Capítulo
Cuatro
Tom
insistió en ir solo al banco de Jacobsville cuando llegó el momento de pedir el
préstamo. No quería que Jane descubriese cómo iba a conseguir el apoyo
financiero para su programa de desarrollo y mejoras.
El
director de la sucursal se comprometió a guardar silencio y no decir que había concedido
el préstamo bajo el aval por escrito de Tom. Unas cuantas llamadas telefónicas
bastaron para conseguirlo. Consiguió que transfirieran el dinero a la cuenta de
Jane y después lo organizó todo para reemplazar el viejo equipo y contratar constructores
para mejorar los edificios ya existentes en el rancho.
Cuando
Jane vio la primera factura estuvo a punto de pedir un buen trago de
whisky.
-No
puedo permitirme esto -protestó.
-Sí
puedes -le aseguró, sentado al otro lado del escritorio que había en el
despacho-.
Lo que no puedes permitirte es dejar que las cosas sigan como antes. A largo
plazo el mantenimiento sale mucho más barato que tener que reemplazar todos los
materiales.
-Pero,
¡una verja electrificada!
-Es
menos caro que cambiar la valla de madera. También me he puesto en
contacto
con la agencia de conservación del suelo para que nos asesoren en la
construcción
de un depósito de agua.
-Un
tanque. Los llamamos tanques en Texas.
Tom
arqueó una ceja, pero no hizo ningún comentario al respecto.
-Otra
cosa. Lo he preparado todo para que arreglen el tejado de la casa. Tienes goteras
por todas partes. Si no lo arreglas ahora, tendrás que cambiarlo. La madera se pudrirá.
-¿Y
cómo lo pagaré?
-Me
alegra que lo preguntes -contestó con una sonrisa.
Estaba
echado hacia atrás, con una pierna apoyada en una silla que estaba junto a él.
La pose resultaba de lo más masculina. Jane tuvo que hacer un esfuerzo para no suspirar
y para no dejarse llevar por la atracción que sentía.
-¿Y
bien?
-Voy
a vender dos de los purasangres. Son campeones muy conocidos que te
proporcionarán
una buena suma. Además, intentaré cruzar a uno o dos machos para conseguir más
campeones. Añadiremos los potros a los caballos que ya tienes, y venderemos el
resto.
-Necesitaremos
una caballeriza más grande.
-Vamos
a construir una nueva -dijo-. Ya he contratado al constructor.
-Me
dejas sin habla -espetó, echándose hacia atrás-. Pero todo esto llevará
tiempo,
y el rancho está al borde de la quiebra.
-Ahí
es donde entras tú -dijo con toda tranquilidad-. He llegado a un acuerdo con un
fabricante de ropa de Houston. Está interesado en que promociones su línea de ropa
tejana. Fabrica fundamentalmente vaqueros.
-¿Sabe
que...?
Él
asintió.
-No
te preocupes, no te fotografiarán en una silla de ruedas.
Cuando
le contó la cifra que ofrecían, Jane se ruborizó.
-¡Estás
bromeando!
Él
negó con la cabeza.
-En
absoluto. Pero supongo que querrás ver lo que fabrica. No esperaba que te mostraras
de acuerdo sin haberlo visto personalmente antes.
La
perspectiva de que su nombre apareciera en ropa la excitaba, pero no quería mostrarse
demasiado entusiasta. Hasta que no firmara el contrato no había nada seguro, y
tal vez hubiera alguna razón que la impidiera firmarlo.
-No
pienso anunciar ropa de mala calidad.
-Se
trata de un fabricante de buena reputación, y de una empresa que lleva
mucho
tiempo en el negocio. Pero ya lo veremos. Les gustaría poder hablar contigo el viernes
que viene.
Ella
sonrió.
-De
acuerdo.
Tom
la observó con interés. Su rostro denotaba más animación, y sus ojos
brillaban.
Parecía una mujer diferente. Llevaba el pelo recogido en una coleta, como siempre,
pero varios mechones se habían soltado y no dejaba de echárselos hacia atrás.
Admiró la silueta de sus senos, que se adivinaba bajo la camisa azul que se
había puesto.
-Deja
de hacer eso -dijo ella, levantando la barbilla-. Si no puedo admirarte, tú tampoco
puedes hacerlo.
Tom
arqueó las cejas.
-No
recuerdo haber dicho que no puedas mirarme.
-Sí
que lo has hecho, y con mucho énfasis. Dijiste que mantenemos una estricta relación
de negocios, de modo que dejémoslo así.
Tom
rió con suavidad y se humedeció los labios.
-¿Estás
segura de que es lo que quieres? -preguntó con suavidad.
Aquel
hombre la atraía terriblemente, pero no estaba dispuesta a aceptarlo ante él,
de modo que se limitó a sonreír.
-Sí,
estoy segura. Y ahora, ¿a qué hora quieren verme el viernes próximo?
El
jueves por la mañana ya lo habían arreglado todo para asistir a la reunión con los
fabricantes de ropa y con su departamento de relaciones públicas. Ya habían empezado
a arreglar la casa, y los golpes y el ruido se habían transformado en algo familiar.
Jane
salió al patio con Cherry después del desayuno, huyendo de los carpinteros.
Tom
estaba en el despacho hablando por teléfono y la puerta estaba cerrada. Se preguntó
cómo sería capaz de entender nada en medio de aquel caos.
-Ruido,
ruido, ruido -dijo, llevándose las manos a la cabeza-. ¡Voy a matar a esos tipos
si no dejan de pegar martillazos!
-Creo
que será mejor que hagan lo posible para acabar con las goteras -dijo
Cherry
con una sonrisa.
-¡Ja!
Cherry
terminó de ensillar la yegua que le había comprado su padre.
-Voy
a llamarla Feather. ¿No es bonita?
-Lo
es, y salta con los ojos cerrados. Pero tienes que aprender a confiar en ella, Cherry.
Debes agarrar las riendas más relajada, sin tirar tanto. Si lo consigues, correrá
a toda velocidad.
Cherry
se asustó un poco.
-No
puedo hacerlo. Lo intento de verdad, Jane, pero cuando llego a los
obstáculos...
Se
sentó en una bala de heno mientras Jane agarraba las riendas de la yegua.
-Tienes
miedo de caerte -dijo.
-Bueno,
eso también -aceptó, tomando una pajita de heno con la que empezó a
juguetear-.
Pero es el caballo lo que realmente provoca mi miedo. La primera vez que participé
en un rodeo un jinete cayó y su montura se rompió una pata. Querían matarla,
pero a mí me horrorizaba que lo hicieran. Mi padre la compró y ahora vive con
uno
de nuestros parientes en Wyoming. Está muy bien, pero desde entonces tengo miedo.
Tom
no le había contado aquella anécdota. Le pasó un brazo por encima del
hombro,
afectuosamente, y la apretó con cariño.
-Lo
que me cuentas es muy extraño. La gente que participa en los rodeos ama sus caballos,
y nunca los montan de tal modo que los pongan en peligro. No si quieren permanecer
en el circuito. Cherry, he montado durante veinte años, desde que tenía cinco,
y nunca he visto que un caballo caiga en uno de esos obstáculos. Nunca.
Prefiero tirarme antes. En una ocasión me rompí una costilla, pero jamás le ha
ocurrido nada a uno de mis animales.
-¿De
verdad?
-De
verdad. Montar consiste fundamentalmente en tener un buen caballo, bien entrenado,
y en no intentar exigirle demasiado. ¿no has visto a los jinetes marchando al
trote?
-Claro.
Es una escena muy bonita. Un buen jinete se limita a dejar que el caballo haga
el resto.
-Cierto.
El caballo conoce bien su trabajo y lo hace. El problema comienza cuando el
jinete cree que sabe más que el caballo e intenta tomar el control.
Cherry
abrió los ojos de golpe, asombrada ante lo que oía.
-Oh.
Jane
sonrió.
-Te
has hecho una idea básica, ¿verdad?
-¡Sí!
-Pues
ahora vamos a ponerla en práctica mientras montas al trote a Feather
-sugirió-.
Y no te apresures. Ve despacio y tranquila.
-Despacio
y tranquila -repitió la joven.
-¿Qué
es esto, una conferencia? -preguntó Tom desde la puerta.
-Cosas
de vaqueras -bromeó su hija-. ¡Hola, papá! ¿Quieres venir a ver cómo lo hago?
-Claro,
dentro de un minuto. Pero primero tengo que hablar con la jefa.
Su
hija pasó a su lado, y en tono bajo murmuró para que Jane no pudiera oírlos:
-Siempre
pensé que tú eras el jefe.
Tom
rió.
-Y
yo.
-¡Hasta
luego, Jane! -se despidió Cherry.
-Parece
muy contenta.
Tom
tenía un aspecto muy tejano con sus vaqueros, sus botas, su camisa azul y su
sombrero. Tenía cuerpo de jinete de rodeo, con hombros anchos, estrechas
caderas y piernas poderosas. Jane tuvo que hacer un esfuerzo para no fijarse en
él. Le vino bastante bien que en el interior del granero todo estuviera a
oscuras.
-Estábamos
hablando de la competición. Me contó lo del caballo herido que
compraste
para ella en Wyoming. Fue muy amable por tu parte.
-Amable...
No tuve la oportunidad de hacer otra cosa. No soporto que llore.
-Lo
recordaré.
Tom
arqueó una ceja.
-Me
refería a Cherry. Las lágrimas de los demás me dan igual.
Ella
chasqueó los dedos.
-¿Apuestas
algo?
Sus
ojos cafes contemplaron su hermosa figura. No se había acercado a
aquel
lugar con la silla de ruedas, sino ayudándose de las muletas.
-Las
muletas son un poco peligrosas -dijo-. Podrías caerte maniobrando.
-Si
no se apuesta, no se gana. Puedo arreglármelas, de otro modo no lo intentaría. No
me divierte pasarme semanas en cama.
Tom
decidió no hacer caso de su último comentario.
-He
estado hablando con la madre de Cherry. Quiere que pase este fin de
semana
con ella. Quiere llevársela de compras, así que la llevaré a su lado mañana por
la mañana. Con un poco de suerte estaré de vuelta antes de que lleguen los representantes
de la firma de ropa. Pero sea como fuere, debes hacer que tu abogado lea el
contrato antes de que lo firmes.
-Lo
sé.
-Bien.
Se
levantó de la bala de heno en la que estaba y se apoyó en sus muletas. Andar con
ellas no le resultaba fácil, pero mejoraba día tras día.
-¿Se
llevan bien Cherry y su madre? -preguntó cuando salieron del granero.
Se
dirigieron hacia el cercado donde estaba practicando Cherry.
-Casi
todo el tiempo. A Cherry no le gusta su padrastro.
-Lo
imagino. Muchos hijos de padres divorciados viven con la idea de que sus
padres
reales vuelvan a unirse de nuevo, según he oído.
-Cherry
es más lista que todo eso. Odiaba la situación que teníamos antes del
divorcio.
Demasiadas discusiones pueden hacer que una casa se convierta en un verdadero
infierno para una niña.
-Supongo
que tienes razón.
-¿Discutían
tus padres alguna vez? -preguntó él.
-No
lo sé. Mi madre murió cuando yo estaba empezando a estudiar en el colegio y mi
padre me crió. Bueno, me criaron Joe, Meg y él -corrigió.
-Debió
resultarte muy dura su pérdida.
Ella
asintió.
-Al
menos me quedan Joe y Meg. Eso facilita las cosas. De un modo extraño mis heridas
me ayudaron. Son como un reto, que me permite continuar. Si hubiera tenido tiempo
para sentarme a pensar tal vez me habría vuelto loca. Lo echo mucho de menos.
Su
voz se quebró por la emoción. Tom la miro con emociones contrapuestas.
-Yo
perdí a mi madre hace nueve años -confesó-. Mi padre murió dos años más tarde,
y recuerdo cómo me sentí. Éramos una familia muy unida.
-Lo
siento.
Tom
se encogió de hombros.
-La
gente se muere. Es algo natural.
-Sí,
pero eso no sirve para hacerlo más llevadero.
-No.
Se
detuvieron en la valla del cercado. Cherry estaba agarrada al cuello de su
yegua,
hablando delicadamente con ella. Miró a Tom y a Jane, sonrió y de repente salió
al galope.
Mientras
observaban, la joven se inclinó sobre el caballo sin tirar demasiado de las
riendas, dejando que el animal siguiera su curso. Feather saltó el primer
obstáculo con total naturalidad, dirigiéndose después hacia el otro extremo del
cercado al mismo paso y saltándolo con idéntica facilidad. La escena continuó
hasta que Cherry tiró de las riendas deteniendo al animal en el lugar donde se
encontraban los encantados adultos.
-¿Lo
habéis visto? -preguntó Cherry, enrojecida y riendo tan fuerte que se le
saltaban
las lágrimas-. ¿Lo habéis visto? ¡Lo he conseguido!
-Lo
he visto -contestó Jane sonriendo-. ¡Cherry, eres genial!
-Tú
sí que eres genial -dijo la niña con timidez-. A fin de cuentas fuiste tú quien
me dijo cómo debía hacerlo. Ya no tendré miedo nunca más. Feather sabe lo que
tiene que hacer. Sólo tengo que dejarla hacer a ella.
-En
efecto. Despacio y tranquila. Ahora lo estás haciendo muy bien.
-Es
verdad, ¿no es cierto? -preguntó.
-Eres
una campeona, y estoy orgulloso de ti -intervino su padre, con ojos
brillantes.
-¡Gracias,
papá! -exclamó entre risas de nuevo.
Entonces
salió disparada en su montura.
-¡No
la fuerces! -gritó Tom.
-¡En
absoluto! -contestó la joven.
-Vaya,
parece que aprende deprisa -comentó Jane en un murmullo, observándola.
Tom
había apoyado una pierna en uno de los listones de la valla. Miró a Jane con intensidad,
sin sonreír. Jane parecía frágil, pero su delgado cuerpo poseía unas curvas preciosas,
y sus senos eran firmes y duros bajo su camisa de cuello abierto. Llevaba el pelo
suelto, a la altura de los hombros para variar, ondulado y muy bonito. Como
toda ella.
-Despacio
y tranquila -murmuró él, pensando en otro tipo de deporte.
Su
corazón empezó a latir mucho más deprisa.
Jane
notó la sugerente cadencia de su voz y levantó la mirada. Sus ojos quedaron atrapados
por la intensidad de los ojos cafe de Tom, que empezó a acariciarle la mejilla
y continuó después trazando la línea de su labio superior.
Jane
no podía respirar. Abrió los labios sin saber qué hacer, intentando
encontrar
algo que decir que rompiera la tensión.
Tom
también abrió la boca mientras la observaba. No dejó de acariciar sus
labios,
bajando con el pulgar hasta tocar sus blancos dientes. Era una boca tan suave como
un pétalo, cálida e intensa.
De
repente Jane sintió que estaba más cerca de él. Podía notar su pulso en las
venas
del cuello, sentir el calor de su cuerpo. La colonia que se había puesto
invadía sus sentidos.
Sin
embargo, Tom no se había movido. Estaban lo suficientemente juntos como para
encontrarse en una situación íntima. Jane podía sentir la dura presión de sus piernas
contra las suyas, y los latidos de su corazón. Miró su boca, entreabierta, y durante
unos segundos deseó que la besara.
Su
respiración era cálida y acelerada. Podía notar el olor a café y sentir su
aliento
mientras exploraba sus labios con el pulgar. Lo sentía plenamente, y con él sentía
que en su interior renacía un deseo extraño que había permanecido dormido hasta
entonces.
Se
acercó más a él como si fuera víctima de un encantamiento, pegándose a su
cuerpo
hasta que sintió sus largas piernas, su pecho, su estómago plano y sus caderas,
apenas tocándose, frotándose, intimando en una caricia leve.
Jane
gimió y súbitamente se arrojó a él.
Joe
silbó a lo lejos, Feather relinchó, y se escuchó el sonido del motor de un
coche.
La tensión del momento desapareció de forma instantánea y Jane se apartó de Tom
con tanta rapidez que se golpeó con la valla. Tom tuvo que impedir que cayera poniendo
el brazo y enderezándola después, sin mirarla directamente a los ojos. Él estaba
tan sorprendido y enfadado como ella por lo que había estado a punto de suceder.
-Maldita
seas -dijo, furioso.
Ella
lo golpeó en el pecho.
-¡Has
empezado tú! ¡Maldito seas entonces!
-iTom!
¡El constructor se acerca por la carretera! -exclamó Joe acercándose
para
recibir al visitante.
-Te
lo dije -continuó Tom, sin hacerle caso-. ¡No quiero mantener una relación con
nadie!
-Yo
tampoco. ¡No es como si me hubiera ofrecido a ti!
-¿No?
¡Pues yo no he empezado!
-¡Tom!
-exclamó Joe de nuevo.
Miró
a Jane un segundo más y después hizo lo propio con Joe.
-¡Ya
voy!
Joe
levantó dos dedos en gesto de victoria y saludó al recién llegado.
Tom
volvió a mirar a Jane, que estaba pálida aunque no había dado su brazo a
torcer.
Lo miraba con profunda irritación.
-Sabes
de sobra lo que puedes hacer a un hombre con esos ojos que tienes –dijo él,
acusándola-. Probablemente has tenido más amantes que yo.
-¡Y
no tenía que pagarles a cambio!
La
respiración de Tom se aceleró. Parecía que hubiera crecido de repente,
convirtiéndose
en una figura amenazadora.
-¡Tú
...!
Jane
intentó estirarse lo suficiente como para parecer también más alta,
apoyándose
a duras penas en las muletas.
Aquel
patético movimiento devolvió a Tom a la realidad. Jane no estaba en
condiciones
físicas, pero era toda carácter. No estaba dispuesta a rendirse, por
formidable
que fuera su oponente. Él estaba furioso, pero a pesar de su rabia sentía una
profunda admiración por ella.
-Cuando
puedas caminar bien seguiremos hablando -dijo.
-¿Qué
te ocurre, hombretón, tienes miedo de pelear con una mujer con muletas?-preguntó,
intentando retarlo.
Él
rió a pesar de su mal humor.
-No,
si tenemos en cuenta que esa mujer tiene lengua de serpiente. ¡Gata
sarnosa!
-¡Cerdo!
Tom
arqueó las cejas.
-¿Quién,
yo?
-¡Oink,
Oink!
Tom
observó su rostro enrojecido, su pelo revuelto y sus grandes ojos azules,
muy
abiertos, arrepentido. No estaba dispuesto a dejarse llevar a otra relación
amorosa.
Pero sentía una profunda tentación. Aquella mujer no se parecía a ninguna otra
que hubiera conocido.
-Y
no vuelvas a intentarlo conmigo -espetó ella.
-Optimista.
Jane
hizo un sonido de desagrado y se dio la vuelta.
-Quiero
estar presente cuando hables con el constructor. Van a trabajar en mi
rancho.
-Ésa
era mi intención -le aseguró-. Precisamente ha venido para que lo conozcas.
-Podrías
habérmelo dicho antes -comentó enfadada.
-Vine
al granero a decírtelo. Aunque después las cosas degeneraran.
-Ha
sido culpa tuya -acusó-. Empezaste tú.
-Con
tu ayuda -insistió él, mirándola-. ¿Cuántos hombres se han rendido ante tu mirada
de deseo?
Ella
apartó la vista y se alejó. No contestó su pregunta. Empezó a caminar tan deprisa
como pudo, apoyándose en sus muletas.
-Si
pudiera mantenerme andando a la pata coja te arrojaría una de las muletas a la
cabeza -dijo con frialdad.
-Siempre
puedes contar con los puños del médico. Parece que está enamorado de ti.
-Es
un buen hombre. Y me conoce bien.
-No
lo dudo.
Jane
se ruborizó. Le resultó difícil caminar con las muletas, y se apartó un
mechón
de pelo de la cara. El constructor estaba apoyado en su vehículo, un Mercedes de
color verde, esperándolos. Era un hombre alto y elegante, bronceado, con los
ojos negros y el pelo largo y oscuro, recogido en una coleta.
-Te
presento a Sloan Hayes -dijo Tom.
El
constructor, indio americano, estrechó la mano de Jane y después hizo lo
mismo
con Joe.
-No
nos habíamos visto antes, pero he oído hablar de ti -dijo Jane con una
sonrisa
educada-. El trabajo no es muy importante.
Todo
el mundo sabía quién era, pero Jane se extrañó de que Tom y él ya se
hubieran
conocido.
-Nos
alegra mucho poder hacerlo -dijo Hayes con suavidad-. Tu... director ha
hablado
de todo conmigo, pero quería que supieras lo que vamos a hacer antes de terminar
el trabajo. He traído los planos para que puedas inspeccionarlos.
-Encantador
por tu parte -dijo Jane con una sonrisa.
Hayes
arqueó una ceja y sonrió.
-No
creo haber comentado que he sido seguidor de los rodeos toda mi vida. Y te he
visto montar muchas veces -dijo, haciendo un gesto negativo con la cabeza-.
Siento mucho lo de tu accidente.
Aquello
la sorprendió, pero su sinceridad no daba pie a ofensa alguna.
-Yo
también lo siento, pero la vida es así. No queda otro remedio que adaptarse.
-Tienes
alguna idea de lo que vas a hacer ahora? -Ella sonrió.
-Qué
te parece criar caballos campeones? -Hayes rió.
-Me
parece muy bien. Es una de mis aficiones -dijo, entrecerrando los ojos
mientras
la admiraba. Tom se puso serio.
-¿Dónde
están esos planos?- Sloan lo miró.
-Iré
a buscarlos.
-Podemos
verlos en el despacho -sugirió Jane-. Joe, ¿podrías pedir a Meg que
traiga
café y pasteles cuando pueda?
-¡Por
supuesto!
Jane
sonrió a Tom mientras esperaban a que Hayes regresara con los planos.
-Es
muy simpático -dijo ella con deliberada dulzura-. Creo que este proyecto va a resultar
divertido.
-No
intentes nada con el constructor. Tampoco quiere mantener relaciones con nadie,
pero le gustan mucho las mujeres.
-¿Por
eso lo has contratado? ¡Gracias!
Cuando
Hayes se unió a ellos en el porche, Jane sonrió abiertamente.
-Déjame
que te ayude con las muletas -se ofreció al entrar.
-Eres
muy amable -dijo ella, con entusiasmo.
Tom
los siguió al interior, apretando los dientes. Cada vez estaban más
complicadas
las cosas. Primero aquel médico pelirrojo y ahora el constructor. Sin embargo,
no quería mantener ninguna relación con aquella mujer. Intentó convencerse de
ello y concentrarse en el asunto que tenían entre manos. Estuvieron estudiando
los planos. Jane hizo unas cuantas preguntas, pero en cualquier caso los planes
le parecieron satisfactorios.
-¿Necesitamos
tanto espacio en la caballeriza? -preguntó al fin, cuando estaban tomando el
café y el maravilloso pastel de limón de Meg.
-Si
quieres convertir realmente este rancho en un lugar donde se críen caballos en
serio, lo necesitas -contestó Sloan con tranquilidad-. Debes disponer de
suficiente espacio. Los clientes aprecian esas cosas. Además, necesitarás
estrechar lazos desde un punto de vista social, y renovar la casa para que encaje
en el conjunto estético del rancho.
Jane
se mordió el labio inferior y miró a Tom con preocupación.
-Puedes
hacerlo -se limitó a decir-. Tienes dinero y todo está preparado.
-No
lo había pensado.
-Tienes
que hacerlo -insistió Sloan-. Este rancho va a ser mucho mejor que
cualquier
otro.
Jane
no sabía qué decir. No estaba segura de querer que las cosas cambiaran
tanto.
-Hablaremos
sobre ello más tarde -dijo Tom-. Mientras tanto, consúltalo con la almohada. De
todas formas Sloan tiene otros trabajos que terminar antes de empezar aquí.
-Cierto
-dijo el constructor sonriendo-. No tienes que tomar decisiones
aceleradas.
Valora primero las consecuencias y después decide qué es lo que quieres hacer.
-Lo
haré. Gracias por tu paciencia -dijo con gentileza.
Sloan
sonrió.
-Oh,
mi paciencia es bien conocida por todos. Pregúntaselo a Tom.
Tom
arqueó una ceja. -No pienso mentir por ti.
-Yo
lo haría por ti -dijo el otro hombre con segundas intenciones-. Y es más, ya lo
he hecho varias veces.
Era
cierto. Sloan ya había trabajado para la empresa de ordenadores de Tom, y ahora
estaba mintiendo acerca de su verdadera ocupación.
-Tómate
el café y cierra la boca -murmuró Tom con una sonrisa.
-Muy
bien, ya lo he entendido -dijo, dirigiéndose después a Jane-. Y ahora, en
relación
con esos edificios, sugiero que...
Cuando
se marchó, Jane ya tenía una idea bastante aproximada de cómo quedaría el
rancho con los cambios previstos. El coste era enorme, pero los beneficios
también podían llegar a serlo.
Ahora
todo dependía de su habilidad para vender su nombre a la empresa textil para
poder permitirse los arreglos. Pero no pensaba dar una respuesta positiva hasta
que estuviera convencida de lo que quería hacer. Y no lo estaría hasta que no
conociera personalmente al fabricante de ropa. Se reservaría su opinión hasta
el día siguiente.
Capítulo
Cinco
Jane
apenas durmió aquella noche. Estaba demasiado nerviosa por la reunión que tenía
con el fabricante de prendas de vestir y con el departamento de relaciones
públicas. Tom se marchaba a la mañana siguiente para llevar a Cherry a Victoria,
y eso no la tranquilizaba.
-Estaré
de vuelta antes de que lleguen -le aseguró-. No te preocupes.
-Tengo que hacerlo. Es una
decisión difícil. Sólo espero que no pretendan poner mi nombre en una línea de
diseño que no me guste -dijo, abrazando a Cherry con cariño, puesto que en poco
tiempo habían llegado a quererse
mucho-. Que lo pases bien con tu madre, y diviértete cuando vayas de compras.
-Claro.
Cuídate. No te pongas a bailar -bromeó, haciendo un gesto hacia las
muletas.
-De
acuerdo -rió con suavidad.
-Te
veré el lunes.
Jane
asintió y se despidieron. Tom pareció alegrarse de ello. Tal vez necesitara un
poco de espacio, como ella. Se preguntó si pensaría pasar el fin de semana en
el rancho o si por el contrario se marcharía. Probablemente tenía muchas
mujeres que esperaban una mínima oportunidad para saltarle encima. Era un
hombre muy atractivo, y no dudaba que debía tener mucho éxito entre el sexo
opuesto. De hecho, se alegraba de que no quisiera hacer nada con ella. Aquel
breve instante en la valla del cercado había bastado para que le temblaran las
piernas. No era el tipo de hombre que jugaba
con
mujeres inexpertas. Aunque él no sabía que ella carecía de experiencia. Y Jane
no tenía intención alguna de decírselo.
Entró
en el interior de la casa, contenta de no tener que preocuparse por la
cercanía
de Tom. Empezó a examinar los libros de contabilidad y se asombró al ver el trabajo
que había hecho Tom en tan poco tiempo. Realmente era un genio en cuestiones
económicas. Se preguntó cómo era posible que un hombre de su talento desaprovechara
su vida trabajando para otros. Podría haber ganado una fortuna utilizando su
talento en favor de sus propios intereses. Pero tal vez no tuviera ambiciones.
Habría
cambiado de opinión si lo hubiera visto aquella misma mañana, sentado en su
despacho de presidente de la empresa Kaulitz Hathaway. Había pasado mucho tiempo
desde que comprara la participación de Hathaway, el antiguo dueño de la compañía,
pero había mantenido el nombre porque era muy conocido en Texas, a diferencia
de Kaulitz, y aquello era bueno para el negocio.
Hizo
unas cuantas llamadas telefónicas, dictó varias cartas y lo arregló todo
para
que le enviaran informes al fax que había instalado en el rancho. Dio
instrucciones
precisas a su secretaria acerca de lo que debía hacer cuando le enviara documentos,
aunque Jane nunca estaba en el despacho cuando él estaba trabajando.
No
le gustaba mentir en todo aquello, pero al fin y al cabo no era una mentira. Le
había dicho que mientras trabajara para ella seguiría con su ocupación
habitual, y era cierto.
No
tenía sentido que supiera aún la verdad sobre su vida. Jane sólo era una
mujer
discapacitada temporalmente a la que quería ayudar. Era una diversión, un reto.
La
vida le había parecido últimamente algo aburrida, con un negocio que prosperaba
sin que tuviera que utilizar en nada su mente analítica. Todo el trabajo
creativo lo hacían sus empleados. Magníficos profesionales que se encargaban
del desarrollo de los nuevos programas, del crecimiento de la empresa y de la
contabilidad. Él se limitaba a hacer de relaciones públicas, conseguir nuevos contratos,
dirigir las reuniones importantes, firmar los acuerdos y hablar con banqueros y
clientes. Lo único divertido en la empresa había sido el riesgo inicial, pero
ya no cabía riesgo alguno, puesto que su
fortuna
estaba entre las quinientas más importantes del país. Era el presidente y
director ejecutivo de Kaulitz Hathaway.
Era
una simple figura decorativa. Pero las cosas no eran así en el rancho Parker.
Allí resultaba necesario. Era lo único que impedía que las propiedades de Jane
acabaran en la bancarrota, y se sentía mucho mejor sabiendo que suponía tal
diferencia en su vida. Necesitaba aquel reto y de paso ayudaba a Cherry, que se
había hecho amiga íntima de Jane. Su hija no se había divertido mucho hasta
entonces, pero le encantaban los rodeos y Jane era la
persona
perfecta para ayudarla a desarrollar sus habilidades. Aunque en realidad era ella
la que ayudaba a Jane. Estaba más decidida que nunca a dejar aquellas muletas y
recuperarse. En cualquier caso, ayudar a Jane había sido una de las decisiones
mejor tomadas en toda la vida de Tom.
Pero
mientras firmaba cartas en el escritorio de madera noble se preguntó como era
posible que a pesar de todo se encontrara de tan mal humor. Jane y él deberían ser
amigos, pero no lo eran. Jane peleaba con él en cuanto podía, y el día anterior
había estado a punto de precipitar una situación algo complicada. Ella era
vulnerable en aquel momento, y debía haberse comportado con un poco más de
responsabilidad.
Enfadado,
pensó que era encantadora. En otras circunstancias lo habría
intentado,
pero aunque era lo suficientemente mayor como para tener amantes no pudo evitar
preguntarse por aquel aspecto de su vida. El médico parecía interesado en ella,
pero en realidad no parecía que hubiese intimidad alguna entre ambos. De haber sido
viejos amantes se habría notado. Eran cosas que nadie podía disimular.
-Señor
Kaulitz, tiene que firmar también este contrato -le recordó su secretaria, señalándole
los dos lugares donde debía estampar la firma.
-Lo
siento -dijo, firmando en las tres copias-. ¿Alguna otra cosa?
-No,
señor. No hasta la semana que viene.
Tom
se levantó.
-No
creo que pase por aquí durante los próximos días, pero aquí tiene un número de
teléfono donde puede localizarme en caso de emergencia -dijo, mirándola con
ojos Cafes ambar.- Sólo en caso de emergencia.
-Sí,
señor. ¿Algún problema, señor?
La
señorita Emory tenía cincuenta años y un aploma insuperable.
Tom
rió.
-En
cierto modo podría decirse que sí. De modo que tenga cuidado.
-Lo
tendré, señor.
-Me
pondré en contacto con usted de forma periódica. Si algo urgente necesita mi
atención, envíemelo por fax. No necesita explicarme nadá, limítese a pedir que
la llame. Ponga su nombre en el fax, pero no su apellido. De ese modo si
alguien lo intercepta pensará que se trata de una simple amiga. 0 de una novia.
Su
secretaria también rió.
-Sí,
señor.
Dejó
todo el papeleo pendiente sobre el escritorio para que la señorita Emory se hiciera
cargo de él. Tenía la impresión de que durante las próximas semanas iba a ganar
bastante más dinero de lo que ganaba habitualmente. Sólo esperaba que no se arrepintiera
de la decisión que lo había llevado a Jacobsville.
La
subdirectora, una joven llamada Micki Lane, tenía una sonrisa preciosa y
apretaba
con fuerza la mano. A Jane le cayó bien de inmediato, pero su acompañante era
muy distinto. Rick Wardell era un promotor que destilaba energía y
determinación.
Su
capacidad verbal arrinconó en poco tiempo a Micki, mientras explicaba lo que la
empresa esperaba de Jane si finalmente llegaban a un acuerdo.
Micki
quiso protestar, pero no era contendiente para aquel hombre. Sin embargo, Jane
lo era.
Levantó
una mano cuando el hombre estaba en plena exposición.
-Espere
un instante. Aún no he dicho que quiera firmar el contrato. De hecho, no firmaré
nada sin haberlo visto antes.
-Sin
embargo, nuestra empresa es bien conocida -insistió Rick, con absoluta
confianza.
-Es
cierto -dijo Jane-, pero yo no la conozco. He estado toda mi vida
participando
en rodeos y desciendo de una familia que ha dedicado toda su vida a los caballos.
Eso significa que si firmo el contrato muchos de mis seguidores comprarán sus
productos, y quiero asegurarme de que mi nombre se usa en algo atractivo, duradero
y de buena calidad.
El
rostro de Rick se endureció.
-Escuche,
querida, no parece entender que estoy haciéndole un favor.
-Nadie
me llama querida a no ser que se lo permita -interrumpió-. No soy ninguna modelito.
Sus
ojos azules brillaron con rabia, y el hombre cerró la boca dándose cuenta de que
había cometido un error y de que la situación estaba deteriorándose con
rapidez.
Antes
de que Jane pudiera decir nada más, el coche alquilado de Tom se detuvo junto
al reluciente deportivo de Rick. Tom salió de su vehículo y se unió a ellos de inmediato.
Una simple mirada le bastó para comprender la situación en la que se encontraban.
-¡Kaulitz!
Me alegro de que estés aquí. No creo que la señorita Parker comprenda el favor
que le estamos haciendo al poner su nombre en nuestra nueva línea de productos
-comenzó a decir Rick, sonriendo como si pensara que el otro hombre estaría de
acuerdo con él-. Tal vez tú puedas hacerla entrar en razón.
-¿No
te parece que ambos os hacéis un favor? -preguntó Tom con suavidad-. o es que
tu jefe de ventas no te ha dicho que varias boutiques ya han pedido los
posibles productos que salgan con el nombre de Jane Parker?
Rick
rió con nerviosismo.
-Es
cierto, pero... ¿Empezamos otra vez?
Micki
estaba junto a Jane, y parecía irritada.
-La
señorita Lane, ¿no es cierto? -preguntó Tom, acercándose para estrechar su mano-.
Perdóneme, pero pensé que iba a ser usted la encargada de negociar con la señorita
Parker.
Miró
en dirección de Rick Wardell mientras hablaba.
-Correcto.
El señor Wardell es el encargado de ventas y promociones.
Jane
sonrió a Rick con ironía. No le había gustado su tono condescendiente.
-Para
promocionar algo tendría que firmar un contrato -declaró-. Y francamente, no
creo que vaya a hacerlo. Pero les agradezco mucho que se hayan acercado a mi
casa. Señor Wardelll, señorita Lane...
Micki
se puso delante de Rick.
-Sin
embargo, me gustaría enseñarle nuestros nuevos vaqueros, así como las
camisetas
que vamos a fabricar, imitando el estilo vaquero. Se pueden lavar a máquina y
están garantizadas. No destiñen. Creo que le gustarán.
Jane
quedó impresionada. Sonrió y dijo:
-Bueno...
Micki
miró con frialdad hacia Rick, que había adoptado una posición defensiva.
-El
señor Wardell quería venir para conocerla. Y ahora que ya la conoce estoy segura
de que no le importará dejar las negociaciones en mis manos. ¿No es así, señor Wardell?
Nick
sonrió con incertidumbre antes de aclararse la garganta.
-Puede
que sea lo mejor. Me alegro de haberla conocido, señorita Parker, y
espero
que sigamos haciendo negocios, Kaulitz.
Asintió,
sonriendo, y se marchó caminando hacia su deportivo.
-Si
firmo algo tendrá que haber una cláusula en la que quede claro que ese
hombre
no tendrá nada que ver con ello -dijo Jane, mirándolo-. ¡No me gusta que me hablen
en ese tono!
-Rick
tiene mal genio, pero podría vender hielo a un esquimal. Estamos intentando poco
a poco que adopte comportamientos más dignos del siglo veinte -explicó Micki
con una sonrisa-. Hablaré con su jefe de división cuando regresemos. Mientras
tanto, ¿le parece bien que le enseñe la ropa, ya que estoy aquí?
-Bueno,
supongo que sí.
Micki
sonrió y recogió la maleta que tenía en el coche.
-Parece
que he llegado justo a tiempo -dijo Tom en voz baja.
Jane
levantó la mirada, aún con gesto defensivo.
-A
tiempo de salvar la vida de ese hombre. Ese condescendiente hijo de...
-Es
un magnífico jefe de ventas. Un genio convenciendo a la gente.
-¡No
me importa en absoluto! iY dudo mucho que consiga vender nada si trata a la gente
como me ha tratado a mí!
Tom
rió. Le encantaba cuando estaba de mal humor.
-Tú
también tienes mal genio.
-Bromeas.
-Tranquilízate
-sugirió-. No voy a obligarte a que firmes con ellos, pero te
vendría
muy bien. El dinero de las reformas tiene que salir de alguna parte. Y lo que conseguirás
con este contrato casi será suficiente para cubrir los gastos. Si la ropa es tan
buena como dice Micki, no tendrás razón alguna para negarte.
-Puedo
darte una buena razón. Ese tipo que se ha marchado en el deportivo.
-Ni
siquiera tendrás que hablar de nuevo con él, te lo prometo.
-Bueno,
si lo prometes...
Jane
se tranquilizó un poco.
-Muy
bien, eso está mejor.
Micki
regresó. El sol se reflejaba en su cabello negro. Era una mujer atractiva, delgada
y elegante, de ojos oscuros y piel morena. Sonrió y sus ojos brillaron.
-¿Podemos
sentarnos? -preguntó-. He estado de pie todo el día y estoy cansada.
Jane
pensó que probablemente lo había propuesto al ver que ella se apoyaba con dificultad
sobre las muletas. El sentido de los negocios y la diplomacia eran una buena mezcla,
y Jane supo incluso antes de ver la ropa que iba a firmar aquel contrato.
Dio
el contrato a su abogado para que lo estudiara, pero cuando Micki se marchó lo
hizo con la seguridad de que lo firmaría. La ejecutiva se sintió aliviada cuando
estrecharon las manos antes de marcharse. Tom la observó desde la puerta, con
los labios apretados en ademán pensativo.
-No
está casada -dijo Jane, consciente de que empezaba a sentir celos-. Y es
muy
atractiva.
Tom
se dio la vuelta, con las manos en los bolsillos de su pantalones. Podía ver los
poderosos músculos de sus brazos, enfatizados por el color de su camisa
amarilla.
-Es
cierto, pero está fuera de alcance.
-¿Por
qué?
-No
seduzco a los contactos de negocios -contestó con sinceridad-. Perjudica mi imagen.
Ella
arqueó las cejas.
-No
sabía que los simples contables tuvieran que preocuparse por eso.
Los
contables no se preocupaban por ello, pero los presidentes de las empresas sí.
Sin embargo, no podía decírselo. Había cometido un pequeño error, de modo que
rió.
-Puede
que trabaje para ella algún día, y es mejor no comprometerse con jefes
potenciales.
-¿Y
con los que ya tienes? ¡Gracias a Dios!
-No
es necesario que estés tan aliviada.
-Lo
siento, no quería decir eso -se disculpó, echándose hacia atrás en el sofá y
haciendo
un esfuerzo para no bostezar-. Ha sido un largo día y estoy cansada.
-¿Por
qué no te tumbas y descansas un rato? Tengo que estudiar ciertos asuntos, y Meg
y Joe se han ido de compras. No tienes nada que hacer, ¿verdad?
-Ahora
no. En fin, supongo que no soy tan fuerte como suponía. Las muletas son difíciles
de usar, pero odio la silla de ruedas -dijo sonriendo, mientras se colocaba un cojín
bajo la cabeza.
Se
tumbó sobre el sofá. Le dolía todo el cuerpo después de haber pasado dos
días
andando con muletas. Finalmente, cerró los ojos.
-Duerme
-dijo él.
Se
quedó unos segundos observando su rostro pálido, rodeado por aquel cabello rubio,
sedoso. Parecía una modelo, desde su precioso rostro hasta su hermosa silueta y
sus largas y elegantes piernas. Le gustaba mucho, pero no podía permitirse el
lujo de prestarle atención. Aquél era un trabajo temporal, y en poco tiempo
estaría de vuelta en su negocio. Tenía que comportarse con frialdad.
Se
volvió y caminó hacia el despacho. Al llegar cerró la puerta con suavidad.
Tenía
mucho trabajo que hacer, relativo a su propia empresa, además de solucionar los
asuntos de Jane. Era una pena que las cosas se hubieran complicado en su
compañía precisamente entonces, pero estaba seguro de poder enfrentarse a todo
ello. El reto resultaba refrescante. No podía recordar cuándo se había
divertido tanto.
En
las semanas que transcurrieron con posterioridad, la amistad que había entre Jane
y Cherry fue creciendo aún más. Eran inseparables, especialmente en el cercado donde
la joven practicaba su técnica a caballo. Iba mejorando poco a poco. Tenía confianza
en sí misma y ya no dudaba en los obstáculos. Dejaba que la yegua hiciera su trabajo,
con cierta incredulidad ante los resultados que conseguían.
Jane
estaba orgullosa de su pupila y eso la ayudaba. Ya no se quejaba tanto por su
lenta evolución. En poco tiempo había empezado a rehabilitarse mucho más
deprisa.
Tom,
por otra parte, encontraba cada día más difícil su trabajo. El papeleo y la construcción
de los edificios eran asunto fácil, pero tener a Jane cerca le resultaba insoportable.
Un simple contacto accidental bastaba para que su corazón se acelerara y para
que se estremeciera de los pies a la cabeza. Se descubrió a sí mismo observándola
de vez en cuando sin razón alguna, por el puro placer de admirarla. Y su vulnerabilidad
lo ponía de mal humor. Había pasado mucho tiempo con Micki Lane, estudiando los
contratos con los abogados antes de que Jane los firmara. Era muy atractiva,
estaba interesada por él y él necesitaba divertirse. De modo que sin detenerse
a pensar en las consecuencias la llamó por teléfono y la invitó a bailar.
El
baile del Centro Cívico de Jacobsville era uno de los acontecimientos
mensuales
más importantes en la vida de la localidad. Jane asistía a él con frecuencia antes
del accidente, acompañada casi siempre por Copper Coltrain. Pero había renunciado
a ir a causa de su estado. Cuando Cherry mencionó de forma casual que su padre
iba a asistir con aquella atractiva ejecutiva, Jane se sorprendió a sí misma sintiendo
celos. Le caía muy bien Micki, pero no conseguía imaginársela con Tom. Al menos,
pensó que tendría a Cherry para que la acompañara.
Pero
las cosas no salieron como pensaba. Cherry aceptó una invitación de última hora
para pasar el fin de semana con su madre y tomó el autobús a Victoria. Después,
Joe y Meg anunciaron que también se marchaba y Jane se sintió muy mal por ello,
pero hizo todo lo posible para que no se notara. Al parecer todo el mundo
estaba dispuesto a abandonarla.
Tom
pensó que Jane estaba demasiado pálida, cuando estaba a punto de
marcharse
para recoger la Micki aquella noche. Se detuvo, jugueteando con las llaves del
coche que llevaba en el bolsillo.
-¿No
te importa quedarte sola? -preguntó.
Estaba
muy atractivo con sus pantalones oscuros, sus botas color crema, su
camisa
vaquera y su corbata negra.
-Claro
que no -contestó orgullosa-. Me quedaba sola muy a menudo cuando Joe y Meg se
marchaban para visitar a su hija. Suelen ir al menos un sábado al mes, y no regresan
hasta bastante tarde.
Tom
parecía preocupado. No le gustaba dejarla sola en el rancho, tan lejos del vecino
más cercano.
-Ésta
no es una ciudad grande -insistió, exasperada-. Por Dios, nadie va a venir a matarme.
Pero por si acaso, tengo una escopeta detrás de la puerta, y te aseguro que sé
cómo usarla.
-Si
es que tienes tiempo de cargarla -murmuró-. ¿Sabes dónde están los
cartuchos?
-Puedo
encontrarlos si los necesito.
Tom
levantó las manos.
-Vaya,
¡qué tranquilizador! Espero que los intrusos potenciales sean lo
suficientemente
educados como para esperar hasta que los encuentres.
-¡Casi
tengo veintiséis años! -exclamó furiosa-. Puedo cuidar de mí misma sin
ayuda de ninguna niñera
alta y rubia. Márchate y métete en tus asuntos. ¡Estoy
deseando pasar una velada tranquila con un buen libro!
-Seguro
que te vendrá muy bien. Un magnífico libro sobre la batalla de El Alamo. Te
tranquilizará -dijo con ironía, tomando el libro que estaba en el sofá.
Jane
estaba tumbada en él, con vaqueros y una camisa verde y grande.
-Me
gusta la historia.
-Creo
que una simple novela amorosa te vendría mejor. Un pequeño placer sería mejor
que nada.
Sus
ojos azules brillaron.
-¡Si
quisiera amor, sabría dónde encontrarlo!
-Vaya,
vas a conseguir que me ruborice -bromeó.
-¡Nunca
lo haría contigo! Aunque te lo agradezco. Sin embargo, no me resultas nada
atractivo.
-¿De
verdad?
Se
inclinó sobre ella y Jane volvió la cara, pero él puso una de sus manos tras su
oreja y la obligó a mirarlo. Apenas tuvo tiempo de mirar aquellos ojos azules
antes de sentir que la estaba besando.
Reaccionó
de forma instintiva, empujándolo para que la dejase, pero en cuestión de
segundos se dejó llevar por el deseo. Tom olía a menta y a colonia. Y el
seductor aroma la sedujo tanto como sus movimientos de su boca. Apretó las
manos sobre su camisa a modo de protesta, pero él comenzó a acariciarle el
cuello con suavidad. Jane sintió que su respiración se aceleraba y que su contacto
despertaba en ella un deseo profundo y dormido. Era como una primavera que al
fin hubiera llegado. Gimió y entreabrió los labios dejándose llevar por el
beso.
Tom
tomó sus manos y se las llevó al pecho, para moverlas después con
sensualidad
sobre sus duros y cálidos músculos. Su respiración también se había acelerado,
y la atrajo hacia sí con fuerza.
Su
gemido lo había excitado aún más. Ni siquiera se dio cuenta de que poco a
poco
se había tumbado literalmente con ella sobre el sofá.
Jane
notó los cojines en su espalda y su fuerte cuerpo encima. Podía sentir sus
brazos,
sus piernas y su boca, que la seducía en silencio de tal modo que podía
escuchar
los latidos de su corazón.
Entonces
Tom metió las manos por debajo de su camisa, explorando su espalda como si le
perteneciera. Una de sus piernas se había abierto camino entre las piernas de
Jane, y se movía de forma seductora.
Finalmente,
consiguió apartarse de él unos milímetros, e hizo un esfuerzo para recobrar el
sentido.
-No
-susurró.
Tom
le acarició el pelo con una mano mientras con la otra se quitaba la camisa. No
llevaba nada debajo. Con suavidad, empujó la cara de Jane contra su piel suave
y cálida, animándola a que lo besara en el cuello.
Jane
nunca había experimentado algo tan íntimo. Intentó resistirse, pensando
que
precisamente en aquel instante se iba a marchar con otra mujer. Pero continuó besándolo
bajo su experta guía.
Sentía
curiosidad y se sentía muy atraída por él, de modo que hizo lo que él
quería
que hiciera. No estaba preparada para enfrentarse a aquel cuerpo musculoso, ni para
el gemido torturado del hombre que estaba con ella.
Dudó,
pero su mano se cerró sobre su cabello y Tom gimió una vez más. Así que continuó
acariciándolo, tocándolo en todo el cuerpo y descubriendo un sinfín de nuevas sensaciones.
Tom
había puesto ambas manos sobre su cabello, y guiaba su boca a través del fascinante
territorio de su pecho. Mientras lo besaba, gemía y reía encantado.
Se
cambió de posición y se tumbó de espaldas, con ojos brillantes por la emoción y
el pecho desnudo. Entonces, ella lo miró y él sonrió enfebrecido.
Jane
tocó su pecho, acariciando el vello negro que lo cubría y observándolo
mientras
lo exploraba. Cuando llegó a la altura del corazón, él la agarró.
-Ni
siquiera sabes qué hacer -dijo casi enfadado-. ¿Necesitas tener un manual a mano?
Jane
parpadeó y recobró el buen juicio de repente. Apartó las manos de él y se
sentó,
haciendo un gesto de dolor al sentir la punzada en la espalda. Se preguntó qué aspecto
tendría. Su rostro estaba enrojecido, su pelo revuelto y sus labios brillantes.
En
cuanto a su ojos, brillaban como dagas.
Tom
la miró como si no la reconociera. De hecho, no se parecía mucho a la pálida y
tranquila mujer que era habitualmente. Recordó que se había inclinado sobre
ella y que la había besado, y que después la situación se le había escaparlo de
las manos. No podía entender cómo había permitido que las cosas llegaran a tal
punto.
Se
levantó y tomó su camisa, intentando respirar con normalidad. Acababa de
cometer
una estupidez terrible.
Jane
sentía emociones semejantes. Con la diferencia de que después del
comentario
sarcástico que había hecho dudaba que volviera a hablar con él en toda su vida.
Tomó su libro y lo abrió, sin mirar a Tom. Se sentía avergonzada y nerviosa, porque
se había mostrado vulnerable.
Tom
terminó de ponerse la camisa y se la metió por debajo de los pantalones.
Las
manos le temblaban, lo que lo enfureció aún más. Había conseguido sacarlo de
sus casillas sin intentarlo siquiera. Al parecer no podía controlarse cuando la
tocaba.
Aquello
nunca le había sucedido con Marie, ni siquiera cuando estaba enamorado de ella.
Y después de lo sucedido, Jane permanecía sentada allí, con una terrible
frialdad, como si no le hubiera afectado en absoluto. Su enfado aumentaba por
segundos.
-¿No
vas a decir nada? -preguntó él, mirándola con dureza-. ¿Piensas decir de
nuevo
que no me encuentras atractivo?
Ella
no levantó la mirada. Su rostro se enrojeció un poco más, pero su expresión no
cambió. No dijo nada en absoluto.
Tom
caminó hacia la puerta.
-Yo
cerraré.
Ella
asintió, pero él no la miró.
Salió
sin hacer ningún comentario. Su corazón latía a toda velocidad y no estaba seguro
de que sus piernas pudieran llevarlo hasta el coche. Fuera lo que fuese lo que sentía
por aquella mujer, lo odiaba. Sólo deseaba poder dominarse. No podía darle nada
y no era justo que se aprovechara de ella, aunque Jane se había mostrado más que
receptiva hasta el final, cuando pareció asustada y enfadada. Pero no había
dicho una sola palabra. Ni una sola. Se preguntó qué estaría pensando.
Entró
en el vehículo, arrancó y salió disparado de aquel lugar. En cualquier caso carecía
de importancia lo que pensase, porque aquello no volvería a suceder nunca más.
Pasaría
un buen rato con Micki y se olvidaría de la existencia de Jane.
HOLA!! BUENO AQUI ESTAN LOS CAPS ... YA SABEN 3 O MAS Y AGREGO MAÑANA ... ME INTERESA QUE LLENEN LOS COMENTARIOS QUE PIDO PARA PODER AGREGAR Y PASAR A LAS SIGUIENTES ... SON VARIAS ... ASI YO AGREGO RAPIDO Y USTEDES LEEN SEGUIDO ... BUENO SIN MAS ME DESPIDO ... ADIOS ;)
O.O sube pronto :)
ResponderEliminarTom un imbecil!
ResponderEliminarSiguelaa
Esta buena sigueee me encanto..
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