo para no hablar, y él intentando controlar su
genio. Joe la miró con atención y le gustó lo que vio. Ya no se autocomplacía en su desgracia; en todo caso, estaba furiosa.
-¿Podrías llamar a Cherry para decirle que la comida está en la mesa, Tom?
-preguntó Meg desde la cocina.
-Claro.
Aparcó el coche junto al garaje y fue a buscar a su hija, que estaba montando a caballo en el cercado, practicando con lentitud.
-Hola, papá -dijo al verlo, saludándolo con una mano.
-Qué tal va eso?
-¡Bien! Estoy practicando lentamente, tal y como me dijo Jane. ¿Qué tal está?
-Bien. Meg ya ha preparado la comida. Baja del caballo y vamos a comer.
-¡De acuerdo, papá!
Tom se metió las manos en los bolsillos del pantalón y regresó a la casa. Meg
había hecho café y preparado bocadillos que había colocado en una bandeja sobre la mesa del salón, donde se encontraban sentados Jane y Joe. Se lavó las manos y esperaron a Cherry, que apareció pocos minutos más tarde.
-Necesitarás comer algo antes de empezar otra vez con esos libros -rió Joe, al
ver que sólo tomaba un bocadillo antes de pasar la bandeja a su hija.
Cherry se sirvió mientras hablaba animadamente con Meg y con Joe.
-Me encanta ver a un hombre de gran apetito -murmuró Jane, para molestar.
Estaba sentada a su lado, comiendo con delicadeza un bocadillo.
Tom la miró. Jane terminó de comer y se inclinó hacia él.
-Hmmm -murmuró en voz baja para que sólo pudiera diera oírlo él-. ¿Qué colonia usas? Es muy sensual.
Tom no contestó. Tomó su taza de café con una expresión tan dura como el
acero.
-Jane, Tom ha dicho que puede sacarnos del apuro -comentó entonces Joe.
-¿De verdad? -preguntó, sonriendo-. ¿Y podemos permitírnoslo?
Tom bebió un poco de su café y tomó otro bocadillo.
-Voy a necesitar toda la ayuda del mundo, si es a eso a lo que te refieres -dijo,
negándose a picar el anzuelo-. Y tú vas a tener que pedir prestado el suficiente dinero como para hacer ciertas reformas.
Jane dejó escapar un suspiro.
-Temía que dijeras algo así. No creo que pueda pedir más dinero.
-Sí que puedes.
No quiso decirle la razón por la que estaba tan seguro de ello. La mención de su nombre era suficiente para que cualquier banquero le prestara lo que quisiera si él la avalaba. Y estaba dispuesto a hacerlo. Estaba acostumbrado a manejar cifras que habrían sorprendido a Jane. Y la suma que necesitaba era una minucia en comparación con el presupuesto anual de su empresa. Su apoyo serviría para que el rancho pudiera comenzar de nuevo, y se trataba de una inversión que generaría muchos dividendos en el futuro, aunque él no esperaba capitalizarlos. Era una especie de ángel de la guarda,
más que un socio.
Jane se mordió el labio inferior. Su buen humor había desaparecido.
-¿Qué tendremos que hacer?
Tom pasó lista a todas las cosas que debían hacer. Debían arreglar los edificios del rancho, hacer que los caballos resultaran rentables, levantar una construcción para los equinos, utilizar la tierra que permanecía improductiva y conseguir fondos estatales de desarrollo.
Jane contuvo la respiración ante la perspectiva que Tom estaba dibujando. Se
convertiría en un rancho de caballos, en lugar de uno de ganado. Había sido el sueño de su padre durante toda su vida, y Jane lo había intentado, pero no sabía nada de negocios. Sólo sabía de caballos.
-Además de todos esos cambios -continuó Tom-, dispones de un buen nombre a  nivel comercial. Es una pena que no lo estés aprovechando. ¿Has considerado la posibilidad de fabricar prendas de vestir estilo tejano? Otras estrellas del rodeo lo han hecho. ¿Por qué no lo haces tú?
-No podría -contestó, dubitativa.
-¿Por qué?
-¡No pienso dejar que me fotografíen en una silla de ruedas!
-No tendrás que hacerlo. Sólo estás postrada temporalmente. ¿No te lo ha dicho el médico?
Jane se frotó las sienes. Empezaba a tener un buen dolor de cabeza. Y pensó que Tom Kaulitz era la causa principal.
-No creo que nadie esté interesado en comprar ropa anunciada por una inválida.
-No eres una inválida -dijo Cherry con toda tranquilidad-. Eres toda una leyenda. Por Dios, en la escuela de equitación en la que estuve tenían carteles tuyos en todas las paredes.
Sabía a qué carteles se refería, pero no había pensado hasta entonces que nadie hubiera pagado para tener uno. Miró a Cherry sin expresión alguna.
-¿Te has olvidado ya, verdad? -preguntó Joe-. Te dije que habían tenido que
sacar una edición extra de carteles porque se habían agotado. Aunque recuerdo que fue después del accidente, e imagino que no me escuchaste.
-No -contestó, mirando a Tom-. Estaba demasiado impresionada por lo sucedido. Si existe una mínima oportunidad de poder salvar el rancho, haré lo que sea. Y si no lo conseguimos, qué se le va a hacer. Pero no pienso rendirme sin luchar. Haz lo que tengas que hacer con la financiación y dime qué se necesita. Haré lo que me digas.
-De acuerdo -sentenció Tom-. Lucharemos.

HOLA!! 3 O MAS Y AGREGO MAÑANA :)) ADIOS

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